Monthly archives: Febrero 2009

La librería Bookstop

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La librería Bookstop es un oasis situado a un kilómetro de la casa que me acoge en Nairobi. La regentan dos hermanos indios y tiene un catálogo de no ficción que haría palidecer a las mejores librerías que conozco. Siempre te apoyan, como buenos mercaderes, con el comentario adecuado, en el duro momento de comprar algo que se sale del presupuesto.

Tienen el de Ruanda de Alison Des Forges, pero cuesta 60 euros al cambio.

Ayer me estrené con uno sobre Joseph Kony y otro sobre las guerras en Congo desde 1996. Creo que me serán útiles en los próximos meses.

Uno de los hermanos indios de Bookstop me dijo que yo encontraré a Kony -me devolverá el dinero del libro si lo consigo-. Me imagino que repite lo mismo a cada tipo con pinta de periodista en busca de Eldorado africano: el fantasma Joseph Kony, escondido en la selva ugandesa o en el Congo o en ningún sitio y del que apenas hay fotografías ni entrevistas. Un asesino mesiánico, un Kurtz actualizado.

El caso es que también buscaba It’s our time to eat, un libro sobre los últimos escándalos de corrupción en Kenia. Un libro prohibido. Para hacerlo, según nos había explicado el corresponsal del Financial Times, Barney Jopson, había que preguntar, simplemente, por: El Libro.

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Conversación con mi librero indio:

- ¿Tiene El Libro?
- ¿Qué libro?
- Ya sabe… El Libro.
- No… ¿qué libro?
- Sí, hombre… It’s our time to eat.

Rompí las reglas del juego, pero no tenía todo el día para seguir repitiendo “you know… The Book“. Echó una ojeada a los clientes que había en la tienda y me dijo: No, amigo. No lo tenemos y no lo vamos a tener. El asunto está muy caliente.

Lo seguiré buscando.

Asesinos con placa: 500

En esta tierra llamada Kenia donde el hombre dio sus primeros pasos, la policía asesina y desaparece a la gente.

Bernard Kiriinya, policía de la Unidad Especial de Prevención del Crimen, denunció la ejecución de 58 personas a manos de sus compañeros de unidad, ante la Comisión Nacional Keniata de Derechos Humanos. Él presenció esas muertes, por “disparos, estrangulamientos o palizas”. Los compañeros de Kiriinya están acusados de un total de 500 muertes.

Bernard Kiriinya también está muerto.

Después de relatar los hechos a la Comisión hace cuatro meses, Kiriinya se escondió en Nairobi, pero no bajo el Acta de Protección de Testigos. Al fiscal general Wako -18 años al servicio de la impunidad- no le pareció apropiado que Kiriinya fuera protegido por el Estado.

El pasado 16 de octubre, un amigo de Kiriinya le pidió encontrarse en el centro comercial Sarit, en el barrio de Westlands -el otro día estuve allí y me tomé un zumo de mango-. A la salida de la cita, dos hombres dispararon a Kiriinya. Murió en el acto.

Extractos de la confesión de Kiriinya, publicados por el Daily Nation:

“El equipo de ejecución estaba compuesto por 14 oficiales que, en ocasiones, eran apoyados por miembros de otras unidades”.

“Oficiales de alto rango ordenaban quién debía ser asesinado y cómo”.

“Los cuerpos de las víctimas eran abandonados junto a armas para dar la sensación de haber muerto en un intercambio de fuego con la policía”.

“Los oficiales de alto rango seguían las operaciones por teléfono móvil y pedían a sus subordinados que interrogaran a los sospechosos en mitad de la llamada, antes de dictar las ‘penas de muerte’”.

P.D.: Trece embajadores exigieron ayer al gobierno de Coalición que haga caso del informe de Philip Alston y destituya al jefe de la policía, Mohammed Hussein Ali, y al fiscal general, Amos Wako.

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Notas primarias:

La declaración firmada por Bernard Kiriinya, obtenida en el fantástico blog Kenyan Pundit.

Asesinos con placa

Los asesinatos cometidos por la policía de Kenia son sistemáticos, generalizados y cuidadosamente planeados”.

Nunca pensé que en mi primera visita a la sede central de Naciones Unidas en África, aquí en Nairobi, escucharía algo semejante.

