Camino por las calles de Gulu como si fueran el decorado de una película. Me cuesta creer que este mismo pueblo apacible, de cantinas, tiendas de comida y mercadillos fuera el refugio nocturno a cielo abierto de miles de niños hace apenas cinco años o que, a pocos kilómetros de aquí, cientos de miles de personas vivan en campos de refugiados.
Desde el balcón de la habitación Júpiter -vivo en la planta del Sistema Solar del hotel Kakanyero; la de abajo es la del Arco Iris-, tengo una preciosa vista de un vertedero donde los marabúes van a comer durante el día y cientos de ranas croan por la noche. Unos niños juegan al fútbol en un descampado cercano y cuando pienso en unirme a ellos, me doy cuenta de que todos van descalzos y que sería una afrenta que yo jugara con botas. Si lo hiciera sin ellas, me cortaría diez veces antes de dar el primer pase.
Llamo a Justin Moro, el corresponsal del New Vision en el norte de Uganda, y me lleva a cenar al restaurante de su hermana. Me traen un plato típico de los acholi -la tribu mayoritaria del norte de Uganda- consistente en guiso de ternera, patata dulce, arroz y matoke, una pasta de cacahuete. Empieza el informativo de la BBC y Justin me pregunta por la crisis económica en España y por Obama. ¿Quiere España a Obama? Le digo que sí, que le queremos mucho.
Salimos a la noche, a caminar, en busca de una cerveza bien fría. La encontramos en una cantina donde Justin me presenta a la gente y todos siguen viendo la BBC. Hablamos de mi plan de entrevistas para los siguientes días. Justin debe ser el enésimo padrino que tengo en este viaje. Todo es posible, en todo me va a ayudar.
Estoy cansado y me voy al hotel por entre las calles completamente a oscuras. Me recuerdo que estoy sentado en un volcán, en el epicentro de un conflicto de más de 20 años y 150.000 muertos. No siento nada. Sólo pienso en los monos babuinos que nos han cortado la carretera esta mañana para que les diéramos comida desde el autobús, en preparar la mosquitera y en una buena ducha.
