Monthly archives: April 2009

El lamento del turista

el espejo

África sólo puede ser explicada en términos de contradicción. Kibera y su campo de golf me lo enseñaron el primer día y, desde entonces, la lógica aplastante y cristalina de ver una cosa y su contraria conviviendo juntas no me ha abandonado.

La mayoría de la población de Kenia o Uganda no vive en la contradicción. Vive en la pobreza o, con un poco más de suerte, a las puertas de ella. Son los consecuentes a la fuerza, fieles (con los dientes apretados) a un estado de las cosas.

Los consecuentes querrían tener el privilegio de los turistas del espejo -ya saben, Lewis Carroll, el viaje de Alicia, una realidad y otra, etc.-, los que creemos jugar a la rayuela con el ying y el yang y luego vamos contándolo por ahí. Hay que tener claro porqué uno pertenece a esta categoría, de lo contrario, puede sorprenderse comiéndose el sueldo de un mes de su taxista en una sola cena de carne y vino, hablando del bien y del mal. Se puede hacer una cosa o la otra, pero juntas suponen la expulsión del club.

Ser un turista del espejo implica vivir la contradicción africana a fondo, disfrutarla todo lo posible (cada lado a su manera) y aguantar el tirón y las heridas sin quejarse, por respeto a los consecuentes. Decir gilipolleces o dar lecciones está desaconsejado para la supervivencia  en el grupo.

Llega la última categoría, la de los invisibles. Ayer estaba viendo Los Soprano y Meadow, la hija de Tony, decía que algunos pollos criados en Estados Unidos nunca pisan la tierra, en una nueva evolución alucinada que va de la incubadora al filete en el plato.

Los invisibles tampoco pisan la tierra, sólo la atraviesan en fortalezas con tracción a las cuatro ruedas y cristales tintados para ir de una isla a otra, a sus militarizados trabajos, restaurantes o casas de siempre. Son consecuentes a su manera y más fieles que nadie al estado de las cosas. Son también silenciosos y, de vez en cuando, incorporan a algún turista del espejo que se ha rendido, que mentía o que ya está demasiado cansado de jugar a la rayuela.

Un encuentro entre consecuentes e invisibles es altamente improbable (y desagradable). Los turistas suelen actuar como mensajeros, explican a unos lo que han visto en el mundo de los otros y viceversa. Como la letra de Leonard Cohen “los ricos tienen sus televisiones en los dormitorios de los pobres”.

A veces, los turistas del espejo se reúnen en pequeños grupos, de miembros fiables y contrastados. Nada será filtrado de la conversación entre ellos. Entonces, llega el lamento y la duda existencial: ¿realmente existimos, los turistas del espejo?

P.D.: La foto de arriba, en el parque de Nakuru; un espejo, dos direcciones.

Dos niños felices en Kibera

Las horas antes de entrar a Kibera son desagradables. Me pasa con muchas cosas, que antes de hacerlas, las odio. Estoy de mal humor y llega el silencio, pero luego me siento extrañamente bien. Viajar y escribir tienen algo de eso, muchas veces. ¿Qué hago yo aquí?

Así estaba yo hace dos domingos, jodido e intranquilo, con una bolsa de plástico llena de regalos para los dos hijos de Nehemiah, mi amigo/guía en Kibera. Se puede ir solo, pero con él, uno traspasa la postal del infierno.

Laura y Carlota me acompañaron. Faltaban Fernando y Juana, mis padres, que fueron los que compraron las camisetas de fútbol, las golosinas y los balones. Hubieran disfrutado de la mañana. Nunca pensé que lo de correo cobraría tanto sentido: a veces, reparto palabras que se pierden en el aire y, otras, balones a niños que están acostumbrados a chutar latas. No maten al mensajero.

Lo que ocurrió al entregar los regalos no necesita explicación, fue sencillo y auténtico. Nixon hizo un amago de comerse todas las golosinas de golpe, pero pudimos convencerle.

