
La librería Bookstop es un oasis situado a un kilómetro de la casa que me acoge en Nairobi. La regentan dos hermanos indios y tiene un catálogo de no ficción que haría palidecer a las mejores librerías que conozco. Siempre te apoyan, como buenos mercaderes, con el comentario adecuado, en el duro momento de comprar algo que se sale del presupuesto.
Tienen el de Ruanda de Alison Des Forges, pero cuesta 60 euros al cambio.
Ayer me estrené con uno sobre Joseph Kony y otro sobre las guerras en Congo desde 1996. Creo que me serán útiles en los próximos meses.
Uno de los hermanos indios de Bookstop me dijo que yo encontraré a Kony -me devolverá el dinero del libro si lo consigo-. Me imagino que repite lo mismo a cada tipo con pinta de periodista en busca de Eldorado africano: el fantasma Joseph Kony, escondido en la selva ugandesa o en el Congo o en ningún sitio y del que apenas hay fotografías ni entrevistas. Un asesino mesiánico, un Kurtz actualizado.
El caso es que también buscaba It’s our time to eat, un libro sobre los últimos escándalos de corrupción en Kenia. Un libro prohibido. Para hacerlo, según nos había explicado el corresponsal del Financial Times, Barney Jopson, había que preguntar, simplemente, por: El Libro.

Conversación con mi librero indio:
- ¿Tiene El Libro?
- ¿Qué libro?
- Ya sabe… El Libro.
- No… ¿qué libro?
- Sí, hombre… It’s our time to eat.
Rompí las reglas del juego, pero no tenía todo el día para seguir repitiendo “you know… The Book“. Echó una ojeada a los clientes que había en la tienda y me dijo: No, amigo. No lo tenemos y no lo vamos a tener. El asunto está muy caliente.
Lo seguiré buscando.







