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La cebra muerta

zebra

Bajábamos el camino del parque de Hell’s Gate, con el cielo a punto de romperse y, al doblar una curva, una cebra muerta. Me acerqué a ella, al olor y a las moscas. Mi hipótesis: se rompió una pata al cruzar la pista y murió. Luego llegaron los carroñeros. Si hubiera sido presa de un león, estaría completamente devorada y no nos hubieran dejado entrar al parque en bicicleta tan alegremente.

El asunto disparó mi imaginación. ¿Qué haría si apareciera un león?

1. Gritaría como un loco, agitando los brazos, para asustarlo.
2. Me quedaría quieto.
3. Escaparía con la bici todo lo rápido que pudiera.

En mi cabeza, al final de las tres opciones, el león me devoraba. Es lo que tiene el instinto de supervivencia, que no te deja tranquilo hasta que consigues salvar el pellejo. Me tranquilizo pensar que morir en las fauces de un león en África era algo bastante romántico.

Luego la cosa pasó a mayores. Empecé a darle vueltas a la muerte que yo he visto en este pedazo del mundo. Mientras pedaleaba bajo una cortina de agua me acordé del hombre atropellado por el tren en Kampala, de los dos ladrones acribillados en una zanja en Nairobi y de la cebra. He visto más muertos, los que están a punto de serlo. Esos son los que realmente impresionan.

Enfrentarse al contacto con la muerte -cuando uno viene de un lugar de donde ha sido desterrada- es una de las lecciones de vida más grandes que uno se puede llevar de aquí.

Por cierto, ayer volvía de jugar al fútbol en un instituto de las afueras de Nairobi. La tierra roja africana escuece igual cuando te caes y te pelas media pierna. Mezclada con sudor parece sangre. Al llegar a casa, me asusté un segundo cuando me vi la frente. Era sólo barro.

P.D.: Mañana salgo hacia Uganda, Ruanda y Congo. Quiero viajar todo lo ligero de equipaje posible y no me llevaré el portátil. Escribiré cada vez que pueda: se aceptan sugerencias.

Un abrazo a todos.

El lamento del turista

el espejo

África sólo puede ser explicada en términos de contradicción. Kibera y su campo de golf me lo enseñaron el primer día y, desde entonces, la lógica aplastante y cristalina de ver una cosa y su contraria conviviendo juntas no me ha abandonado.

La mayoría de la población de Kenia o Uganda no vive en la contradicción. Vive en la pobreza o, con un poco más de suerte, a las puertas de ella. Son los consecuentes a la fuerza, fieles (con los dientes apretados) a un estado de las cosas.

Los consecuentes querrían tener el privilegio de los turistas del espejo -ya saben, Lewis Carroll, el viaje de Alicia, una realidad y otra, etc.-, los que creemos jugar a la rayuela con el ying y el yang y luego vamos contándolo por ahí. Hay que tener claro porqué uno pertenece a esta categoría, de lo contrario, puede sorprenderse comiéndose el sueldo de un mes de su taxista en una sola cena de carne y vino, hablando del bien y del mal. Se puede hacer una cosa o la otra, pero juntas suponen la expulsión del club.

Ser un turista del espejo implica vivir la contradicción africana a fondo, disfrutarla todo lo posible (cada lado a su manera) y aguantar el tirón y las heridas sin quejarse, por respeto a los consecuentes. Decir gilipolleces o dar lecciones está desaconsejado para la supervivencia  en el grupo.

Llega la última categoría, la de los invisibles. Ayer estaba viendo Los Soprano y Meadow, la hija de Tony, decía que algunos pollos criados en Estados Unidos nunca pisan la tierra, en una nueva evolución alucinada que va de la incubadora al filete en el plato.

Los invisibles tampoco pisan la tierra, sólo la atraviesan en fortalezas con tracción a las cuatro ruedas y cristales tintados para ir de una isla a otra, a sus militarizados trabajos, restaurantes o casas de siempre. Son consecuentes a su manera y más fieles que nadie al estado de las cosas. Son también silenciosos y, de vez en cuando, incorporan a algún turista del espejo que se ha rendido, que mentía o que ya está demasiado cansado de jugar a la rayuela.

Un encuentro entre consecuentes e invisibles es altamente improbable (y desagradable). Los turistas suelen actuar como mensajeros, explican a unos lo que han visto en el mundo de los otros y viceversa. Como la letra de Leonard Cohen “los ricos tienen sus televisiones en los dormitorios de los pobres”.

A veces, los turistas del espejo se reúnen en pequeños grupos, de miembros fiables y contrastados. Nada será filtrado de la conversación entre ellos. Entonces, llega el lamento y la duda existencial: ¿realmente existimos, los turistas del espejo?

P.D.: La foto de arriba, en el parque de Nakuru; un espejo, dos direcciones.

Dos niños felices en Kibera

Las horas antes de entrar a Kibera son desagradables. Me pasa con muchas cosas, que antes de hacerlas, las odio. Estoy de mal humor y llega el silencio, pero luego me siento extrañamente bien. Viajar y escribir tienen algo de eso, muchas veces. ¿Qué hago yo aquí?

