Central nuclear siria: los norcoreanos y Espada (IV)

Ayer fue un gran día. Lo pasé trabajando en esto y hoy Arcadi Espada lo ha publicado en su blog. Voy a seguir el asunto de la central nuclear siria porque creo que -en un plano formal- el experimento encierra y explica lo que le está pasando al mundo y a la profesión por culpa de una conexión de banda ancha.

Central nuclear siria: ¡extra! ¡extra! (III)

Vamos a ver qué ocurre después de este anuncio.

Muerte de un fotógrafo

Muerte de un fotógrafo.

Últimas noticias del periodismo: tres rapiditas

1. Cómo desperdiciar una entrevista a Seymour Hersh por culpa del nuevo formato gastronómico de El País y la ineptitud/delirios de originalidad de la periodista light.

2. Las ediciones digitales de los dos principales diarios españoles a las 0.47 horas de esta madrugada:

3. Esta nueva campaña de RSF me produce sentimientos encontrados:

Central nuclear siria: las imágenes satélite (II)

El reportaje de Hersh es impresionante. Tengo que admitir que este asunto se me va de las manos por momentos.

Hoy quiero hablar de las fotografías por satélite que, leído lo leído, son una pieza clave y han servido para apuntalar la historia oficial del ataque a Siria y crear un fuerte consenso en torno a ella: la existencia de una central nuclear en construcción en Siria -con la ayuda de Corea del Norte- con fines militares y el posterior bombardeo de la misma por parte de las fuerzas aéreas israelíes para desactivar la amenaza.

Según Hersh, “la fotografía [arriba a la izquierda] fue tomada por una empresa comercial de satélites, DigitalGlobe, de Longmont (Colorado), el 10 de agosto, cuatro semanas antes del bombardeo, y mostraba un edificio cuadrado y cerca una estación de suministro de agua. En un análisis realizado en ese momento, David Albright del Instituto para la Ciencia y la Seguridad Internacional, un físico que fue inspector de armas en Irak, concluyó que ese edificio, visto desde el espacio, tenía, a grandes rasgos, la misma longitud y amplitud que el reactor de Yongbyon en Corea del Norte”.

Vayamos por partes:

1. DigitalGlobe es una de las empresa que Google Earth contrata para abastecerse de imágenes satélite, de hecho, las imágenes que Albright analizó son las mismas -más el desfase- que uno puede observar hoy de la zona y las mismas que yo consulté en octubre pasado cuando empecé con esto. Hersh afirma más adelante “el satélite de DigitalGlobe es de alquiler, cualquier puede encargar fotografiar coordenadas concretas, un proceso que puede costar desde cientos de dólares hasta cientos de miles de dólares. La compañía sube los resultados de la petición a su página web, pero no revela la identidad del cliente. En cinco ocasiones entre el 5 y el 27 de agosto del año pasado -antes del ataque israelí- DigitalGlobe fue pagada para tomar imágenes del edificio bombardeado en Siria. Claramente, cualquiera que encargara esas imágenes tenía alguna implicación en los planes de ataque. El 60% del negocio de DigitalGlobe es con el gobierno de los Estados Unidos, pero esos contratos son para trabajo desclasificado, tales como hacer mapas. El gobierno tiene sus propios satélites militares y de inteligencia [...] que podrían haber obtenido versiones muy superiores del objetivo. Israel tiene al menos dos sistemas militares de satélites, pero, según Allen Thomson, un exanalista de la CIA, el satélite de DigitalGlobe tiene ventajas [sobre los sistemas israelíes] para el reconocimiento, haciendo de Israel un cliente lógico [del encargo anterior al ataque]“. Sí, amigos, GoogleEarth es sólo una aplicación civil de algún juguete bélico.

2. El analista Albright aduce el parecido del edifico con el de la central norcoreana de Yongbyon. He aquí algunas imágenes que capté en octubre pasado de la central de Yongbyon. Por orden, los reactores IRT, de 5MW y de 50MW:

El aplomo de Albright es rebatido por otros en el reportaje de Hersh:

Mohamed El-Baradei, director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, manifestó en su día que “nuestros expertos que han analizado cuidadosamente las imágenes de satélite dicen que es improbable que ese edificio fuera un complejo nuclear”.