Lo dijo Philip Alston, relator especial de la ONU para casos de ejecuciones extrajudiciales, y aunque no aportó nada nuevo a lo que grupos de derechos humanos y periodistas locales llevan tiempo denunciando, el lustre del lugar y la determinación con la que expuso su investigación de 10 días, quizás sirvan para algo.

Por lo pronto, creí en una cierta utilidad de la ONU, aunque alguien me dijo en mi primer día aquí: “este continente te hará odiar a Naciones Unidas”.

Trato de resumir la situación*:

1. Después de las elecciones presidenciales de diciembre de 2007, se desató una ola de violencia en Kenia con tintes étnicos, pero alimentada por las facciones políticas en disputa del poder y descontentas con el resultado de las urnas.

2. Unas 1.500 personas murieron y 600.000 ciudadanos pasaron a ser desplazados internos.

3. La crisis se solucionó con la formación de un gobierno de coalición entre las facciones en disputa, con Mwai Kibaki como presidente y Raila Odinga como primer ministro. Este sábado, la coalición cumple un año.

4. La Comisión Waki, creada para investigar los hechos, entregó a Kofi Annan un sobre cerrado -no se habla de otra cosa-, con los nombres de los instigadores directos de la violencia post-electoral. Se rumorea que hasta 6 ministros del actual gobierno de coalición están en esa lista, aunque nadie sabe si, incluso, Kibaki u Odinga aparecen en ella.

5. Annan ha dado un plazo de dos meses para que Kenia forme un tribunal local que juzgue los hechos o, de lo contrario, la Corte Penal Internacional de La Haya podría intervenir.

* Alston no ha venido a investigar la violencia post-electoral, pero dado que su campo son las ejecuciones extrajudiciales, se ha visto obligado a ello. Es decir, que lo investigado por la Comisión Waki y por Alston se entrelazan y que la tradición asesina de la policía keniata no se limita a lo ocurrido tras las elecciones.

Algunas perlas de la rueda de prensa de Alston:

“He podido corroborar que escuadrones de la muerte, integrados por policías, fueron constituidos bajo órdenes de los altos mandos para eliminar a presuntos delincuentes”.

“Dado el grado de impunidad, yo no testificaría en Kenia contra la policía”.

“La Corte Penal Internacional está pensada para pescar a los peces gordos”.

“Durante mis entrevistas con testigos, sufrimos intimidaciones por parte de la policía y de los servicios secretos de Kenia. Esto es una violación grave del mandato que un país contrae cuando invita a un relator de Naciones Unidas”.

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Notas primarias:

La policía lo niega todo, todo y todo.

Para una explicación en detalle de la rueda de prensa, lean la nota de la gran corresponsal de EFE.

El documento preliminar entregado ayer por Alston a la prensa.

El proyecto de Philip Alston sobre ejecuciones extrajudiciales en el mundo.

Matatu

Nairobi, un matatu a las seis de la tarde, de Naciones Unidas al centro:

Alison Des Forges

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Un mosquito arruinó, una vez más, mi sueño. Empecé a ojear The Economist y encontré el obituario de Alison Des Forges:

“Dos accidentes de avión marcaron la vida de Alison Des Forges. El primero, hace 15 años, cuando un jet de lujo que llevaba a dos presidentes africanos fue derribado por misiles en Ruanda. El segundo, la semana pasada, cuando un avión se estrelló sobre el hielo de Buffalo, Nueva York, matando a 50 personas. El primer accidente sirvió como pretexto para el genocidio más rápido de la historia. El segundo silenció a su testigo más tenaz, una pequeña mujer americana de pelo plateado”.

Cuando el avión que traía a Kigali al presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, y a su colega burundés, Cyprien Ntaryamira, se hizo añicos; el infierno abrió una sucursal en Ruanda.

Des Forges, una de esas extrañas personas que creen en la verdad, se dedicó a investigar el genocidio. Encontró los recibos de medio millón de machetes, comprados por el gobierno genocida para acabar con los tutsis y hutus moderados. Un recibo puede hacer palidecer a todas las resoluciones, llamamientos a la calma y condenas. Un recibo es lo que siempre debería perseguir el periodismo. Alison buscando recibos cuando amigos ruandeses yacían en las cunetas. No hay lección parecida.

El caso es que Alison Des Forges murió en Buffalo la semana pasada. No he leído su obra maestra, pero aquí está: No dejes a nadie que pueda contar la historia