Ayer llegué a Nairobi con la sensación de volver a casa. Una cena con las personas adecuadas siempre será lo más parecido a un lugar llamado “hogar” y, aunque nunca he levantado una bandera, no me importaría convertirme en un patriota de una mesa y cuatro amigos con mucho que contar.
Paolo, Angelica, Carlota y yo en el restaurante Mediterráneo. Penne al gorgonzola e rúcola. Pizza Quattro Stagioni. Tusker Malt bien frías. Un poco de norte de Uganda, de Congo, de las últimas novedades en la noche nairobita que recibió, mientras cenábamos, el primer diluvio de la temporada. Algun día escribiré todas las declaraciones de amor que, en contacto con el vino tinto y el aceite de oliva, le he dedicado a Italia y al resto de pueblos del mar que me vio nacer. Solo diré que parezco un Ulises enloquecido por el canto de las sirenas.
Afuera en la noche, los askaris soportan el chaparrón bajo sus capas de plástico, con sus fusiles oxidados y viejos, como estatuas de una madera noble y oscura que alguna vez existió, clavadas en esta tierra mucho antes de que la fortaleza de cemento llamada ciudad las asediara y engulliera, y que parecen vigilar cada rincón con un cansancio de mil años.
Esta mañana, camino del desayuno, por una calle apacible del barrio de Westlands donde Carlota me ha acogido, con ese aroma idéntico en todas partes que nace del contacto entre la tierra y la lluvia, he escuchado una ráfaga de tiros por primera vez en mi vida. Quiero decir que muchas veces he creído oír disparos, pero hoy, he sabido que eran de verdad. Al final de la calle, dos policías corriendo con sus AK47, abriendo fuego como posesos contra alguien, fuera de mi encuadre. He dejado pasar unos segundos, hablando con dos guardas de una urbanización que parecían entretenidos con el asunto.
En el lugar del tiroteo varios coches de seguridad privada y dos policías con su botín: una cartera y dos móviles. De los ladrones, ni rastro. Los policías y los vigilantes en torno a un arcén en curva, con una zanja a la que no he podido acercarme y en la que he imaginado dos cuerpos acribillados. Nadie ha podido darme razón de lo sucedido y me he ido de allí pensando en la zanja, en si estaría en lo cierto o no, en el maldito agujero donde acaban todos los que vienen a robar una mísera cartera y dos móviles anticuados a estos barrios de ricos con sus vallas electrificadas e inteligentes, sus askaris con fusiles de asalto y esta paz traicionera de calle mojada por la lluvia, camino de un desayuno continental.

