Monthly archives: Marzo 2009

Kitgum no es el fin del mundo

Todos los lugares pobres y alejados me parecen, a primera vista, el fin del mundo. Con Kitgum me ha pasado lo mismo, he pensado: Esto es el fin del mundo. Luego, cuando dejas la mochila en la habitación de un hotel medio derruido y observas que la toalla está doblada de una manera especial para gustar al visitante, te das cuenta de que Kitgum no es el fin del mundo, sólo un lugar desconocido y maltratado.

La luz se fue hace dos días y, en el restaurante más cercano, la cerveza caliente me parece mejor que nada, después de tres horas de autobús desde Gulu por una pista de tierra roja. Recuerdo haber leído que esta carretera era peligrosa hace apenas dos años y me alegra observar que ya no es así. Si al volver a España alguien me invita a comer pollo o arroz, juro que no seré amable.

Después de una breve siesta, he ido a ver al padre Tarcisio a su misión. Llegó hace 45 años a Uganda y me ha contado cosas interesantes como que en la cultura acholi no existe la palabra “beso”. Quería convencerme de que aquí las parejas van muy rápido, sin emotivittá. No le voy a llevar la contraria a un hombre con el pelo blanco que llegó mucho antes que los todoterreno que inundan Gulu y alrededores. Save The Children. UNHCR. Malaria Project. World Vision. UNICEF…

He salido de la misión de Tarcisio con una sensación de derrota, con la certeza de que este reportaje sobre el norte de Uganda es como una gacela que nunca voy a atrapar. Quizás sean los 35 grados a la sombra o las pocas fotografías que estoy haciendo –algo que me preocupa-. Soy un fotógrafo ciclotímico. Publicaré algo, no hay duda, pero la gacela seguirá alejándose, cada día más.

Escribo desde un ciber con el ruido del generador y el olor a diésel. ¡Ah, las batallitas del periodismo internacional! ¡Que romántico quedaría este momento si omitiera que suena reggaetón y que la luz acaba de volver!

Koroabili

A cinco kilómetros al sur de Gulu se encuentra el campo de refugiados de Koroabili. En su día llegó a albergar a 30.000 personas. Hoy acoge sólo a 800. La gente empieza a volver a sus aldeas de origen después de tres años sin ataques del LRA. La Cruz Roja Internacional ha dejado de entregar alimentos aquí, a instancias del gobierno, que quiere borrar del mapa lo antes posible, los campos que un día creó.

El presidente Museveni -M7, pronunciado emseven, en el argot de la calle- decidió confinar a la población civil del norte de Uganda en centenares de miserables campos como éste, totalmente dependientes de las agencias internacionales de ayuda y, en una teoría nunca llevada a la práctica, protegidos por el ejército. La idea era que si quitas el agua, los peces mueren, que sin núcleos de población a los que robar comida, niños o mujeres, el LRA pierde toda su fuerza.

 

Para Museveni, la vida en el norte de Uganda es un juego de mesa y falta por saber qué peces pretendía asfixiar. En su día, el presidente dio un plazo de 48 horas para que la gente se fuera a vivir a los campos o, de lo contrario, serían considerados rebeldes. Muchas aldeas fueron bombardeadas ante la negativa a marcharse de sus habitantes.

En el año 2004, el 90% de los acholi, es decir, 2 millones y medio de personas, alcanzaron el dudoso honor de ser la comunidad de refugiados más grande del mundo. Por aquel entonces, yo ni sabía que Kampala es la capital de Uganda.

Luis Moreno-Ocampo, fiscal general de la Corte Penal Internacional, no tuvo las agallas de emitir una orden de detención contra Museveni por desplazamiento forzado y otras atrocidades cometidas por su ejército cuando sí emitió otras cinco contra los mandos del LRA, en el 2005.

Museveni fue el que invitó a la CPI a intervenir en Uganda y duerme cada noche con la biblia del Fondo Monetario Internacional en la mesilla. M7 es el hombre -junto al presidente ruandés Paul Kagame- que permitió a Estados Unidos redibujar el mapa de poder del África Central en los 90 -quitándoselo a los franceses-. Un familiar del presidente tiene una empresa de construcción en las tierras que los acholi dejaron atrás a la fuerza. Todo esto lo vomito con la sensación de haberlo escuchado antes, con otros nombres y otra sangre. Es un estribillo más para la canción más triste del mundo.

