Monthly archives: May 2009

El viaje interior

Estoy de nuevo en Kampala. Llegué ayer por la noche después de cruzar el Nilo otra vez, a la altura de Jinja, el lugar donde Speke situó las fuentes del río más largo del mundo en 1858 -todo un trofeo en su época-. La gente sabía perfectamente que vivía a orillas del nacimiento del Nilo cuando Speke llegó, pero Speke era blanco y los blancos hemos hecho de poner banderitas en el mapa un deporte muy lucrativo.

El viajero, hoy y siempre, ha sido esclavo de las mismas ensoñaciones. La ilusión de que lo que vemos, tocamos o clasificamos, lo es por primera vez; aunque sepamos que la mirada del hombre sentado bajo una acacia cercana, con sus arrugas como cicatrices, encierra una sabiduría que ni siquiera podemos comprender.

El viaje como descubrimiento del mundo sería la mentira más bonita si no tuviera tantos muertos a la espalda y las fronteras de África, por ejemplo, no fueran líneas rectas.

¿Qué queda entonces? Me digo que el viaje interior, la geografía humana, el mapa sentimental. Los miedos, las personas y el momento en que uno se bebe una cerveza a los pies del paraíso más insospechado. Es liberador ver las cosas así, evita colas en los museos europeos, agobios en las atestadas calles de Venecia o fotos con camello a los pies de las pirámides y te da a cambio, una vida de instantes únicos que se pierden en la noche de los tiempos. El universo nace y se destruye en cada apretón de manos con un completo desconocido, cuando los kilómetros y los segundos se escapan a la par.

Mi hermano Ibáñez dice que el viajero es “el que no tiene billete de vuelta” y yo estoy de acuerdo, pero desde aquí le respondo que, cuando el viaje sucede adentro, el billete siempre es de ida.

La cebra muerta

zebra

Bajábamos el camino del parque de Hell’s Gate, con el cielo a punto de romperse y, al doblar una curva, una cebra muerta. Me acerqué a ella, al olor y a las moscas. Mi hipótesis: se rompió una pata al cruzar la pista y murió. Luego llegaron los carroñeros. Si hubiera sido presa de un león, estaría completamente devorada y no nos hubieran dejado entrar al parque en bicicleta tan alegremente.

El asunto disparó mi imaginación. ¿Qué haría si apareciera un león?

1. Gritaría como un loco, agitando los brazos, para asustarlo.
2. Me quedaría quieto.
3. Escaparía con la bici todo lo rápido que pudiera.

En mi cabeza, al final de las tres opciones, el león me devoraba. Es lo que tiene el instinto de supervivencia, que no te deja tranquilo hasta que consigues salvar el pellejo. Me tranquilizo pensar que morir en las fauces de un león en África era algo bastante romántico.

Luego la cosa pasó a mayores. Empecé a darle vueltas a la muerte que yo he visto en este pedazo del mundo. Mientras pedaleaba bajo una cortina de agua me acordé del hombre atropellado por el tren en Kampala, de los dos ladrones acribillados en una zanja en Nairobi y de la cebra. He visto más muertos, los que están a punto de serlo. Esos son los que realmente impresionan.

Enfrentarse al contacto con la muerte -cuando uno viene de un lugar de donde ha sido desterrada- es una de las lecciones de vida más grandes que uno se puede llevar de aquí.

Por cierto, ayer volvía de jugar al fútbol en un instituto de las afueras de Nairobi. La tierra roja africana escuece igual cuando te caes y te pelas media pierna. Mezclada con sudor parece sangre. Al llegar a casa, me asusté un segundo cuando me vi la frente. Era sólo barro.

P.D.: Mañana salgo hacia Uganda, Ruanda y Congo. Quiero viajar todo lo ligero de equipaje posible y no me llevaré el portátil. Escribiré cada vez que pueda: se aceptan sugerencias.

Un abrazo a todos.