Un antiguo experto en inteligencia del Departamento de Estado norteamericano dice “no hay seguridad alrededor del edificio, no hay barracones del ejército ni para los trabajadores. No hay un complejo asociado”.

Jeffrey Lewis, que dirige el programa de no proliferación de New America Foundation, un think tank de Washington, le dice a Hersh que “aunque el ancho y el largo del edificio es similar al sitio coreano, su altura no es suficiente para contener un reactor del tamaño del de Yongbyon [...] en las imágenes no hay evidencias de construcciones bajo tierra. Todo lo que se ve es una caja. No se puede ver lo suficiente como para saber cuán grande va a ser o qué va a ser. Es sólo una caja”.

La lista de escépticos es larga.

Anyway, creo haber aprendido lo suficiente del asunto. Mañana, para quedarme a gusto hablaré de rumores, interpretaciones y conspiraciones.

Central nuclear siria (I)

El 27 de octubre pasado, una noticia llamó mi atención. En ella se afirmaba que la aviación israelí había borrado del mapa una planta nuclear siria cercana al río Éufrates y al poblado de At Tibnah. Se mostraba como prueba unas “fotografías tomadas desde un satélite y hechas públicas por los servicios secretos de Estados Unidos”:

La curiosidad fue en aumento y con las coordenadas ofrecidas por la periodista, “en una zona desértica al este de Siria, cerca del pueblo de At Tibnah, a menos de 150 kilómetros de la frontera con Irak y a poco más de 800 metros del Éufrates”, me lancé al Google Earth y encontré esto:

Tras el hallazgo, me sobrevinieron unas graves cuestiones acerca de la profesión que volqué, a falta de blog propio, en las correspondencias de Arcadi Espada. La central seguía en pie 53 días después del supuesto bombardeo del 6 de septiembre. La opción más plausible para explicar que todavía “existiera” fue y sigue siendo un desfase en la toma de imágenes de Google Earth.

Hoy, rebuscando en mis carpetas de detective frustrado, me he topado con la historia y he vuelto a At Tibnah:

Ahí sigue, pero juguemos a la diferencias y obtengamos algunas conclusiones:

1. Los puntos naranja que se ven sobre el edificio pertenecen a un servicio de Google Earth que permite a sus usuarios aportar información sobre cualquier punto del planeta. En este caso, la contextualización viene de este blog, un impresionante observatorio sobre Corea del Norte, en el que se comenta el asunto del bombardeo. El hecho de que aparezcan estos puntos norcoreanos en Siria no concluye que la central la fabricara Kim Jong-Il, simplemente, que ese lugar ha sido relacionado con Corea del Norte.

2. El servicio de información de Google Earth me depara más sorpresas: Seymour Hersh, el periodista del New Yorker que destapó la matanza de My Lai en Vietnam, ha seguido el caso, así como el Institute for Sciencie and International Security que dedica varios informes a analizar las imágenes por satélite.

3. En las imágenes de la noticia original se puede observar un edificio blanco en forma de L invertida que no aparecía en mi excursión de octubre pasado pero sí en la de esta mañana. Conspiraciones al margen, se me ocurre que el desfase de Google Earth se va ajustando al día del bombardeo y que en cualquier momento el complejo aparecerá limpio de polvo y paja.

4. El color de la tierra es prácticamente idéntico en la imagen original publicada por el diario y en la de hoy. Me atrevo a más, en la foto que yo tomé octubre se intuyen unas áreas de vegetación alrededor del complejo que ya han desaparecido. Esto vendría a reforzar la conclusión 3.

5. La nitidez del enfoque en la zona ha mejorado considerablemente.

6. Esta precisión abrumadora a la que puedo acceder desde mi habitación me hace pensar que el periodismo -y también la inteligencia militar- siguen en cueros ante el avance de internet.

