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Estampas de Mugunga

El paraíso aparece punteado por cabañas blancas y miles de personas en un limbo de pesadilla. Al fondo, el cono perfecto del volcán Nyiragongo envuelto en nubes, preside unas colinas de verde esmeralda y tierra negra. A la vuelta de una loma, el lago Kivu; el único que devuelve calma a cada vistazo.

En el campo de refugiados de Mugunga I (hay II y III), a unos ocho kilómetros de Goma, la vida discurre aplastada en el suelo por una ley de la gravedad multiplicada. El que no la aguanta, se queda tirado. Saltar o correr está reservado a los niños que no entienden mucho o ya han dejado de preguntarse si la vida es esto. También hay niños que ni saltan, ni corren.

Mugunga

“Un campo de refugiados, creéme, es una aberración, el sótano de la aventura humana. La existencia de un solo refugiado prescribe la necesidad de revocar la historia y degradar a los líderes del mundo. No puede haber empeño más honrado”. Gonzalo Sánchez-Terán.

El paso de Gisenyi

gisenyi_goma

Llegamos a Gisenyi, el último pueblo de Ruanda antes de entrar en Congo. Una explanada de piedras, el verde tropical y personas por todas partes son el atrezzo de una frontera que ha visto mucho. Niños y mutilados piden algo al único mzungu del lugar. Goma, con sus techos de chapa y sus aviones blancos de UN como corona, se aparece al fondo.

Bajo el volcán

Bukavu

El día amanece sobre los caminos desiertos y embarrados de Goma. Ha llovido toda la noche y una neblina baja separa la tierra negra de un cielo nublado y amenazante. En el puerto, a orillas del lago Kivu, los pasajeros del VR Mugote se apiñan contra una verja y discuten con un hombre malhumorado que se niega a abrirla. El puerto de Goma está en huelga y los estibadores controlan los muelles. Hay peleas y empujones. En un rincón, espero de pie, con la certeza de saber que, como siempre, todo va a salir bien.

Zarpa el Mugote con su bandera del Congo en lo alto y sus motores cansados, pero fiables. Algunas casas del barrio de la Corniche se recortan en la orilla que se aleja. En la tele del barco pasan un documental de la erupción del Nyaragongo y de un vulcanólogo italiano que se pasó años estudiando al cono negro que domina Goma y que tengo a mi espalda. Es un hombre de pelo canoso y revuelto, una especie de artista loco de la ceniza y la lava. Un capitán Ahab de los volcanes.

Intento pensar varias veces durante el crucero en mi lugar físico sobre el mapa. Me da la sensación de estar en el lugar más remoto y bello del mundo. Nunca habías llegado tan lejos, me digo. Los habitantes de las islas se acercan al Mugote y la tripulación lanza bidones de gasolina al agua que, previamente, alguien ha pagado en Goma. Saludan y celebran la llegada del combustible.

Sobre la cubierta, una tertulia de hombres liderada por un oficial congoleño de dos metros, se refugia en la proa, entre pavos, gallinas y maletas. Una mujer forrada de joyas de oro duerme una larga siesta sobre una silla de plástico.

Bukavu aparece al fondo del lago. Me recuerda a Mónaco y pienso que tienen tanto en común que podrían ser la misma ciudad. La fiebre del dinero, los edificios que se precipitan al agua. Me pregunto cuántas mansiones de Mónaco se habrán construido con la riqueza que le falta a Bukavu, por esas conexiones infinitas y aberrantes que sustentan las finanzas internacionales. Coltan, diamantes, fajos de dólares en unas calles llenas de agujeros, empresas de nombres nada sutiles: Minerales del Kivu Sur, por ejemplo.

Por la noche, en el hotel Orquidee y con unas cervezas Tembo -la mejor que he probado en Ãfrica- de por medio, un madrileño con muchos kilómetros encima me contará sus aventuras de médico en Somalia, Marruecos, la Ruanda del genocidio… Es otro Ahab en este continente donde todo el mundo anda a la búsqueda de algo luminoso y definitivo.

Mugunga

El paraíso aparece punteado por cabañas blancas y miles de personas en un limbo de pesadilla. Al fondo, el cono perfecto del volcán Nyiragongo envuelto en nubes, preside unas colinas de verde esmeralda y tierra negra. A la vuelta de una loma, el lago Kivu; el único que devuelve calma a cada vistazo.

En el campo de refugiados de Mugunga I (hay II y III), a unos ocho kilómetros de Goma, la vida discurre aplastada en el suelo por una ley de la gravedad multiplicada. El que no la aguanta, se queda tirado. Saltar o correr está reservado a los niños que no entienden mucho o ya han dejado de preguntarse si la vida es esto. También hay niños que ni saltan, ni corren.

Las mujeres hacen colas interminables en los cobertizos de distribución de ayuda -cuatro pastillas azules de jabón son el premio de hoy- y me miran como si fuera un extraterrestre. De hecho, podría serlo. Millones de kilómetros sentimentales me separan de mi casa, que en nada se parece a este dolor a cielo abierto.

Pero Mugunga está en el mundo y ese es el crimen. El abuelo que remienda una bota a dos metros de mí, enroscado en sí mismo, podría haber sido mi abuelo; que sabía tratar bien al calzado. El motivo por el cual ese hombre no es mi abuelo es demasiado miserable para acabar la dignidad de este párrafo.

