Leonard Cohen, un camino en lo desconocido

Como sólo algunos niños, yo tenía un miedo incontrolable a lo desconocido. Se colaba en los momentos más inesperados de la vida en familia y en soledad y venía siempre acompañada de música. I’m your man (Sony, 1988) de Leonard Cohen. Mi miedo a lo que hay más allá del abismo mostraba especial predilección por esas ocho canciones.
Con el tiempo comencé a comprender que el disco contenía el mensaje de un futuro desconocido y enigmático, un futuro que sabía sería mío, de mis arrugas y mis heridas. Coda: El siguiente disco de Leonard Cohen, en pleno convencimiento de su condición de apátrida y de extranjero, se llamó The Future (Sony, 1992), con, otra vez, una canción homónima que dibujó con tiza los bordes del abismo, de lo que está más allá.
Lo maravilloso es que I’m your man, desde el cassette de mi padre hasta el compacto que escucho ahora, ha sabido mantener su misterio indescifrable, el talón de Aquiles de todas mis edades.
El disco empieza con los arreglos de First We Take Manhattan, una horda de notas asesinas que avanza imparable por el subsuelo de la civilización conocida, con la voz de Cohen “me condenaron a veinte años de aburrimiento por intentar cambiar el sistema desde dentro” como las órdenes de un mariscal de campo, sentado en una colina, vestido de Armani, implacable.
El saxo inicial de Ain’t No Cure For Love, las letras se deslizan sobre las sábanas frías. Alguien se retuerce de dolor, piensa en una mujer que se ha ido para no volver, en los remedios que no existen para aliviar su condena. La melodía suena liviana, cristalina, un contraste desarmante.
Comienza la pendiente hacia lo desconocido, el caballo recula en campo abierto, el soldado llora en la trinchera. Everybody Knows, la danza crepuscular de las máscaras, la hora de las verdades, “todo el mundo sabe que la Plaga está llegando”. La música, de nuevo y en todo el disco, acompaña como un paisaje grotesco, de cartón-piedra, demasiado alucinante para vestir la extraña belleza de las palabras.
Llega la canción que da nombre a la obra,”si quieres un boxeador,
yo pisaré el ring por ti
y si quieres un doctor,
examinaré cada centímetro de ti.
Si quieres un chófer,
súbete.
O si quieres llevarme a dar un vuelta,
sabes que puedes.
Soy tu hombre”.
El organillo de fondo, como un puesto de barquillos en Coney Island o la cabra maltratada que sube a la silla una vez más o el viento que acompaña al director de cine italiano paseando con su Vespa por los rincones de una Roma crepuscular, de tarde de agosto tórrida y abandonada.
Esta es la canción más absolutamente decisiva, sincera, elegante y verdadera que Cohen haya escrito: Al final, sólo hay en la vida, un hombre o una mujer por el que se arrastraría uno como lo hace el rapsoda canadiense. La música de esta canción es, en cambio, la banda sonora del mejor antro imaginable para la noche más triste de su vida. Un acompañamiento cabaretesco y definitivo.
En Take This Waltz, el poeta homenajea al poeta, Cohen a Lorca o un Nueva York reflejado en millones de espejos. Versión del Pequeño Vals Vienés, suena una guitarra lejana que podría haber recibido a Ulises en su regreso, acordeón y violín para un Buenos Aires deformado. “Toma este vals, con su particular aroma de brandy y muerte”.
Jazz Police, ya están aquí, para detenernos. Quemad los libros, esconded a los niños. La policía del jazz ha llegado, con su ritmo ensordecedor, sus consignas cristalinas en voz de mujer. Está por todas partes, “revuelve en mis carpetas, habla con mi sobrina, tiene órdenes definitivas”.
El sol sale de entre las nubes, es sólo un espejismo, pronto volverá la noche, madre del futuro, pero vivamos, a pesar de todo. I Can’t Forget, un canto a los perdedores camuflado en coros de soul, sintetizador y una voz igual que la seda gastada. “os quise toda la vida y así es como quiero dejarlo” y “prometo sobre mi corazón que nunca nos cogerán, pero si nos cogen, sólo decid que fui yo”.
Tower Of Song, “nací así, no tuve elección. Nací con el regalo de una voz de oro”, monumentos autobiográficos con ese coro griego de la isla de Hydra de voces femeninas idílicas propiedad de unas mujeres idílicas que a uno se le van escapando o va dejando a un lado o va traicionando y todo eso se acepta con la sonrisa quebrada de un viajero que vuelve de un lugar lejano, irreproducible en el torpe lenguaje humano y al que llegó porque no entiende más que la búsqueda de la belleza para levantarse cada mañana de la cama y no tirarse por una ventana de algún hotel inmundo.
Y ahí se acaba la obra maestra de un hombre que era capaz de vestir de Armani durante el invierno en Nueva York y de dormir a los pies de su olivo en la isla griega de Hydra, ebrio y alucinado con sus visiones de oráculo.
Encadenado para siempre a otros exploradores de lo desconocido como Kafka, Conrad o Bolaño, Leonard Cohen morirá algún día sabiendo que se dejó muchos jirones de su pellejo en esta insustituible crónica del porvenir.
“He visto el futuro, es asesinato”, dirá más tarde.
Mi vínculo con Leo se basa en otro disco: “Various Positions”. Sensiblemente inferior al tuyo, por cierto. Pero cada vez que escucho el “Dance me…” y sobre todo el “If it be your will” recuerdo a mi hermana con la vista perdida al otro lado de la ventana.
Jesús, un asiduo bebedor en los bares de mi barrio, llora al escuchar “The Partisan” en “Songs from a room”. Tienen tanto de que hablar.