Una estrella juega en la noche

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Durante mucho tiempo, el Piloto de guerra de Antoine de Saint-Exupéry fue uno de esos libros que uno busca por todas partes con el ahínco del que espera encontrar una verdad irrefutable o un guiño de aprobación al camino que se ha dibujado. No sé porqué esta clase de libros no se reeditan, pero me gusta pensar que su honestidad les obliga a desaparecer del mundanal ruido que abarrota las librerías y descansan en un panteón brillante de libros inencontrables.

Mi padre lo tenía en francés y yo no lo entendía o lo entendía a trompicones, como si el cinematógrafo de mi cabeza sufriera apagones intermitentes. Lo compré en catalán, pero no lo leí. Quería encontrarlo en castellano, mi lengua materna y literaria.

Una noche, recién llegado a La Paz, quedé con un desconocido en un barrio rico de las afueras. Debo decir que, de noche, a 4.000 metros de altura, el cielo entra en juego con la tierra y no se sabe a ciencia cierta si lo que cruza la calle es un coche o una estrella perdida y distante. Bien, el desconocido era un contacto que me habían dado en Barcelona para aligerar mi llegada a Bolivia y nuestra charla fue tímida y diplomática. Nunca volvimos a vernos.

En un momento en el que él entró a una galería de arte a saludar a una amiga, yo pasé a una librería escuálida. Tomé, sin pensarlo mucho, un volumen de las siete novelas de Mutis sobre Maqroll El Gaviero y lo dejé en el mostrador. Seguí dando vueltas por el minúsculo cubo que era la librería y en una de las torres giratorias de libros de bolsillo encontré Piloto de guerra, tranquilo, relajado y, diría que, hasta sonriente.

Abrí la contratapa y leí que estaba impreso en Gavà (Barcelona). Yo había partido hacía unos días desde Gavà (Barcelona), así que, entendí que los dos habíamos recorrido un largo y penoso camino por almacenes, furgonetas y, finalmente, por el cielo transatlántico y nocturno para encontrarnos en esa noche de estrellas a ras de suelo. Su viaje era el mío y viceversa, como dos hermanos separados al nacer que se divisan desde trincheras contrarias y que, finalizada la guerra, se observan extrañados a unos metros de distancia, sucios y esperanzados.

Pagué al librero y salí a la calle. Piloto de guerra me ardía en la mano, quería escapar o quería llevarme a casa para hablar toda la noche. Me fui a casa y lo leí de un tirón. Ahora no lo tengo conmigo, pues descansa en su ciudad natal, Gavà, pero recuerdo aproximadamente un pasaje que me conmovió:

Saint-Exupéry evoca qué siente a los mandos de un avión de guerra y explica que su cuerpo, durante esos arriesgadísimos vuelos, dejaba de pertenecerle, se volatilizaba por el miedo a ser derribado. Antoine era sólo el discurso asustado de un puñado de neuronas en el espacio. Ya de noche, en la soledad de la litera, el autor se tocaba, poco a poco, en un rito narcisista -que repetí en la soledad de mi cama-, y recuperaba sus brazos, su estómago, su boca, se reconstruía del todo. Volvía a ser un hombre.

Hoy aparece la confesión del aviador alemán que derribó un Lightning P-38 frente a las costas de Córcega, en aquella mañana de julio de 1944, cuando el hombre Antoine se pulverizó, definitivamente, en estrella.

3 Comentarios

  1. Mari el 15 March, 2008

    Pues de vuelta a Gavà(Barcelona) me tienes que dejar ese libro :)

  2. fernando rodriguez el 30 October, 2008

    soy fernando de buenos aires argentina ,el libro de antonie “el principito” fue mi primer libro el cual marco mi vida realice para el colegio una especie de “continuacion” de este con la hipotecis de lo que pudo o no haber pasado con el principito. esperaba poder enviarcelos para tener su aprovacion y poder publicarlo.

  3. Luis Vassallo-Arbulú el 1 November, 2008

    Genio de genios. “Le Petit Prince” fue el libro favorito de James Dean, otro genio.