Plaga televisiva

I. La estupidez y el forofismo se han adueñado de las retransmisiones deportivas, como apuntó Enric González, uno de los generales más valiosos del bando real -de no ficción-. Más comentaristas que jugadores en el campo, publicidad encubierta, eslogans repetidos hasta la náusea, motes absurdos a los deportistas, parcialidad patriótica y prebélica. Cada partido es del siglo; cada canasta o gol, históricos.

II. El tenis, un deporte ejemplar en muchos aspectos, no se salva de la quema. Mientras en el All England Tennis Club se resisten a techar la pista central o a jugar con luz artificial -arcaico, sí-, aunque la lluvia o la noche puedan interrumpir uno de los mejores partidos de la historia, el comentarista de Cuatro se permite anunciar los servicios de Digital+ en mitad del juego, animar a los espectadores a gritar el maldito “po-deeeee-mos” en nuestras casas -como si no fuera un acto ridículo e, incluso, preocupante- o nos regala el oído durante toda la retransmisión con el ruido de un móvil que se acopla al micrófono. Profesionalidad intercalada por bloques de anuncios insufribles que empiezan cuando el jugador camina hacia su silla después de un juego y terminan cuando la pelota vuela en el primer saque del juego siguiente. Se acabó el ver las caras de cansancio o de concentración, si comen un plátano o se beben una botella de líquido verde, las disputas con el juez de silla…

III. La plaga parece haberse extendido a otros terrenos como el musical. El domingo por la noche terminó el Rock In Rio, un festival más con grandes nombres, pero convertido en histórico gracias a que la cobertura de Televisión Española es lo más estúpido, zafio y penoso que he visto en mi vida. Toni Garrido, al mando de un equipo que era incapaz de teclear sin faltas de ortografía las canciones de Dylan -thumbs tom blues [sic]- y demás artistas, debe ser el ignorante más atrevido que haya escuchado jamás.

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