Monthly archives: Mayo 2009

Bukavu

El día amanece sobre los caminos desiertos y embarrados de Goma. Ha llovido toda la noche y una neblina baja separa la tierra negra de un cielo nublado y amenazante. En el puerto, a orillas del lago Kivu, los pasajeros del VR Mugote se apiñan contra una verja y discuten con un hombre malhumorado que se niega a abrirla. El puerto de Goma está en huelga y los estibadores controlan los muelles. Hay peleas y empujones. En un rincón, espero de pie, con la certeza de saber que, como siempre, todo va a salir bien.

Zarpa el Mugote con su bandera del Congo en lo alto y sus motores cansados, pero fiables. Algunas casas del barrio de la Corniche se recortan en la orilla que se aleja. En la tele del barco pasan un documental de la erupción del Nyaragongo y de un vulcanólogo italiano que se pasó años estudiando al cono negro que domina Goma y que tengo a mi espalda. Es un hombre de pelo canoso y revuelto, una especie de artista loco de la ceniza y la lava. Un capitán Ahab de los volcanes.

Intento pensar varias veces durante el crucero en mi lugar físico sobre el mapa. Me da la sensación de estar en el lugar más remoto y bello del mundo. Nunca habías llegado tan lejos, me digo. Los habitantes de las islas se acercan al Mugote y la tripulación lanza bidones de gasolina al agua que, previamente, alguien ha pagado en Goma. Saludan y celebran la llegada del combustible.

Sobre la cubierta, una tertulia de hombres liderada por un oficial congoleño de dos metros, se refugia en la proa, entre pavos, gallinas y maletas. Una mujer forrada de joyas de oro duerme una larga siesta sobre una silla de plástico.

Bukavu aparece al fondo del lago. Me recuerda a Mónaco y pienso que tienen tanto en común que podrían ser la misma ciudad. La fiebre del dinero, los edificios que se precipitan al agua. Me pregunto cuántas mansiones de Mónaco se habrán construido con la riqueza que le falta a Bukavu, por esas conexiones infinitas y aberrantes que sustentan las finanzas internacionales. Coltan, diamantes, fajos de dólares en unas calles llenas de agujeros, empresas de nombres nada sutiles: Minerales del Kivu Sur, por ejemplo.

Por la noche, en el hotel Orquidee y con unas cervezas Tembo -la mejor que he probado en África- de por medio, un madrileño con muchos kilómetros encima me contará sus aventuras de médico en Somalia, Marruecos, la Ruanda del genocidio… Es otro Ahab en este continente donde todo el mundo anda a la búsqueda de algo luminoso y definitivo.

Mugunga

El paraíso aparece punteado por cabañas blancas y miles de personas en un limbo de pesadilla. Al fondo, el cono perfecto del volcán Nyiragongo envuelto en nubes, preside unas colinas de verde esmeralda y tierra negra. A la vuelta de una loma, el lago Kivu; el único que devuelve calma a cada vistazo.

En el campo de refugiados de Mugunga I (hay II y III), a unos ocho kilómetros de Goma, la vida discurre aplastada en el suelo por una ley de la gravedad multiplicada. El que no la aguanta, se queda tirado. Saltar o correr está reservado a los niños que no entienden mucho o ya han dejado de preguntarse si la vida es esto. También hay niños que ni saltan, ni corren.

Las mujeres hacen colas interminables en los cobertizos de distribución de ayuda -cuatro pastillas azules de jabón son el premio de hoy- y me miran como si fuera un extraterrestre. De hecho, podría serlo. Millones de kilómetros sentimentales me separan de mi casa, que en nada se parece a este dolor a cielo abierto.

Pero Mugunga está en el mundo y ese es el crimen. El abuelo que remienda una bota a dos metros de mí, enroscado en sí mismo, podría haber sido mi abuelo; que sabía tratar bien al calzado. El motivo por el cual ese hombre no es mi abuelo es demasiado miserable para acabar la dignidad de este párrafo.

