El día amanece sobre los caminos desiertos y embarrados de Goma. Ha llovido toda la noche y una neblina baja separa la tierra negra de un cielo nublado y amenazante. En el puerto, a orillas del lago Kivu, los pasajeros del VR Mugote se apiñan contra una verja y discuten con un hombre malhumorado que se niega a abrirla. El puerto de Goma está en huelga y los estibadores controlan los muelles. Hay peleas y empujones. En un rincón, espero de pie, con la certeza de saber que, como siempre, todo va a salir bien.
Zarpa el Mugote con su bandera del Congo en lo alto y sus motores cansados, pero fiables. Algunas casas del barrio de la Corniche se recortan en la orilla que se aleja. En la tele del barco pasan un documental de la erupción del Nyaragongo y de un vulcanólogo italiano que se pasó años estudiando al cono negro que domina Goma y que tengo a mi espalda. Es un hombre de pelo canoso y revuelto, una especie de artista loco de la ceniza y la lava. Un capitán Ahab de los volcanes.
Intento pensar varias veces durante el crucero en mi lugar físico sobre el mapa. Me da la sensación de estar en el lugar más remoto y bello del mundo. Nunca habías llegado tan lejos, me digo. Los habitantes de las islas se acercan al Mugote y la tripulación lanza bidones de gasolina al agua que, previamente, alguien ha pagado en Goma. Saludan y celebran la llegada del combustible.
Sobre la cubierta, una tertulia de hombres liderada por un oficial congoleño de dos metros, se refugia en la proa, entre pavos, gallinas y maletas. Una mujer forrada de joyas de oro duerme una larga siesta sobre una silla de plástico.
Bukavu aparece al fondo del lago. Me recuerda a Mónaco y pienso que tienen tanto en común que podrían ser la misma ciudad. La fiebre del dinero, los edificios que se precipitan al agua. Me pregunto cuántas mansiones de Mónaco se habrán construido con la riqueza que le falta a Bukavu, por esas conexiones infinitas y aberrantes que sustentan las finanzas internacionales. Coltan, diamantes, fajos de dólares en unas calles llenas de agujeros, empresas de nombres nada sutiles: Minerales del Kivu Sur, por ejemplo.
Por la noche, en el hotel Orquidee y con unas cervezas Tembo -la mejor que he probado en África- de por medio, un madrileño con muchos kilómetros encima me contará sus aventuras de médico en Somalia, Marruecos, la Ruanda del genocidio… Es otro Ahab en este continente donde todo el mundo anda a la búsqueda de algo luminoso y definitivo.