Prometo seguir informando…

Bil’in en el agujero de la Historia

Comparto curiosidad estos días con mi compañero de letras y viajes por la región más al este del Mediterráneo. También por leer, de vez en cuando, el Haaretz, en el que uno encuentra anuncios como éste:

Pero no quería de hablar de anuncios sionistas en internet, sino de un reportaje de hace dos noches en Documentos TV, Defiendo mi tierra, acerca de un pueblo palestino llamado Bil’in donde nativos e israelíes se manifestaban juntos de manera pacífica contra la construcción del muro de separación. El paisaje me resultó familiar: olivos -fuente de vida-, rocas grisáceas desperdigadas y plantas enanas de esas que parecen crecer lo justo para que uno pueda divisar el mar cercano. El Mediterráneo, claro.

El relato venía jalonado por escenas violentísimas, injusticias milenarias, tentativas de asesinato -de soldados israelíes a civiles-, pero también de pruebas de compañerismo y de valentía por encima de raza y religión, de esperanza a prueba de balas como semillas de un futuro deseado: esa venía a ser la tesis… Un futuro en el que cuesta creer después de ver esto:

Últimas noticias del periodismo: Alfredo Jaar

Conocí a Alfredo Jaar en un curso de la Menéndez Pelayo en Santander, al estilo de Kurtz: una bala de diamante impactó en el centro de mi frente.

“Rechazo totalmente la etiqueta de arte político o artista político. Simplemente porque no hay nada que podamos hacer como artistas o productores culturales que no sea, de una forma u otra, esencialmente político. Siempre cito a Jean-Luc Godard, quien dijo que ‘podría ser verdad que tenemos que escoger entre ética y estética, pero también es verdad que cualquiera de las dos que escojamos, encontraremos siempre la otra al término del recorrido’. Nunca he considerado, como lo hace Kundera, el arte como ‘un territorio donde el juicio moral es suspendido’. Estoy convencido que cada decisión estética se acompaña de una decisión ética”.

En el primer día del curso recuerdo que le pregunté algo absurdo que, por otro lado, me preocupaba en ese momento, una especie de pensamiento mojigato y castrante: ¿No es hipócrita estar financiado por fundaciones y entidades que se enriquecen con los mismos problemas que usted denuncia en sus obras? Su respuesta fue educada y contenida -todo un mérito dada la sandez del interlocutor-, algo así como que le parecía una buena utilización del dinero y que, en todo caso, sus mecenas no eran traficantes de armas en sus ratos libres… Cerremos este ominoso aparte, sólo quería demostrar mi sinceridad.

Las preguntas que Jaar se hace en su trabajo son de una pertinencia inaplazable para la profesión, en mi opinión la más importante es: ¿cómo mostrar lo que no puede ser mostrado? Es decir, cómo comunicar la realidad del sufrimiento humano en un momento de saturación informativa como el actual en el que muchas veces el sufrimiento humano ya no nos perturba.

En Santander, Jaar nos contó que un día leyendo el periódico en Nueva York, se sorprendió con un breve de internacional que venía a decir algo como: miles de muertos en Ruanda en una jornada más, bla bla bla. Un breve. Jaar hizo las maletas.

“El Proyecto Ruanda cambió radicalmente mi forma de utilizar la fotografía. Me encontré presenciando y documentando la más horrible de las situaciones, que nunca había presenciado como ser humano. Volví a casa con miles de imágenes del horror. Y también sabiendo que no era posible mostrar aquel material. Sentía que no serviría de nada, porque creo que las personas han perdido su capacidad de ver y han perdido su capacidad de verse afectadas. Esto se debe al continuo e implacable bombardeo de imágenes que soportamos cada día y a que este fenómeno lo descontextualiza completamente todo. Así entendí que mi estrategia como artista que utiliza la fotografía tenía que cambiar radicalmente [...] Ésta es la razón por la que he sentido la necesidad de crear una puesta en escena para mis imágenes, un entorno donde puedan adquirir sentido y donde tal vez logren afectar al público”.

La seducción es la clave. Seducir al público con un inicio de reportaje desconcertante, con una sala a oscuras con un millón de diapositivas idénticas -una por cada víctima del genocidio ruandés-. Admitámoslo, vivimos en un mundo competitivo, lo digno o lo necesario de la información no nos va a traer al público.

