Michael

El brigadier Michael Achelam Odongo tiene 37 años y 10 cicatrices de bala. Le falta un ojo, aunque prefiera ocultarlo tras unas gafas de sol medio torcidas. Nos conocimos ayer y le invité a una cerveza que se bebió en dos tragos largos y serenos. Accedió a hablar conmigo en un lugar tranquilo, donde nadie pudiera oír su historia y le propuse mi habitación de hotel a la mañana siguiente. Me dijo que es del Real Madrid y que este calor insoportable traerá, definitivamente, la temporada de lluvias.

Michael fue secuestrado junto a sus once hermanos por el LRA una mañana de diciembre de 1986. Tenía 14 años y los primeros meses fue utilizado para llevar municiones y armas. Luego recibió entrenamiento militar y, con el tiempo, llegó a tener a más de 60 hombres a su cargo. ¿Eras un buen soldado? Sí, por supuesto. Le gusta que le llamen brigadier Michael.

Esta mañana le he visto llegar con su andar estropeado por la metralla. Cuando está de pie, junta sus manos a la espalda y mira detenidamente hacia la calle como si fuera un campo de batalla a cámara rápida. Quizás me equivoco y Michael ya fuera un niño elegante cuando fue secuestrado.

En la mesita de la habitación Júpiter hay un tetrabrik de zumo de mango y dos vasos de cristal. Me dice que necesita dinero para mantener a los 11 hijos que tuvo en la jungla y que ahora viven en Gulu con él y su mujer. Le digo que no puedo dar dinero a mis fuentes y que la decisión de hablar es sólo suya. Él me dice que “los periodistas de Kampala y América sí dan dinero” y que va a hablar de todas formas porque parezco “una buena persona”.

Michael dice su historia con un ritmo constante y monótono, lleno de preguntas que él mismo se responde. ¿Por qué fuimos a Atiak? Porque teníamos que recoger unas armas. ¿A quién se unió la UPDA? Al LRA de Kony. Michael conversa con Michael y yo sólo escucho. La cuenca vacía de su ojo derecho -lo perdió en una explosión- atrae mi mirada de una forma muy incómoda, hasta que me doy cuenta de que el ojo sano me está diciendo muchas más cosas y me concentro en él. Un círculo mate con una púpila dilatada y negra.

Durante mucho tiempo fue escolta de Kony. Dice que es una persona amable, que hace bromas y habla con todos sus soldados. Más tarde, reconoce que le gustaría verle en la cárcel por todo lo que ha hecho y que todavía le tiene mucho miedo.

Michael fue entrenado en Jartum por el ejército de Sudán. Me detalla todo el arsenal que recibían del gobierno de Al Bashir.

En 2005, en una batalla contra el ejército fue herido por tres balas y liberado. Se abre la camisa y me enseña las cicatrices. Le trajeron a Gulu y pasó tres meses en el hospital.

Luego volvió a casa, 19 años después de haber caminado a la fuerza dentro del bush -aquí se hace referencia a la insurgencia como irse al arbusto o esconderse en el arbusto-. 19 años. 19 años. 19 años.

“No quiero que mis hijos pasen por lo que yo he pasado. ¡He sufrido mucho!”.

Le doy las gracias y nos damos la mano. Bajamos a la calle y nos volvemos a dar la mano. Pienso que esa mano ha empuñado fusiles, machetes y también a sus hijos recién nacidos. “Ya tienes un equipo de  fútbol”, le digo. Se ríe, pero su único ojo me habla de la distancia que hay entre nosotros. Dos hombres en una calle de Gulu separados por miles de kilómetros sentimentales. Michael me pregunta si volveremos a vernos antes de que me vaya. Le digo que, tal vez, el domingo. Me da la mano y dice “Paul”, luego se aleja despacio por la acera. Sé que nunca volveré a ver a Michael.

2 Responses to “Michael”

  1. meneame.net says:

    Memorias del brigadier Michael…

    El brigadier Michael Achelam Odongo tiene 37 años y 10 cicatrices de bala. Le falta un ojo, aunque prefiera ocultarlo tras unas gafas de sol medio torcidas……

  2. nymm says:

    Did you notice some feeling of remorse in his eyes or his narrative? I think certain situations are so hard that leave you in shock and can’t have a logical reaction. Some people make their lives hard, but some others just cope with what comes the best way possible.

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