Últimas noticias del periodismo: Alfredo Jaar
Conocí a Alfredo Jaar en un curso de la Menéndez Pelayo en Santander, al estilo de Kurtz: una bala de diamante impactó en el centro de mi frente.
“Rechazo totalmente la etiqueta de arte político o artista político. Simplemente porque no hay nada que podamos hacer como artistas o productores culturales que no sea, de una forma u otra, esencialmente político. Siempre cito a Jean-Luc Godard, quien dijo que ‘podría ser verdad que tenemos que escoger entre ética y estética, pero también es verdad que cualquiera de las dos que escojamos, encontraremos siempre la otra al término del recorrido’. Nunca he considerado, como lo hace Kundera, el arte como ‘un territorio donde el juicio moral es suspendido’. Estoy convencido que cada decisión estética se acompaña de una decisión ética”.
En el primer día del curso recuerdo que le pregunté algo absurdo que, por otro lado, me preocupaba en ese momento, una especie de pensamiento mojigato y castrante: ¿No es hipócrita estar financiado por fundaciones y entidades que se enriquecen con los mismos problemas que usted denuncia en sus obras? Su respuesta fue educada y contenida -todo un mérito dada la sandez del interlocutor-, algo así como que le parecía una buena utilización del dinero y que, en todo caso, sus mecenas no eran traficantes de armas en sus ratos libres… Cerremos este ominoso aparte, sólo quería demostrar mi sinceridad.
Las preguntas que Jaar se hace en su trabajo son de una pertinencia inaplazable para la profesión, en mi opinión la más importante es: ¿cómo mostrar lo que no puede ser mostrado? Es decir, cómo comunicar la realidad del sufrimiento humano en un momento de saturación informativa como el actual en el que muchas veces el sufrimiento humano ya no nos perturba.
En Santander, Jaar nos contó que un día leyendo el periódico en Nueva York, se sorprendió con un breve de internacional que venía a decir algo como: miles de muertos en Ruanda en una jornada más, bla bla bla. Un breve. Jaar hizo las maletas.
“El Proyecto Ruanda cambió radicalmente mi forma de utilizar la fotografía. Me encontré presenciando y documentando la más horrible de las situaciones, que nunca había presenciado como ser humano. Volví a casa con miles de imágenes del horror. Y también sabiendo que no era posible mostrar aquel material. Sentía que no serviría de nada, porque creo que las personas han perdido su capacidad de ver y han perdido su capacidad de verse afectadas. Esto se debe al continuo e implacable bombardeo de imágenes que soportamos cada día y a que este fenómeno lo descontextualiza completamente todo. Así entendí que mi estrategia como artista que utiliza la fotografía tenía que cambiar radicalmente [...] Ésta es la razón por la que he sentido la necesidad de crear una puesta en escena para mis imágenes, un entorno donde puedan adquirir sentido y donde tal vez logren afectar al público”.
La seducción es la clave. Seducir al público con un inicio de reportaje desconcertante, con una sala a oscuras con un millón de diapositivas idénticas -una por cada víctima del genocidio ruandés-. Admitámoslo, vivimos en un mundo competitivo, lo digno o lo necesario de la información no nos va a traer al público.
Recomiendo especialmente a los que no conozcan a Jaar su Rwanda Project y Muxima, ambos accesibles en su página web.
“Mi trabajo se parece mucho al del periodista, pues acumulo todo tipo de informaciones, visuales u otras. Para mí, ir allá significa ser un testigo privilegiado, acercarme en lo posible a una realidad ajena, no sólo para acumular minuciosamente testimonios y hechos, sino también para expresar mi solidaridad y tender puentes entre realidades diferentes. Esta experiencia es inestimable y no hay absolutamente nada que pueda hacer luego, cuando estoy de vuelta en mi pequeño mundo privilegiado -un mundo casi ficticio en comparación con estas experiencias-, para igualar la profundidad de los sentimientos y la intensidad de las emociones vividas allá“.
