Estoy de nuevo en Kampala. Llegué ayer por la noche después de cruzar el Nilo otra vez, a la altura de Jinja, el lugar donde Speke situó las fuentes del río más largo del mundo en 1858 -todo un trofeo en su época-. La gente sabía perfectamente que vivía a orillas del nacimiento del Nilo cuando Speke llegó, pero Speke era blanco y los blancos hemos hecho de poner banderitas en el mapa un deporte muy lucrativo.
El viajero, hoy y siempre, ha sido esclavo de las mismas ensoñaciones. La ilusión de que lo que vemos, tocamos o clasificamos, lo es por primera vez; aunque sepamos que la mirada del hombre sentado bajo una acacia cercana, con sus arrugas como cicatrices, encierra una sabiduría que ni siquiera podemos comprender.
El viaje como descubrimiento del mundo sería la mentira más bonita si no tuviera tantos muertos a la espalda y las fronteras de África, por ejemplo, no fueran líneas rectas.
¿Qué queda entonces? Me digo que el viaje interior, la geografía humana, el mapa sentimental. Los miedos, las personas y el momento en que uno se bebe una cerveza a los pies del paraíso más insospechado. Es liberador ver las cosas así, evita colas en los museos europeos, agobios en las atestadas calles de Venecia o fotos con camello a los pies de las pirámides y te da a cambio, una vida de instantes únicos que se pierden en la noche de los tiempos. El universo nace y se destruye en cada apretón de manos con un completo desconocido, cuando los kilómetros y los segundos se escapan a la par.
Mi hermano Ibáñez dice que el viajero es “el que no tiene billete de vuelta” y yo estoy de acuerdo, pero desde aquí le respondo que, cuando el viaje sucede adentro, el billete siempre es de ida.