Recomiendo especialmente a los que no conozcan a Jaar su Rwanda Project y Muxima, ambos accesibles en su página web.

“Mi trabajo se parece mucho al del periodista, pues acumulo todo tipo de informaciones, visuales u otras. Para mí, ir allá significa ser un testigo privilegiado, acercarme en lo posible a una realidad ajena, no sólo para acumular minuciosamente testimonios y hechos, sino también para expresar mi solidaridad y tender puentes entre realidades diferentes. Esta experiencia es inestimable y no hay absolutamente nada que pueda hacer luego, cuando estoy de vuelta en mi pequeño mundo privilegiado -un mundo casi ficticio en comparación con estas experiencias-, para igualar la profundidad de los sentimientos y la intensidad de las emociones vividas allá“.

Oliver Stone sin frenos

Quiero inaugurar esta categoría de impostores -que faltan flagrantemente a la verdad, se entiende- con Oliver Stone, un maestro del maltrato histórico, que se ha hecho rico con su maniqueísmo y fuerte en sus limitaciones intelectuales. No faltaría más: tiene batallones de admiradores afectados por un imperturbable romanticismo fascista y una fe en la conspiración y en la trampa que los convierte en agentes dobles de sí mismos. Algunos de ellos son del club de “para qué acudir a los hechos si ya hay una película” y cuando las cosas se ponen feas, también del “yo por las buenas, bien, pero por las malas…” y arengas por el estilo.

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Stone es el perfecto azote orgánico del poder, es decir, el que da la palmadita a tiempo para que el bebé no se ahogue. A escala educativa primaria es la síntesis del chivato y el abusón.

En sus ratos de ocio, bebe, se fuma un canuto y conduce por Sunset Boulevard porque él es el síndrome de Vietnam hecho carne y eso le ha dado carta blanca en la vida y en el arte. Su impunidad diplomática y moral le permitió, en un par de ocasiones, pasar el fin de semana en La Habana con Fidel Castro. Un tiempo antes se dejó bigote para no desentonar y un tiempo después parió dos documentales que son el Franco, ese hombre a la caribeña. La Corte Penal Internacional no se ha pronunciado por el momento.

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Una observación ligera de su incontenible filmografía arroja un saldo desolador. Stone ha pasado por la trituradora a Kennedy, Nixon, Alejandro Magno, la guerra de El Salvador, Los Doors, Larry Flint, los intríngulis de Wall Street, Vietnam desde múltiples ángulos obtusos -prepara una nueva cinta sobre la matanza de My Lai- y están en fase de desollado las vidas de Pablo Escobar y George W. Bush -ésta última promete hacerla imparcial-… No cabe duda de que Stone tiene olfato para la carnaza. El Departamento de Estado debería condecorarle por haber embarullado hasta un punto de no retorno la realidad histórica de todos los pecados mayores de la política norteamericana en el extranjero y en suelo propio, purificados en la hoguera de mentiras que son sus películas.

Por culpa de su JFK, película-río que ví a tierna edad cerebral, pasé largo tiempo pensando que todo era una mentira, mientras hacía dibujitos en clase de la plaza Dealey y la maldita bala zigzagueante. Tuve pesadillas con Lee Harvey Oswald.

Se preguntarán a qué viene tanta pasión por el impostor. Bien, el latigazo de lucidez me sobrevino ayer, cuando acabé de ver Expreso de medianoche (Alan Parker, 1978) y descubrí: 1. que Stone era el guionista, y 2. que nada de lo que sostiene la columna vertebral de la película “basada en hechos reales” es cierto.

Más cerca de la derrota

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La derrota se acerca cada día más, aunque hoy, 3 de abril, los emboscados han avanzado lo suyo. Resulta que es noticia que a Chávez le han crecido orejas de Mickey Mouse y que Bush ha dicho que Sarkozy es la reencarnación de Elvis Presley. Las dos memeces han tenido su público y su polémica, lo cual hace pensar que la raza y el periodismo caminarán hacia la extinción en medio de la más desoladora estupidez.

Ah, un minuto para los intrincados caminos del ser humano.

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