Así estaba yo hace dos domingos, jodido e intranquilo, con una bolsa de plástico llena de regalos para los dos hijos de Nehemiah, mi amigo/guía en Kibera. Se puede ir solo, pero con él, uno traspasa la postal del infierno.

Laura y Carlota me acompañaron. Faltaban Fernando y Juana, mis padres, que fueron los que compraron las camisetas de fútbol, las golosinas y los balones. Hubieran disfrutado de la mañana. Nunca pensé que lo de correo cobraría tanto sentido: a veces, reparto palabras que se pierden en el aire y, otras, balones a niños que están acostumbrados a chutar latas. No maten al mensajero.

Lo que ocurrió al entregar los regalos no necesita explicación, fue sencillo y auténtico. Nixon hizo un amago de comerse todas las golosinas de golpe, pero pudimos convencerle.

Una escena: caminábamos de vuelta por la vía que los habitantes de Kibera han arrancado para protestar por la toma de la isla de Migingo por parte del ejército ugandés. Los trenes de mercancías a Uganda pasan por aquí y, por lo visto, se puede ser patriota de un país que no se preocupa porque vivas en la más absoluta miseria. Caminábamos, decía, por la vía destruida. Al fondo, en un campo de fútbol, Dennis y sus amigos estaban gastando la pelota. Yo estaba parado mirando el cielo lleno de nubes y esperando a que, por fin, Dennis diera algún toque especial al balón. Lo dio y fue gol. Levantó las manos, me miró y yo levanté las manos. Todo encajaba como en alguna mala película de sobremesa, con su falsa moralina sobre el éxito y la redención. Me quedé mirando a Dennis con los brazos abiertos, sonriendo, sin banda sonora, ni aplausos. Un destello de felicidad me atravesó el pecho.

Welcome to the paradise

El tiempo en el vagón restaurante del tren Nairobi-Mombasa sólo ha pasado para la vajilla y los asientos acolchados. Los camareros uniformados hacen malabares con las bandejas a cada frenazo y, mientras, los pasajeros se aprietan en mesas de a cuatro y hablan trivialidades de forma diplomática. Todo discurre en la más exquisita decadencia. La noche africana, siempre generosa con los soñadores, desfila por la ventana y uno siente estar instalado -y lo está- en una perfecta anomalía sentimental para nostálgicos con 3.000 chelines en el bolsillo.

La serpiente de hierro se lanza hacia la costa del Índico a una velocidad insultantemente lenta.

Al entrar, ya por la mañana, en los arrabales de Mombasa, las vistas de gigantescos vertederos donde un ejército de sin nombre saluda con los pies hundidos en la mierda, borran de un plumazo todo romanticismo. Esto es África, me digo, donde la felicidad y la tristeza te hacen besar la lona varias veces cada día.

Unas horas de polvo del camino, escoltas armados dentro del autobús para proteger al pasaje de unos bandidos invisibles, baobabs gigantes como dioses griegos y una pequeña lancha por los manglares son algunas postales del camino Mombasa-Malindi-Lamu.

Ya en Lamu, el sol se va y la ventana del hotel me devuelve un autorretrato que no puedo dejar escapar. De la calle sube el aroma inconfundible de los lugares pacíficos donde corros de mujeres se funden con el anochecer y los niños saltan al mar desde el muelle sin toque de queda para volver a casa.

Welcome to the paradise, me dirá un paisano cuando salga de cortarme el pelo en una callejuela de Lamu, en mi último día en la isla. No es muy común despedirse con una bienvenida, pero le perdono todo a las gentes del paraíso de las sonrisas, las langostas baratas y los paseos en dhow con capitanes filósofos.

Un lugar para curarse.

La gran aventura africana

En estos días de ocultación, me he perdido en lugares lejanos donde, por ejemplo, los pastores masai vigilan, solitarios, sus rebaños; con una lanza como una única defensa contra los leones que acechan.

Los blancos vamos en furgonetas con el techo descubierto y lanzamos saludos a los masai. Durante un segundo, las miradas del masai y del blanco se cruzan y todos los siglos, los inventos y las armas que nos separan quedan pulverizadas. Al final, me digo, sólo somos dos hombres que tratan de reconocerse.

En la reserva de Masai Mara es fácil imaginar cómo era África antes de que llegara el hombre blanco y arrasara con todo. En la tierra, los animales se dejan fotografiar con toda naturalidad, acostumbrados a los atascos de jeeps y furgonetas llenas de turistas.

Pronto me dejo llevar por un cielo inconquistable e hipnótico que jamás había visto y me vuelvo loco haciéndole fotos a cada momento. Las jirafas se acercan y nos miran con una elegancia que nunca nadie sabrá descifrar. Las cebras -negras con rayas blancas para los africanos, blancas con rayas negras para los mzungus como yo- escapan en desbandada ante el ruido del motor.

He vuelto.