Una escena: caminábamos de vuelta por la vía que los habitantes de Kibera han arrancado para protestar por la toma de la isla de Migingo por parte del ejército ugandés. Los trenes de mercancías a Uganda pasan por aquí y, por lo visto, se puede ser patriota de un país que no se preocupa porque vivas en la más absoluta miseria. Caminábamos, decía, por la vía destruida. Al fondo, en un campo de fútbol, Dennis y sus amigos estaban gastando la pelota. Yo estaba parado mirando el cielo lleno de nubes y esperando a que, por fin, Dennis diera algún toque especial al balón. Lo dio y fue gol. Levantó las manos, me miró y yo levanté las manos. Todo encajaba como en alguna mala película de sobremesa, con su falsa moralina sobre el éxito y la redención. Me quedé mirando a Dennis con los brazos abiertos, sonriendo, sin banda sonora, ni aplausos. Un destello de felicidad me atravesó el pecho.

Tractatus Logico-Africanus (I)

Auschwitz

1. África es todo lo que es el mundo, como demuestra este mural de Auschwitz con su Arbeit macht frei incluido en una barriada de la ciudad de Nakuru, sin duda, una de las cosas más desconcertantes que he visto desde que llegué.

2. África es la totalidad de las ilusiones, no de las realidades. El tiempo mental africano es sólo y siempre un futuro mejor.

3. Un blanco que camina por los arcenes es un igual que nunca será dejado atrás.

4. Al final de todas las consideraciones posibles, dos hombres que se miran frente a frente sólo son dos hombres que tardan en reconocerse.

5. La dignidad africana consiste en no rendirse nunca, ante nada y ante nadie. Barrer la entrada de una chabola, lavarse las manos antes de comer tres granos de arroz o un plátano, saludar a los turistas desde un vertedero.

Welcome to the paradise

El tiempo en el vagón restaurante del tren Nairobi-Mombasa sólo ha pasado para la vajilla y los asientos acolchados. Los camareros uniformados hacen malabares con las bandejas a cada frenazo y, mientras, los pasajeros se aprietan en mesas de a cuatro y hablan trivialidades de forma diplomática. Todo discurre en la más exquisita decadencia. La noche africana, siempre generosa con los soñadores, desfila por la ventana y uno siente estar instalado -y lo está- en una perfecta anomalía sentimental para nostálgicos con 3.000 chelines en el bolsillo.

La serpiente de hierro se lanza hacia la costa del Índico a una velocidad insultantemente lenta.

Al entrar, ya por la mañana, en los arrabales de Mombasa, las vistas de gigantescos vertederos donde un ejército de sin nombre saluda con los pies hundidos en la mierda, borran de un plumazo todo romanticismo. Esto es África, me digo, donde la felicidad y la tristeza te hacen besar la lona varias veces cada día.

Unas horas de polvo del camino, escoltas armados dentro del autobús para proteger al pasaje de unos bandidos invisibles, baobabs gigantes como dioses griegos y una pequeña lancha por los manglares son algunas postales del camino Mombasa-Malindi-Lamu.

Ya en Lamu, el sol se va y la ventana del hotel me devuelve un autorretrato que no puedo dejar escapar. De la calle sube el aroma inconfundible de los lugares pacíficos donde corros de mujeres se funden con el anochecer y los niños saltan al mar desde el muelle sin toque de queda para volver a casa.

Welcome to the paradise, me dirá un paisano cuando salga de cortarme el pelo en una callejuela de Lamu, en mi último día en la isla. No es muy común despedirse con una bienvenida, pero le perdono todo a las gentes del paraíso de las sonrisas, las langostas baratas y los paseos en dhow con capitanes filósofos.

Un lugar para curarse.

Carta a mi hermano

libro

Nairobi, 21 de abril de 2009

Querido hermano,

Sé que no crees en las coincidencias, pero voy a contarte una. El otro día recibí tu misiva desde Ho Chi Minh City en la que me recordabas aquellos felices días de juegos sin fin en La Paz. El tiempo y el espacio nos han sido esquivos y quizás por eso, te leí desde Lamu con la amarga sensación de no querer leerte, sino de tomarme una cerveza imposible contigo en el espigón de esta fortaleza swahili a orillas del Índico, desde la que salieron cuatro millones de negros con cadenas hacia Oriente Medio y otros 16 millones de fantasmas -sólo el 20% de los esclavos sobrevivía al viaje desde el interior africano hasta la costa-. Contigo aprendí -lo nuestro tiene mucho de bolero habanero- historias de lugares que tal vez nunca pise. Repartámonos el mundo y dejemos ese gintonic para un porche mediterráneo y nocturno. Me alegro de que hayas puesto fin a tu renuncia periodística. Muchos te estábamos esperando.

