Amworo-Nueva York

Los días se pasan volando en el norte. Han caído las primeras tormentas que embarran los caminos y dificultan la vida un punto más, a cambio de cosechas y menos polvo cuando pasan a cien por hora los todoterrenos de las agencias internacionales.

Cada vez que me cruzo con un niño me fijo en si tiene calzado. En los adultos es la ropa y en los todoterrenos, el logo de la puerta. Son pequeñas trampas de la mirada para calibrar el desastre y entender lo que, a todas luces, es incomprensible.

Justin Moro, periodista del New Vision y ángel de la guarda particular, viene a encontrarme a Kitgum para visitar juntos el campo de refugiados de Amworo.

Ando preocupado por la falta de fotografías para mi reportaje y me pongo a disparar como un francotirador, sin preguntar y a sangre fría. Es una sensación que odio, pero me convenzo de que es lo necesario. Justin y yo nos hemos acercado a una choza donde el niño más pequeño llora aterrorizado ante mi presencia. La familia se parte de risa y trata de explicarle que mi piel blanca no es una amenaza -me pregunto porqué el niño pensará eso-. Al final, se acerca y me da la mano.

Luego llegan otros niños. Uno de ellos tiene una herida horrible en la pierna y no consigo saber cómo se la ha hecho o porqué ninguno de los todoterrenos que pasan se detiene a ayudarle. Es un niño desahuciado.

Me muevo por Amworo como un autómata. Si no fuera porque Justin me arrastra, no hablaría con nadie, me quedaría sentado en un rincón. La ficción humanitaria de Gulu no vale nada aquí. La gente está mal y la ayuda ya no llega. Una pegajosa resignación empieza a velarme la mirada. Ya no sirvo para nada aquí, sólo devuelvo sonrisas tontas y agito la mano en forma de saludo.

Ha llegado el momento de volver a Kampala. Ya en la ciudad y al abrir el correo me entero de que voy a vivir dos años en Nueva York. La otra noche, en Kitgum, soñé por primera vez con la capital del mundo, con una tienda de productos italianos en los bajos de un bosque de rascacielos.

Me gustaría decir que controlo este desfase brutal, este viaje a los dos lados del espejo, pero sé que no es cierto. Sólo me dejo arrastrar.

2 Responses to “Amworo-Nueva York”

  1. Cris says:

    Existen las montañas, lo sé.
    Y los anteojos para la sabiduría,
    Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
    Yo he venido para ver la turbia sangre,
    la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
    y el espíritu a la lengua de la cobra.

    (‘New York’, Lorca)

  2. nymm says:

    You’re worrying me. Maybe it’s time to stop for a while, calm down and try to see things from a different angle. Don’t blame yourself for things you are not guilty of. Sometimes there is nothing we can do, except letting people know the reality we live in. Don’t take it too hard, Pablo.

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