Bajo el volcán

En el ciber Les Volcans de Goma hay un cuadro con dos guepardos. De camino, en una tienda de discos, un discurso de Mobutu a todo volumen; el dictador que tanto gustaba de lucir sombreros de piel de guepardo y al que puedo maldecir por cada agujero de la carretera y cada niño encadenado a una botella de pegamento con los que tropiezo.

El teclado de este ordenador, con caracteres árabes, se convierte en una tortura para unas manos que quieren contarlo todo. Estoy en Goma y no es el infierno, sólo un lugar más para la historia universal de la infamia que se escribe ahí fuera, a dos pasos de mí. Una tanqueta blanca con el logo UN acaba de pasar con soldados indios de turbante azul, por una calle de lava sólida. En 2002, el volcán Nyiragongo hizo de Goma una especie de Venecia de lava y estos días, amenaza de nuevo. Bajo el volcán, todo conspira hacia el absurdo.

Salí de Kampala hace dos días en un autobús lleno de congoleños de vuelta a casa. Uno vomitó en el pasillo y el autobús se detuvo hasta que todos los pasajeros decidieron el castigo para el infractor. Unos defendían su expulsión del vehículo -su mujer sólo decía no me dejen sin marido-. Limpiar el suelo con un rollo de papel higiénico fue el castigo, trajo la paz y enfilamos hacia una cordillera enorme. Vi las colinas y los precipicios como se ven los fantasmas en un sueño, a retazos entre la ventana y la niebla.

La mañana la pasé firmando visados de entrada y salida para cruzar apenas 100 kilómetros de Ruanda. No consigo abstraerme a lo que ocurrió aquí en 1994. Un campesino asesta golpes con la azada a una tierra que me parece maldita o a punto de sangrar. La falta de sueño complica mi visión de la realidad: un hombre arando.

Llegamos a Gisenyi, el último pueblo de Ruanda antes de entrar en Congo. Una explanada de piedras, el verde tropical y personas por todas partes son el atrezzo de una frontera que ha visto mucho. Niños y mutilados piden algo al único mzungu del lugar. Goma, con sus techos de chapa y sus aviones blancos de UN como corona, se aparece al fondo.

Esta mañana, por fin descansado, he ido a hacerme la acreditación de periodista acompañado por Amadi, mi ángel de la guarda de hoy y exfutbolista profesional. En un cuartucho de la seguridad del Estado he pagado un soborno de 10 dólares. A la carta de autorización de EFE que falsifiqué con el Word, le faltaba un sello y el oficial Florent no lo ha pasado por alto. Grijelmo sabrá perdonarme. Mi acreditación internacional caducó hace unos meses, pero de eso no se han dado cuenta. 250 dólares después -el precio de la carte du reporteur-, salgo a la calle como un periodista que no acabará detenido.

Amadi me pregunta por Aznar y por Vicente del Bosque con respuesta desigual.

Los aviones de UN, que ahora ya puedo utilizar, siguen atronando el ciber Les Volcans.

Mañana me levantaré de nuevo y tardaré un rato en quitarme de encima el peso de estar aquí. No me gusta, pero es lo único que sé hacer.

P.D.: Me acabo de enterar de que Antonio Vega se ha ido a luchar con gigantes. Qué pena.

One Response to “Bajo el volcán”

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