Todos los lugares pobres y alejados me parecen, a primera vista, el fin del mundo. Con Kitgum me ha pasado lo mismo, he pensado: Esto es el fin del mundo. Luego, cuando dejas la mochila en la habitación de un hotel medio derruido y observas que la toalla está doblada de una manera especial para gustar al visitante, te das cuenta de que Kitgum no es el fin del mundo, sólo un lugar desconocido y maltratado.
La luz se fue hace dos días y, en el restaurante más cercano, la cerveza caliente me parece mejor que nada, después de tres horas de autobús desde Gulu por una pista de tierra roja. Recuerdo haber leído que esta carretera era peligrosa hace apenas dos años y me alegra observar que ya no es así. Si al volver a España alguien me invita a comer pollo o arroz, juro que no seré amable.
Después de una breve siesta, he ido a ver al padre Tarcisio a su misión. Llegó hace 45 años a Uganda y me ha contado cosas interesantes como que en la cultura acholi no existe la palabra “beso”. Quería convencerme de que aquí las parejas van muy rápido, sin emotivittá. No le voy a llevar la contraria a un hombre con el pelo blanco que llegó mucho antes que los todoterreno que inundan Gulu y alrededores. Save The Children. UNHCR. Malaria Project. World Vision. UNICEF…
He salido de la misión de Tarcisio con una sensación de derrota, con la certeza de que este reportaje sobre el norte de Uganda es como una gacela que nunca voy a atrapar. Quizás sean los 35 grados a la sombra o las pocas fotografías que estoy haciendo –algo que me preocupa-. Soy un fotógrafo ciclotímico. Publicaré algo, no hay duda, pero la gacela seguirá alejándose, cada día más.
Escribo desde un ciber con el ruido del generador y el olor a diésel. ¡Ah, las batallitas del periodismo internacional! ¡Que romántico quedaría este momento si omitiera que suena reggaetón y que la luz acaba de volver!








