Mugunga

El paraíso aparece punteado por cabañas blancas y miles de personas en un limbo de pesadilla. Al fondo, el cono perfecto del volcán Nyiragongo envuelto en nubes, preside unas colinas de verde esmeralda y tierra negra. A la vuelta de una loma, el lago Kivu; el único que devuelve calma a cada vistazo.

En el campo de refugiados de Mugunga I (hay II y III), a unos ocho kilómetros de Goma, la vida discurre aplastada en el suelo por una ley de la gravedad multiplicada. El que no la aguanta, se queda tirado. Saltar o correr está reservado a los niños que no entienden mucho o ya han dejado de preguntarse si la vida es esto. También hay niños que ni saltan, ni corren.

Las mujeres hacen colas interminables en los cobertizos de distribución de ayuda -cuatro pastillas azules de jabón son el premio de hoy- y me miran como si fuera un extraterrestre. De hecho, podría serlo. Millones de kilómetros sentimentales me separan de mi casa, que en nada se parece a este dolor a cielo abierto.

Pero Mugunga está en el mundo y ese es el crimen. El abuelo que remienda una bota a dos metros de mí, enroscado en sí mismo, podría haber sido mi abuelo; que sabía tratar bien al calzado. El motivo por el cual ese hombre no es mi abuelo es demasiado miserable para acabar la dignidad de este párrafo.

Me acerco a una cola y le pido a Amadi, mi guía exfutbolista, que hable con la última de la fila. Se llama Julienne Kisata, tiene 42 años y un bebé a la espalda. Dos diminutos tatuajes adornan sus mejillas bajo unos ojos inyectados en sangre. Lleva dos años viviendo aquí -730 días- y huyó de la aldea de Sake por los ataques del FDLR (Frente Democrático para la Liberación de Ruanda), la milicia hutu liderada por algunos genocidas del 94 y demás perros de la guerra. El fin de semana pasado asesinaron a 60 personas en la aldea de Ekingi, a menos de 100 kilómetros de aquí; sin que el mundo se parara por un segundo. Me despido de Julienne, rodeado por un corro de personas que ha seguido la entrevista en absoluto silencio y respeto.

Nos metemos por entre las cabañas de paja y techo plástico de las bolsas de ayuda humanitaria –una expresión que encierra todo un océano de hipocresía-. Entrevistamos a familias con 11 hijos, con 4 hijos; a una anciana de 39 años que lava la ropa sobre una piedra. Le digo a Amadi que ya es suficiente –sé que nunca lo es-, que nos vamos.

Enfilamos hacia la salida. En plena pelea conmigo mismo, me pregunto si valgo para esto, para entrar y salir de la vida de los demás como un extraño en el momento más insoportable de sus vidas, repetido cada día hasta la locura. Puedo ver en sus ojos la vergüenza que sienten por mi presencia, una especie de culpabilidad por el estado en el que viven. Esa manera de atusarse el pelo antes de la foto o formar a los hijos para que salga bien el retrato de familia es lo que me destroza: ‘todavía somos humanos’, parecen decirme.

Una mujer llamada Bahani me agarra por el brazo y me empieza a contar algo en kiswahili. Amadi me traduce que las autoridades del campo les han prohibido destilar el alcohol local llamado mutobe –del plátano-. Sin él pierden ingresos imprescindibles para sobrevivir. Me pide que haga algo, que me queje. Le respondo que sólo puedo contarlo. Le parece bien y me da las gracias. Yo también le doy las gracias. Bahani me ha puesto en mi lugar, justo cuanto todos los motivos estaban huyendo en desbandada. Contarlo es fácil cuando son ellos los que tienen que vivirlo: ¿de qué coño me quejo?

Ya fuera del campo, siento que las historias de Mugunga se me han escapado como arena entre las manos. ‘Un millón de historias’, le digo a Amadi. ‘Sí, un millón de historias’, responde.

De vuelta a Goma, en la carretera interminable, adelantamos a un niño con un solo patín en el pie izquierdo. El derecho, desnudo, lo aprieta contra el asfalto, para coger impulso hacia ningún lugar.

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