Me acerco a una cola y le pido a Amadi, mi guía exfutbolista, que hable con la última de la fila. Se llama Julienne Kisata, tiene 42 años y un bebé a la espalda. Dos diminutos tatuajes adornan sus mejillas bajo unos ojos inyectados en sangre. Lleva dos años viviendo aquí -730 días- y huyó de la aldea de Sake por los ataques del FDLR (Frente Democrático para la Liberación de Ruanda), la milicia hutu liderada por algunos genocidas del 94 y demás perros de la guerra. El fin de semana pasado asesinaron a 60 personas en la aldea de Ekingi, a menos de 100 kilómetros de aquí; sin que el mundo se parara por un segundo. Me despido de Julienne, rodeado por un corro de personas que ha seguido la entrevista en absoluto silencio y respeto.

Nos metemos por entre las cabañas de paja y techo plástico de las bolsas de ayuda humanitaria –una expresión que encierra todo un océano de hipocresía-. Entrevistamos a familias con 11 hijos, con 4 hijos; a una anciana de 39 años que lava la ropa sobre una piedra. Le digo a Amadi que ya es suficiente –sé que nunca lo es-, que nos vamos.

Enfilamos hacia la salida. En plena pelea conmigo mismo, me pregunto si valgo para esto, para entrar y salir de la vida de los demás como un extraño en el momento más insoportable de sus vidas, repetido cada día hasta la locura. Puedo ver en sus ojos la vergüenza que sienten por mi presencia, una especie de culpabilidad por el estado en el que viven. Esa manera de atusarse el pelo antes de la foto o formar a los hijos para que salga bien el retrato de familia es lo que me destroza: ‘todavía somos humanos’, parecen decirme.

Una mujer llamada Bahani me agarra por el brazo y me empieza a contar algo en kiswahili. Amadi me traduce que las autoridades del campo les han prohibido destilar el alcohol local llamado mutobe –del plátano-. Sin él pierden ingresos imprescindibles para sobrevivir. Me pide que haga algo, que me queje. Le respondo que sólo puedo contarlo. Le parece bien y me da las gracias. Yo también le doy las gracias. Bahani me ha puesto en mi lugar, justo cuanto todos los motivos estaban huyendo en desbandada. Contarlo es fácil cuando son ellos los que tienen que vivirlo: ¿de qué coño me quejo?

Ya fuera del campo, siento que las historias de Mugunga se me han escapado como arena entre las manos. ‘Un millón de historias’, le digo a Amadi. ‘Sí, un millón de historias’, responde.

De vuelta a Goma, en la carretera interminable, adelantamos a un niño con un solo patín en el pie izquierdo. El derecho, desnudo, lo aprieta contra el asfalto, para coger impulso hacia ningún lugar.

El engranaje

Una noche, en mi añorada Bodegueta, me puse a divagar sobre el mundo. Dije algo parecido a que el sistema funciona como un reloj. En su interior, todos los engranajes cumplen una función, pero sólo uno es imprescindible. Sin él, el mecanismo se detiene y el reloj deja de dar la hora. Dije también que yo quería ver con mis propios ojos ese engranaje que mueve el mundo y creo haberlo conseguido en este lugar llamado Goma, donde la realidad del sistema se presenta cristalina y te atraviesa el pecho y la mirada.

No hay dobleces: este desastre humano es el engranaje y Goma, sólo un diente más.

Voy camino del cuartel general de la MONUC (Misión de las Naciones Unidas para el Congo). Es una carretera recta, en paralelo al aeropuerto. A un lado, cientos de personas se apiñan en los arcenes. Una lluvia fina convierte la tierra volcánica en barro negro, la mierda en pequeños riachuelos. Hay grupos de niños descalzos y abandonados moviéndose de un lado a otro o quietos bajo el chaparrón; mujeres con un bebé a la espalda, una bolsa en cada mano y un cargamento extra en equilibrio sobre la cabeza; jóvenes con sus moto-taxi esperando clientes, camiones gigantes de UN que apenas caben en una carretera lunar. Pequeños fogones o montones de basura ardiendo aderezan un olor caótico.