Hoy me he reído con los niños de Koroabili, me han arrancado de golpe la tristeza que traía ya preparada. He jugado con ellos entre las chozas destruidas de los que han vuelto a casa. Esto es el norte de Uganda, un lugar donde los que no tienen nada, consuelan a los recién llegados.

Moses

moses

Ayer por la tarde quedé con Moses Okello Rubangangeyo -el segundo apellido significa Dios sabe-. Conocía la historia de Moses porque él es uno de los protagonistas de The Wizard of the Nile, pero quería conocerle en persona, estrecharle la mano, verle. Uno no tiene muchas oportunidades de compartir una hora en la vida de un héroe.

Moses llega en moto a la puerta del hotel. Acaba de ingresar a su madre en el hospital por un problema de corazón, pero esboza una sonrisa porque ingresar en el hospital no es nada fácil -ni barato-. Es alto y fuerte. Pedimos unas coca-colas.

Moses fue secuestrado en 1996 junto a sus dos hermanos en la escuela de secundaria donde estudiaban. Tenía 16 años y en las primeras horas de cautiverio, su hermano mayor fue elegido al azar por un soldado del LRA y asesinado delante de todos los niños para ejemplificar que pasaría si intentaban escapar. El otro hermano murió en un combate con el ejército, tiempo después.

Moses alcanzó el rango de brigadier a las órdenes del comandante Tabuley. El día que el padre Carlos contactó por radio con Kony -lo conté el otro día-, Moses estaba allí y le preguntó por su familia. Moses debía ser uno de esos adolescentes con metralleta y cara de pocos amigos de los que me habló Carlos.

“Te hacen creer que tu familia está muerta, que el ejército los ha asesinado porque tu eres del LRA, para que no quieras volver, pero Carlos me dijo que estaban vivos”.

En marzo de 2004, el padre Carlos y Moses se encontraron en la selva y Carlos le convenció para volver a casa. “Cuando llegué a Gulu, sólo encontré a mi madre. Mi padre había muerto y por una ley estúpida y primitiva que tenemos los acholi, los hermanos del marido se quedan con todas las propiedades cuando éste muere”.

Moses pasó un año en blanco, conviviendo con su trauma y sus fantasmas. Pensó en suicidarse. “Nunca hay que darse por vencido. Cualquier persona merece una oportunidad”. Moses se levantó -siempre con el padre Carlos alrededor- y fundó el Programa de Información para el Empoderamiento de la Juventud que, a día de hoy, ayuda a 4.500 niños nacidos en cautividad, madres adolescentes que han huido del LRA, excombatientes y jóvenes de los campos de refugiados.

También cuida de su hija de 13 años y de sus dos sobrinos huérfanos. El año pasado fue invitado a Sierra Leona para ver el proceso de reconciliación que están llevando a cabo. Está escribiendo sus memorias de niño soldado para obtener algún beneficio para su organización. Este verano quiere empezar la carrera de derecho en la universidad, pero de momento no tiene dinero para pagar la matrícula. Busca a un patrocinador que le ayude a hacerlo, razón aquí.

En África, los héroes no se detienen ante nada.

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La foto es de cuando estaba gordo:

press card

Michael

El brigadier Michael Achelam Odongo tiene 37 años y 10 cicatrices de bala. Le falta un ojo, aunque prefiera ocultarlo tras unas gafas de sol medio torcidas. Nos conocimos ayer y le invité a una cerveza que se bebió en dos tragos largos y serenos. Accedió a hablar conmigo en un lugar tranquilo, donde nadie pudiera oír su historia y le propuse mi habitación de hotel a la mañana siguiente. Me dijo que es del Real Madrid y que este calor insoportable traerá, definitivamente, la temporada de lluvias.

Michael fue secuestrado junto a sus once hermanos por el LRA una mañana de diciembre de 1986. Tenía 14 años y los primeros meses fue utilizado para llevar municiones y armas. Luego recibió entrenamiento militar y, con el tiempo, llegó a tener a más de 60 hombres a su cargo. ¿Eras un buen soldado? Sí, por supuesto. Le gusta que le llamen brigadier Michael.

Esta mañana le he visto llegar con su andar estropeado por la metralla. Cuando está de pie, junta sus manos a la espalda y mira detenidamente hacia la calle como si fuera un campo de batalla a cámara rápida. Quizás me equivoco y Michael ya fuera un niño elegante cuando fue secuestrado.