Me acerco a una cola y le pido a Amadi, mi guía exfutbolista, que hable con la última de la fila. Se llama Julienne Kisata, tiene 42 años y un bebé a la espalda. Dos diminutos tatuajes adornan sus mejillas bajo unos ojos inyectados en sangre. Lleva dos años viviendo aquí -730 días- y huyó de la aldea de Sake por los ataques del FDLR (Frente Democrático para la Liberación de Ruanda), la milicia hutu liderada por algunos genocidas del 94 y demás perros de la guerra. El fin de semana pasado asesinaron a 60 personas en la aldea de Ekingi, a menos de 100 kilómetros de aquí; sin que el mundo se parara por un segundo. Me despido de Julienne, rodeado por un corro de personas que ha seguido la entrevista en absoluto silencio y respeto.

Nos metemos por entre las cabañas de paja y techo plástico de las bolsas de ayuda humanitaria –una expresión que encierra todo un océano de hipocresía-. Entrevistamos a familias con 11 hijos, con 4 hijos; a una anciana de 39 años que lava la ropa sobre una piedra. Le digo a Amadi que ya es suficiente –sé que nunca lo es-, que nos vamos.

Enfilamos hacia la salida. En plena pelea conmigo mismo, me pregunto si valgo para esto, para entrar y salir de la vida de los demás como un extraño en el momento más insoportable de sus vidas, repetido cada día hasta la locura. Puedo ver en sus ojos la vergüenza que sienten por mi presencia, una especie de culpabilidad por el estado en el que viven. Esa manera de atusarse el pelo antes de la foto o formar a los hijos para que salga bien el retrato de familia es lo que me destroza: ‘todavía somos humanos’, parecen decirme.

Una mujer llamada Bahani me agarra por el brazo y me empieza a contar algo en kiswahili. Amadi me traduce que las autoridades del campo les han prohibido destilar el alcohol local llamado mutobe –del plátano-. Sin él pierden ingresos imprescindibles para sobrevivir. Me pide que haga algo, que me queje. Le respondo que sólo puedo contarlo. Le parece bien y me da las gracias. Yo también le doy las gracias. Bahani me ha puesto en mi lugar, justo cuanto todos los motivos estaban huyendo en desbandada. Contarlo es fácil cuando son ellos los que tienen que vivirlo: ¿de qué coño me quejo?

Ya fuera del campo, siento que las historias de Mugunga se me han escapado como arena entre las manos. ‘Un millón de historias’, le digo a Amadi. ‘Sí, un millón de historias’, responde.

De vuelta a Goma, en la carretera interminable, adelantamos a un niño con un solo patín en el pie izquierdo. El derecho, desnudo, lo aprieta contra el asfalto, para coger impulso hacia ningún lugar.

El engranaje

Una noche, en mi añorada Bodegueta, me puse a divagar sobre el mundo. Dije algo parecido a que el sistema funciona como un reloj. En su interior, todos los engranajes cumplen una función, pero sólo uno es imprescindible. Sin él, el mecanismo se detiene y el reloj deja de dar la hora. Dije también que yo quería ver con mis propios ojos ese engranaje que mueve el mundo y creo haberlo conseguido en este lugar llamado Goma, donde la realidad del sistema se presenta cristalina y te atraviesa el pecho y la mirada.

No hay dobleces: este desastre humano es el engranaje y Goma, sólo un diente más.

Voy camino del cuartel general de la MONUC (Misión de las Naciones Unidas para el Congo). Es una carretera recta, en paralelo al aeropuerto. A un lado, cientos de personas se apiñan en los arcenes. Una lluvia fina convierte la tierra volcánica en barro negro, la mierda en pequeños riachuelos. Hay grupos de niños descalzos y abandonados moviéndose de un lado a otro o quietos bajo el chaparrón; mujeres con un bebé a la espalda, una bolsa en cada mano y un cargamento extra en equilibrio sobre la cabeza; jóvenes con sus moto-taxi esperando clientes, camiones gigantes de UN que apenas caben en una carretera lunar. Pequeños fogones o montones de basura ardiendo aderezan un olor caótico.

Al otro lado, apenas a doscientos metros, un avión gigante de carga aterriza sobre Goma y la tierra parece temblar. En medio de todo, estoy yo, incapaz de pensar, incapaz de asimilar todas las fotos que nunca haré. Superado.

Me cuelgo la Press Card de MONUC y entro en un recinto blanco y azul lleno de todoterrenos. En la cafetería, diez oficiales indios -Uruguay e India aportan el mayor número de soldados a la misión- sentados en tres mesas. No desayunan, apenas hablan entre ellos. Están. De camino a la oficina de prensa me cruzo con un militar indio de dos metros, turbante azul y bigotes largos y rizados hacia el cielo.

El Mayor Shardool Sharma me da una charla de cinco minutos sobre la labor de sus tropas en el terreno y los lugares que no debo pisar. El aire acondicionado convierte la sala en un frigorífico con pósters del Taj Mahal y de Bombay en las paredes. ‘Incredible India’ es el eslogan turístico, pero es imbatible para la escena en la que participo.

Salgo al patio de los todoterrenos y pasan dos francesas vestidas para una boda. Si tuviera valor, la foto sería perfecta.

Ayer por la noche volvía al hotel por las calles desiertas de Goma. Me había tomado dos cervezas -a 4 dólares cada una- en un bar lleno de personal de Naciones Unidas. Pasé por delante de otro bar, tres soldados congoleños con su boina roja se cruzaron conmigo. Sonaba ‘No Woman, No Cry’ de Bob Marley. Me pareció un himno absurdo para este lugar.

Llegó el momento de la pregunta inevitable: ¿Qué hago yo aquí?