Carta a mi hermano

libro

Nairobi, 21 de abril de 2009

Querido hermano,

Sé que no crees en las coincidencias, pero voy a contarte una. El otro día recibí tu misiva desde Ho Chi Minh City en la que me recordabas aquellos felices días de juegos sin fin en La Paz. El tiempo y el espacio nos han sido esquivos y quizás por eso, te leí desde Lamu con la amarga sensación de no querer leerte, sino de tomarme una cerveza imposible contigo en el espigón de esta fortaleza swahili a orillas del Índico, desde la que salieron cuatro millones de negros con cadenas hacia Oriente Medio y otros 16 millones de fantasmas -sólo el 20% de los esclavos sobrevivía al viaje desde el interior africano hasta la costa-. Contigo aprendí -lo nuestro tiene mucho de bolero habanero- historias de lugares que tal vez nunca pise. Repartámonos el mundo y dejemos ese gintonic para un porche mediterráneo y nocturno. Me alegro de que hayas puesto fin a tu renuncia periodística. Muchos te estábamos esperando.

El caso es que leí lo que me contabas del Tío Ho y de Vietnam y te imaginaba con una camisa blanca y sucia y las gafas de sol que te regalé, cruzando una nube de motocicletas bajo un manto de calor tropical. Vi también a Sandra, en su lucha interior e imperceptible con su cíclope fotográfico, entre distraída y asombrada, acuchillando el paisaje con sus ojos de zafiro. En definitiva, una postal preciosa de dos que nunca se han descabalgado de la ola de un sueño. La rendición, a estas alturas de la película, es un lujo que ya no podemos permitirnos.

Me rapé la cabeza en una peluquería escondida en una calle con vistas al mar.

Déjame centrarme en la coincidencia. Cuando llegué a la pista de aterrizaje de Lamu, en la isla de enfrente -la frase más nimia encierra toda la magia de este lugar-, me fui directo a la Duty Free Shop, un cobertizo de adobe regentado por un niño de nueve años que vendía conchas de mar y coca-colas. Me puse a charlar con el niño y me llevó de la mano hasta una habitación llena de libros viejos. Supe que debía comprar uno, como un día supimos que Hans Peter sería para siempre el nombre cifrado de otro juego interminable y el agujero por el que se cuelan todas las cosas que no son prescindibles y pequeñas. Leí varios títulos y ninguno me convencía hasta que me topé con el tomo 16 de The Bedside Guardian, una colección de artículos de The Guardian de los años 1966 y 1967. Un libro verde precioso y empolvado.

En la primera página del libro “Dier y Joyce” le desean “lo mejor” a “Jeremy”. La dedicatoria es de la Navidad de 1967. No Mayo chic parisino, no Praga aplastada. Quizás Joseph Koudelka engrasaba su Leica y su mirada infalible. Lo dejo a tu envidiable imaginación. El libro fue regalado por el “Ranfurly Library Service de Kensington Palace Barracks, London” al “National Museums Library of Kenya” en fecha indeterminada. De ahí pasó a la librería del Museo de Lamu y la primera persona que se lo llevó a casa nunca lo devolvió, cosa que debió haber hecho el 4 de mayo de 1999. El desfase entre la dedicatoria del 67 y la apropiación del 99 da vértigo, sólo acelerado por un inquietante sello de tinta azul en la última página que dice: 24 de julio de 1985. Sabes que podemos construir tantos misterios y conexiones como queramos.

Hay un reportaje muy extenso de Martha Gellhorn, una de las mujeres de Hemingway, sobre la guerra de Vietnam titulado A New Kind Of War -Una nueva forma de guerra-. Hojeaba el libro en la terminal más tranquila del mundo -un techo de paja y unas cuantas sillas muy cómodas-, mientras algunos tipos sonrientes revisaban el avión de doble hélice que me iba a llevar de vuelta a Nairobi. En Malindi hicimos dos intentos de aterrizaje y decidí escuchar el Blowin‘ de Paquito para que, en caso de pasar al otro barrio, hacerlo a lomos de un gigante.

Te traduzco el artículo de la página 44 y con esto me despido, que he quedado para comer con Mr. Richter en el Java Coffee House de Nairobi. Ahí va:

¿Qué Ho?
Tariq Ali, ex presidente de la Oxford Union y ex candidato por Fulham de la Radical Alliance, está decidido a escribir una biografía sobre Ho Chi Minh para Anthony Blond. Ha escrito a Ho pidiéndole una entrevista en Hanoi. El telegrama de respuesta llegó ayer: ‘Muchas gracias por su amable ofrecimiento. La idea de escribir mi biografía es algo que nunca se me había ocurrido. Saludos cordiales. Ho.’ Algunos amigos de Ali dicen que esta misiva es un no elegante. Iris Murdoch, consultada por sus habilidades psicológicas, opina que es sólo una prórroga al proyecto. Pocos ven en el telegrama un sí. Tariq ha partido hacia París para ver si el embajador vietnamita tiene alguna teoría al respecto que, a buen seguro, tendrá. El Tío Ho, para el divertimento general, tiene fama por sus telegramas enigmáticos. A Norman Thomas, el viejo socialista norteamericano que le contactó para que algunos prisioneros americanos no fueran juzgados, le respondió: ‘Gracias por su mensaje. No hay ninguna duda de que la política del Gobierno de la República Democrática de Vietnam con respecto a los enemigos capturados en la guerra es una política humanitaria. Le deseo buena salud. Ho.’

Sigue bien.

6 Responses to “Carta a mi hermano”

  1. emily says:

    me has emocionado
    cabrón
    precioso
    y desde hoy (aunque ya lo era) me declaro más fan que nunca

  2. Beni Blixen says:

    Segundo intento para mantener una continuidad en la lectura de tu blog, después de lo que has escrito hoy será complicado que se me acumule el trabajo.
    Buen detalle el de la rapada…

  3. tere says:

    Mientras tú estás en esa terminal tan tranquila con techo de paja y asientos cómodos hojeando tu libro nuevo -o no tan nuevo-, yo sigo aquí sentada en mi mesa de siempre frente a la pared de siempre, rodeada de apuntes y libros, igual que ayer y antes de ayer y el otro y el otro (maravillosa la vida del opositor). Gracias por dejar que te leamos y por abrirnos una ventana al mundo que hay ahí fuera!
    Cuídate, sé bueno, da las gracias, no hables con desconocidos… ;) Besos!

  4. Pablo says:

    Supongo que ese articulo de la Gellhorn pertenece a la serie de 5 reportajes que hizo en Vietnam. En Estados Unidos se negaron a publicarlos (eran demasiado duros para el lector norteamericano) y por eso tuvo que buscar espacio en Inglaterra. Lo jodido es que aquello acabo con su carrera en Vietnam: cada vez que intento regresar a Vietnam le fue denegado el visado (y eso que lo probo en multitud de embajadas sudvietnamitas en todo el mundo)
    Gracias por la carta, hermano.

  5. Tucán says:

    Cada vez escribes mejor…. O, al menos, de manera más sugerente y emotiva en lo que dices… Tal vez los comentarios, hoy unos cuantos, evidencian que cualquier rendición sería solo un lujo fácil; y aunque la realidad sea un lastre de los sueños, hay que volar alto.
    “Progresas adecuadamente”, piloto de alturas. Un abrazo desde esta selva.

  6. Pablo says:

    Ya te dejaré el libro, de hecho, creo que deberías quedártelo tú, testigo. Te lo llevo al Boadas…

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