Al otro lado, apenas a doscientos metros, un avión gigante de carga aterriza sobre Goma y la tierra parece temblar. En medio de todo, estoy yo, incapaz de pensar, incapaz de asimilar todas las fotos que nunca haré. Superado.

Me cuelgo la Press Card de MONUC y entro en un recinto blanco y azul lleno de todoterrenos. En la cafetería, diez oficiales indios -Uruguay e India aportan el mayor número de soldados a la misión- sentados en tres mesas. No desayunan, apenas hablan entre ellos. Están. De camino a la oficina de prensa me cruzo con un militar indio de dos metros, turbante azul y bigotes largos y rizados hacia el cielo.

El Mayor Shardool Sharma me da una charla de cinco minutos sobre la labor de sus tropas en el terreno y los lugares que no debo pisar. El aire acondicionado convierte la sala en un frigorífico con pósters del Taj Mahal y de Bombay en las paredes. ‘Incredible India’ es el eslogan turístico, pero es imbatible para la escena en la que participo.

Salgo al patio de los todoterrenos y pasan dos francesas vestidas para una boda. Si tuviera valor, la foto sería perfecta.

Ayer por la noche volvía al hotel por las calles desiertas de Goma. Me había tomado dos cervezas -a 4 dólares cada una- en un bar lleno de personal de Naciones Unidas. Pasé por delante de otro bar, tres soldados congoleños con su boina roja se cruzaron conmigo. Sonaba ‘No Woman, No Cry’ de Bob Marley. Me pareció un himno absurdo para este lugar.

Llegó el momento de la pregunta inevitable: ¿Qué hago yo aquí?

Bajo el volcán

En el ciber Les Volcans de Goma hay un cuadro con dos guepardos. De camino, en una tienda de discos, un discurso de Mobutu a todo volumen; el dictador que tanto gustaba de lucir sombreros de piel de guepardo y al que puedo maldecir por cada agujero de la carretera y cada niño encadenado a una botella de pegamento con los que tropiezo.

El teclado de este ordenador, con caracteres árabes, se convierte en una tortura para unas manos que quieren contarlo todo. Estoy en Goma y no es el infierno, sólo un lugar más para la historia universal de la infamia que se escribe ahí fuera, a dos pasos de mí. Una tanqueta blanca con el logo UN acaba de pasar con soldados indios de turbante azul, por una calle de lava sólida. En 2002, el volcán Nyiragongo hizo de Goma una especie de Venecia de lava y estos días, amenaza de nuevo. Bajo el volcán, todo conspira hacia el absurdo.

Salí de Kampala hace dos días en un autobús lleno de congoleños de vuelta a casa. Uno vomitó en el pasillo y el autobús se detuvo hasta que todos los pasajeros decidieron el castigo para el infractor. Unos defendían su expulsión del vehículo -su mujer sólo decía no me dejen sin marido-. Limpiar el suelo con un rollo de papel higiénico fue el castigo, trajo la paz y enfilamos hacia una cordillera enorme. Vi las colinas y los precipicios como se ven los fantasmas en un sueño, a retazos entre la ventana y la niebla.

La mañana la pasé firmando visados de entrada y salida para cruzar apenas 100 kilómetros de Ruanda. No consigo abstraerme a lo que ocurrió aquí en 1994. Un campesino asesta golpes con la azada a una tierra que me parece maldita o a punto de sangrar. La falta de sueño complica mi visión de la realidad: un hombre arando.

Llegamos a Gisenyi, el último pueblo de Ruanda antes de entrar en Congo. Una explanada de piedras, el verde tropical y personas por todas partes son el atrezzo de una frontera que ha visto mucho. Niños y mutilados piden algo al único mzungu del lugar. Goma, con sus techos de chapa y sus aviones blancos de UN como corona, se aparece al fondo.