En la mesita de la habitación Júpiter hay un tetrabrik de zumo de mango y dos vasos de cristal. Me dice que necesita dinero para mantener a los 11 hijos que tuvo en la jungla y que ahora viven en Gulu con él y su mujer. Le digo que no puedo dar dinero a mis fuentes y que la decisión de hablar es sólo suya. Él me dice que “los periodistas de Kampala y América sí dan dinero” y que va a hablar de todas formas porque parezco “una buena persona”.

Michael dice su historia con un ritmo constante y monótono, lleno de preguntas que él mismo se responde. ¿Por qué fuimos a Atiak? Porque teníamos que recoger unas armas. ¿A quién se unió la UPDA? Al LRA de Kony. Michael conversa con Michael y yo sólo escucho. La cuenca vacía de su ojo derecho -lo perdió en una explosión- atrae mi mirada de una forma muy incómoda, hasta que me doy cuenta de que el ojo sano me está diciendo muchas más cosas y me concentro en él. Un círculo mate con una púpila dilatada y negra.

Durante mucho tiempo fue escolta de Kony. Dice que es una persona amable, que hace bromas y habla con todos sus soldados. Más tarde, reconoce que le gustaría verle en la cárcel por todo lo que ha hecho y que todavía le tiene mucho miedo.

Michael fue entrenado en Jartum por el ejército de Sudán. Me detalla todo el arsenal que recibían del gobierno de Al Bashir.

En 2005, en una batalla contra el ejército fue herido por tres balas y liberado. Se abre la camisa y me enseña las cicatrices. Le trajeron a Gulu y pasó tres meses en el hospital.

Luego volvió a casa, 19 años después de haber caminado a la fuerza dentro del bush -aquí se hace referencia a la insurgencia como irse al arbusto o esconderse en el arbusto-. 19 años. 19 años. 19 años.

“No quiero que mis hijos pasen por lo que yo he pasado. ¡He sufrido mucho!”.

Le doy las gracias y nos damos la mano. Bajamos a la calle y nos volvemos a dar la mano. Pienso que esa mano ha empuñado fusiles, machetes y también a sus hijos recién nacidos. “Ya tienes un equipo de  fútbol”, le digo. Se ríe, pero su único ojo me habla de la distancia que hay entre nosotros. Dos hombres en una calle de Gulu separados por miles de kilómetros sentimentales. Michael me pregunta si volveremos a vernos antes de que me vaya. Le digo que, tal vez, el domingo. Me da la mano y dice “Paul”, luego se aleja despacio por la acera. Sé que nunca volveré a ver a Michael.

Gulu

Camino por las calles de Gulu como si fueran el decorado de una película. Me cuesta creer que este mismo pueblo apacible, de cantinas, tiendas de comida y mercadillos fuera el refugio nocturno a cielo abierto de miles de niños hace apenas cinco años o que, a pocos kilómetros de aquí, cientos de miles de personas vivan en campos de refugiados.

Desde el balcón de la habitación Júpiter -vivo en la planta del Sistema Solar del hotel Kakanyero; la de abajo es la del Arco Iris-, tengo una preciosa vista de un vertedero donde los marabúes van a comer durante el día y cientos de ranas croan por la noche. Unos niños juegan al fútbol en un descampado cercano y cuando pienso en unirme a ellos, me doy cuenta de que todos van descalzos y que sería una afrenta que yo jugara con botas. Si lo hiciera sin ellas, me cortaría diez veces antes de dar el primer pase.

Llamo a Justin Moro, el corresponsal del New Vision en el norte de Uganda, y me lleva a cenar al restaurante de su hermana. Me traen un plato típico de los acholi -la tribu mayoritaria del norte de Uganda- consistente en guiso de ternera, patata dulce, arroz y matoke, una pasta de cacahuete. Empieza el informativo de la BBC y Justin me pregunta por la crisis económica en España y por Obama. ¿Quiere España a Obama? Le digo que sí, que le queremos mucho.

Salimos a la noche, a caminar, en busca de una cerveza bien fría. La encontramos en una cantina donde Justin me presenta a la gente y todos siguen viendo la BBC. Hablamos de mi plan de entrevistas para los siguientes días. Justin debe ser el enésimo padrino que tengo en este viaje. Todo es posible, en todo me va a ayudar.

Estoy cansado y me voy al hotel por entre las calles completamente a oscuras. Me recuerdo que estoy sentado en un volcán, en el epicentro de un conflicto de más de 20 años y 150.000 muertos. No siento nada. Sólo pienso en los monos babuinos que nos han cortado la carretera esta mañana para que les diéramos comida desde el autobús, en preparar la mosquitera y en una buena ducha.