
África sólo puede ser explicada en términos de contradicción. Kibera y su campo de golf me lo enseñaron el primer día y, desde entonces, la lógica aplastante y cristalina de ver una cosa y su contraria conviviendo juntas no me ha abandonado.
La mayoría de la población de Kenia o Uganda no vive en la contradicción. Vive en la pobreza o, con un poco más de suerte, a las puertas de ella. Son los consecuentes a la fuerza, fieles (con los dientes apretados) a un estado de las cosas.
Los consecuentes querrían tener el privilegio de los turistas del espejo -ya saben, Lewis Carroll, el viaje de Alicia, una realidad y otra, etc.-, los que creemos jugar a la rayuela con el ying y el yang y luego vamos contándolo por ahí. Hay que tener claro porqué uno pertenece a esta categoría, de lo contrario, puede sorprenderse comiéndose el sueldo de un mes de su taxista en una sola cena de carne y vino, hablando del bien y del mal. Se puede hacer una cosa o la otra, pero juntas suponen la expulsión del club.
Ser un turista del espejo implica vivir la contradicción africana a fondo, disfrutarla todo lo posible (cada lado a su manera) y aguantar el tirón y las heridas sin quejarse, por respeto a los consecuentes. Decir gilipolleces o dar lecciones está desaconsejado para la supervivencia en el grupo.
Llega la última categoría, la de los invisibles. Ayer estaba viendo Los Soprano y Meadow, la hija de Tony, decía que algunos pollos criados en Estados Unidos nunca pisan la tierra, en una nueva evolución alucinada que va de la incubadora al filete en el plato.
Los invisibles tampoco pisan la tierra, sólo la atraviesan en fortalezas con tracción a las cuatro ruedas y cristales tintados para ir de una isla a otra, a sus militarizados trabajos, restaurantes o casas de siempre. Son consecuentes a su manera y más fieles que nadie al estado de las cosas. Son también silenciosos y, de vez en cuando, incorporan a algún turista del espejo que se ha rendido, que mentía o que ya está demasiado cansado de jugar a la rayuela.
Un encuentro entre consecuentes e invisibles es altamente improbable (y desagradable). Los turistas suelen actuar como mensajeros, explican a unos lo que han visto en el mundo de los otros y viceversa. Como la letra de Leonard Cohen “los ricos tienen sus televisiones en los dormitorios de los pobres”.
A veces, los turistas del espejo se reúnen en pequeños grupos, de miembros fiables y contrastados. Nada será filtrado de la conversación entre ellos. Entonces, llega el lamento y la duda existencial: ¿realmente existimos, los turistas del espejo?
P.D.: La foto de arriba, en el parque de Nakuru; un espejo, dos direcciones.














