Rosales y los turistas perfectos

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Tenía miedo. No mucho, pero el suficiente como para estar media hora antes en el lugar acordado y buscar un decorado para hacerle la foto a Jaime Rosales, ganador del Goya al mejor director por La soledad, que también se llevó el de mejor película. Era un encargo mercenario -por mi parte- de una revista de Barcelona para empresarios y yo, sin miedo a intrusismos, dije que también hacía fotografías. Buenas fotografías.

Esta es la que más me gustó, pero dudo que sea la elegida para la revista. En el fondo me da un poco igual, creo que esta es la fotografía y por eso la publico aquí, porque aquí soy yo el jefe.

Por cierto, Rosales es un tipo simpático y cercano. No es que esperara lo contrario, pero en la jungla de asfalto una sonrisa o una amigable charla de cinco minutos es mucho más de lo que uno puede imaginar.

Lo fascinante ocurrió ayer. También en un encargo de la misma revista, fui a cubrir -nunca me ha gustado esa expresión- una rueda de prensa de una cadena hotelera de Isla Mauricio en un balneario de la sierra madrileña o, como descubrí más tarde, en un centro de esos que cuidan tu cuerpo, tu mente y ¡tu alma! Los organizadores del evento resolvieron de un plumazo una duda existencial que ha atormentado a generaciones de filósofos: el alma existe, amigos.

Pasé el día allí, con sesiones varias de risoterapia, magia y aguas termales. Mi escepticismo congénito, mi ateísmo radical y otras desvaciones del liberalismo, me tuvieron un tanto atenazado en el momento de abrazar a desconocidos para compartir nuestra energía. Sí, también existe la energía, aunque eso me lo creo un poco más.

Lo bueno llegó con la comida. El grupo estaba formado por un gremio periodístico que desconocía hasta la fecha: los periodistas de turismo. Es decir, profesionales del hotel, del autobús de dos plantas que te da una vuelta por la ciudad, de los balnearios y de las reuniones de empresa. Tiene un nombre en inglés que me parece horroroso y que ya he olvidado.

Todos manejaban unos más que notables conocimientos geográficos, gastronómicos y hoteleros de multitud de países. Algunas ciudades que yo conozco eran calibradas por las noches de hotel necesarias para conocerlas, sin superar nunca la semana -seis noches, el pack perfecto, unidad de medida universal en el ambiente hotelero-. Pensaba en los cuatro packs que pasé en Buenos Aires o los 24 de San José…

El caso es que, al principio, me sentí como un indio en Fort Bravo, hasta que descubrí que es lo que estaba sucediendo: asistía a una prueba de fuego, el encuentro con el otro, con el turista perfecto. Pablo se reflejaba en las aguas de un río milenario y veía a su antagonista. Y, la verdad, una vez descifrado el misterio, disfruté mucho.

Una de las periodistas de unos 70 años había viajado a Irán antes de la Revolución y después, al Tíbet en los primeros tiempos de la ocupación china, había dirigido un campo de golf en México. Siempre de turismo, siempre calibrando infraestructuras, puntualidad del servicio y del transporte, actividades para niños y excursiones de un día. Era de una elegancia y una educación exquisitas.

Solté lastre y me lo pasé bien, acabé intercambiando direcciones de e-mail, teléfono, abrazos, despedidas, aunque un pensamiento me martilleaba el cerebro: No soy uno de ellos.

4 Comentarios

  1. Felipe el 11 March, 2008

    Una de mis varias manías respecto del uso del lenguaje es molestarme y corregir cuando cada vez que viajo alguien me dice turista o que ando de turismo, cuando mi afán es ser viajero. En los pasados meses en Bolivia le estuve dando la vuelta a la cuestión y concluí de que la diferencia fundamental es que el turista basa sus relaciones con el lugar únicamente a partir de transacciones comerciales, comprar cosas o pagar servicios, excluyendo las relaciones con los habitantes del lugar. Al final, la estadía en el lugar es una traspolación del espacio donde viven habitualmente.

    Tu crónica turística refuerza mi definición.

    PD: ¿No has escuchado eso de “más peligroso que periodista en cóctel”? Ni me los quiero imaginar en un spa.

  2. Enrique el 11 March, 2008

    Oye, pues es una forma de verlo. Villaverde: 11903 noches.

  3. Virgilio el 11 March, 2008

    Para mí el turista es el que tiene billete de vuelta. Así que en mayor o menor medida todos lo somos. Luego hay niveles, claro. Como en el infierno de Dante.

  4. Emilio el 11 April, 2008

    Ya que nadie lo dice, la foto está bien, me gusta. Muy tuya.