Esta mañana, por fin descansado, he ido a hacerme la acreditación de periodista acompañado por Amadi, mi ángel de la guarda de hoy y exfutbolista profesional. En un cuartucho de la seguridad del Estado he pagado un soborno de 10 dólares. A la carta de autorización de EFE que falsifiqué con el Word, le faltaba un sello y el oficial Florent no lo ha pasado por alto. Grijelmo sabrá perdonarme. Mi acreditación internacional caducó hace unos meses, pero de eso no se han dado cuenta. 250 dólares después -el precio de la carte du reporteur-, salgo a la calle como un periodista que no acabará detenido.

Amadi me pregunta por Aznar y por Vicente del Bosque con respuesta desigual.

Los aviones de UN, que ahora ya puedo utilizar, siguen atronando el ciber Les Volcans.

Mañana me levantaré de nuevo y tardaré un rato en quitarme de encima el peso de estar aquí. No me gusta, pero es lo único que sé hacer.

P.D.: Me acabo de enterar de que Antonio Vega se ha ido a luchar con gigantes. Qué pena.

Una forma de tristeza

Estos días de vigilia vienen cargados de fantasmas. No podía ser de otra forma. El Congo -me voy en tres horas de Kampala- se aparece como un monstruo que exige todo el tiempo y el pensamiento. Bromeo sobre el corazón de las tinieblas como se bromea sobre algo que uno teme y quiere ahuyentar, con una sonrisa de labio rígido. Sé que no será para tanto, pero me parecería indecente no pagar este tributo de miedo a un lugar que ha ocupado tantas de mis pesadillas y sueños.

Afortunadamente, la espera -por culpa del celo de la embajada de Ruanda- no podía haber elegido un refugio mejor: la casa de Javier en la colina de Kololo. Las vistas de Kampala y del lago Victoria, un poco más a lo lejos, hacen que uno lo vea todo desde una cómoda media distancia, como si nada existiera de verdad y todo fuera paisaje nocturno de lucecitas y brisa suave. Sólo el avión de la KLM de las 22.30, cruzando la noche de una punta a otra, nos recuerda que estamos en el mundo.

El caso es que estábamos hablando de Congo, de la posibilidad de encontrarnos en una frontera dentro de unas semanas y empezó a sonar el Kind of Blue de Miles Davis, que -y ya la conversación se perdió en el desvío- cumple 50 años desde su edición. Traté de explicarle a Javier porqué este disco es tan fundamental, todo el asunto del jazz modal, el impresionante grupo que reunió Miles y demás. Al final, como casi siempre, las emociones a quemarropa son las que saben decirlo todo.

Recuerdo el momento en que compré el disco, en el FNAC de Barcelona. Fue con Dani, un compañero del instituto y otro melómano para la lista. Había leído el nombre Miles Davis alguna vez por ahí, pero el jazz, hasta ese momento, era sólo un montón de instrumentos puestos a tocar al mismo tiempo. Decidí probar suerte y el disco cambió mi vida musical, trataba de explicarle a Javier.

¿Qué es esto?, me pregunté en los primeros compases de So What, cuando lo puse en casa. La incredulidad es la avanzadilla que envía la ignorancia cuando se siente sorprendida. Bien, han pasado 10 años desde que me hiciera aquella pregunta y todavía me la sigo haciendo cuando escucho a Davis, Coltrane, Evans, Adderley y compañía. Una década de jazz, chin, chin.

Hoy, para colmo, me entero de que Apocalypse Now cumple 30 años. Nunca está de más celebrar algo o como dice Ray Loriga: un dry martini no empeora nunca nada.

Mañana cruzaré a pie la frontera de Ruanda y Congo para entrar a Goma. He leído tantas veces sobre esos pasos que, definitivamente, tendré que clavar otra banderita de la memoria para celebrarlo el 12 de mayo de 2019.