El caso es que leí lo que me contabas del Tío Ho y de Vietnam y te imaginaba con una camisa blanca y sucia y las gafas de sol que te regalé, cruzando una nube de motocicletas bajo un manto de calor tropical. Vi también a Sandra, en su lucha interior e imperceptible con su cíclope fotográfico, entre distraída y asombrada, acuchillando el paisaje con sus ojos de zafiro. En definitiva, una postal preciosa de dos que nunca se han descabalgado de la ola de un sueño. La rendición, a estas alturas de la película, es un lujo que ya no podemos permitirnos.

Me rapé la cabeza en una peluquería escondida en una calle con vistas al mar.

Déjame centrarme en la coincidencia. Cuando llegué a la pista de aterrizaje de Lamu, en la isla de enfrente -la frase más nimia encierra toda la magia de este lugar-, me fui directo a la Duty Free Shop, un cobertizo de adobe regentado por un niño de nueve años que vendía conchas de mar y coca-colas. Me puse a charlar con el niño y me llevó de la mano hasta una habitación llena de libros viejos. Supe que debía comprar uno, como un día supimos que Hans Peter sería para siempre el nombre cifrado de otro juego interminable y el agujero por el que se cuelan todas las cosas que no son prescindibles y pequeñas. Leí varios títulos y ninguno me convencía hasta que me topé con el tomo 16 de The Bedside Guardian, una colección de artículos de The Guardian de los años 1966 y 1967. Un libro verde precioso y empolvado.

En la primera página del libro “Dier y Joyce” le desean “lo mejor” a “Jeremy”. La dedicatoria es de la Navidad de 1967. No Mayo chic parisino, no Praga aplastada. Quizás Joseph Koudelka engrasaba su Leica y su mirada infalible. Lo dejo a tu envidiable imaginación. El libro fue regalado por el “Ranfurly Library Service de Kensington Palace Barracks, London” al “National Museums Library of Kenya” en fecha indeterminada. De ahí pasó a la librería del Museo de Lamu y la primera persona que se lo llevó a casa nunca lo devolvió, cosa que debió haber hecho el 4 de mayo de 1999. El desfase entre la dedicatoria del 67 y la apropiación del 99 da vértigo, sólo acelerado por un inquietante sello de tinta azul en la última página que dice: 24 de julio de 1985. Sabes que podemos construir tantos misterios y conexiones como queramos.

Hay un reportaje muy extenso de Martha Gellhorn, una de las mujeres de Hemingway, sobre la guerra de Vietnam titulado A New Kind Of War -Una nueva forma de guerra-. Hojeaba el libro en la terminal más tranquila del mundo -un techo de paja y unas cuantas sillas muy cómodas-, mientras algunos tipos sonrientes revisaban el avión de doble hélice que me iba a llevar de vuelta a Nairobi. En Malindi hicimos dos intentos de aterrizaje y decidí escuchar el Blowin‘ de Paquito para que, en caso de pasar al otro barrio, hacerlo a lomos de un gigante.

Te traduzco el artículo de la página 44 y con esto me despido, que he quedado para comer con Mr. Richter en el Java Coffee House de Nairobi. Ahí va:

¿Qué Ho?
Tariq Ali, ex presidente de la Oxford Union y ex candidato por Fulham de la Radical Alliance, está decidido a escribir una biografía sobre Ho Chi Minh para Anthony Blond. Ha escrito a Ho pidiéndole una entrevista en Hanoi. El telegrama de respuesta llegó ayer: ‘Muchas gracias por su amable ofrecimiento. La idea de escribir mi biografía es algo que nunca se me había ocurrido. Saludos cordiales. Ho.’ Algunos amigos de Ali dicen que esta misiva es un no elegante. Iris Murdoch, consultada por sus habilidades psicológicas, opina que es sólo una prórroga al proyecto. Pocos ven en el telegrama un sí. Tariq ha partido hacia París para ver si el embajador vietnamita tiene alguna teoría al respecto que, a buen seguro, tendrá. El Tío Ho, para el divertimento general, tiene fama por sus telegramas enigmáticos. A Norman Thomas, el viejo socialista norteamericano que le contactó para que algunos prisioneros americanos no fueran juzgados, le respondió: ‘Gracias por su mensaje. No hay ninguna duda de que la política del Gobierno de la República Democrática de Vietnam con respecto a los enemigos capturados en la guerra es una política humanitaria. Le deseo buena salud. Ho.’

Sigue bien.