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Una forma de tristeza

Estos días de vigilia vienen cargados de fantasmas. No podía ser de otra forma. El Congo -me voy en tres horas de Kampala- se aparece como un monstruo que exige todo el tiempo y el pensamiento. Bromeo sobre el corazón de las tinieblas como se bromea sobre algo que uno teme y quiere ahuyentar, con una sonrisa de labio rígido. Sé que no será para tanto, pero me parecería indecente no pagar este tributo de miedo a un lugar que ha ocupado tantas de mis pesadillas y sueños.

Afortunadamente, la espera -por culpa del celo de la embajada de Ruanda- no podía haber elegido un refugio mejor: la casa de Javier en la colina de Kololo. Las vistas de Kampala y del lago Victoria, un poco más a lo lejos, hacen que uno lo vea todo desde una cómoda media distancia, como si nada existiera de verdad y todo fuera paisaje nocturno de lucecitas y brisa suave. Sólo el avión de la KLM de las 22.30, cruzando la noche de una punta a otra, nos recuerda que estamos en el mundo.

El caso es que estábamos hablando de Congo, de la posibilidad de encontrarnos en una frontera dentro de unas semanas y empezó a sonar el Kind of Blue de Miles Davis, que -y ya la conversación se perdió en el desvío- cumple 50 años desde su edición. Traté de explicarle a Javier porqué este disco es tan fundamental, todo el asunto del jazz modal, el impresionante grupo que reunió Miles y demás. Al final, como casi siempre, las emociones a quemarropa son las que saben decirlo todo.

Recuerdo el momento en que compré el disco, en el FNAC de Barcelona. Fue con Dani, un compañero del instituto y otro melómano para la lista. Había leído el nombre Miles Davis alguna vez por ahí, pero el jazz, hasta ese momento, era sólo un montón de instrumentos puestos a tocar al mismo tiempo. Decidí probar suerte y el disco cambió mi vida musical, trataba de explicarle a Javier.

¿Qué es esto?, me pregunté en los primeros compases de So What, cuando lo puse en casa. La incredulidad es la avanzadilla que envía la ignorancia cuando se siente sorprendida. Bien, han pasado 10 años desde que me hiciera aquella pregunta y todavía me la sigo haciendo cuando escucho a Davis, Coltrane, Evans, Adderley y compañía. Una década de jazz, chin, chin.

Hoy, para colmo, me entero de que Apocalypse Now cumple 30 años. Nunca está de más celebrar algo o como dice Ray Loriga: un dry martini no empeora nunca nada.

Mañana cruzaré a pie la frontera de Ruanda y Congo para entrar a Goma. He leído tantas veces sobre esos pasos que, definitivamente, tendré que clavar otra banderita de la memoria para celebrarlo el 12 de mayo de 2019.

El viaje interior

Estoy de nuevo en Kampala. Llegué ayer por la noche después de cruzar el Nilo otra vez, a la altura de Jinja, el lugar donde Speke situó las fuentes del río más largo del mundo en 1858 -todo un trofeo en su época-. La gente sabía perfectamente que vivía a orillas del nacimiento del Nilo cuando Speke llegó, pero Speke era blanco y los blancos hemos hecho de poner banderitas en el mapa un deporte muy lucrativo.

El viajero, hoy y siempre, ha sido esclavo de las mismas ensoñaciones. La ilusión de que lo que vemos, tocamos o clasificamos, lo es por primera vez; aunque sepamos que la mirada del hombre sentado bajo una acacia cercana, con sus arrugas como cicatrices, encierra una sabiduría que ni siquiera podemos comprender.

El viaje como descubrimiento del mundo sería la mentira más bonita si no tuviera tantos muertos a la espalda y las fronteras de África, por ejemplo, no fueran líneas rectas.

¿Qué queda entonces? Me digo que el viaje interior, la geografía humana, el mapa sentimental. Los miedos, las personas y el momento en que uno se bebe una cerveza a los pies del paraíso más insospechado. Es liberador ver las cosas así, evita colas en los museos europeos, agobios en las atestadas calles de Venecia o fotos con camello a los pies de las pirámides y te da a cambio, una vida de instantes únicos que se pierden en la noche de los tiempos. El universo nace y se destruye en cada apretón de manos con un completo desconocido, cuando los kilómetros y los segundos se escapan a la par.

Mi hermano Ibáñez dice que el viajero es “el que no tiene billete de vuelta” y yo estoy de acuerdo, pero desde aquí le respondo que, cuando el viaje sucede adentro, el billete siempre es de ida.

Amworo-Nueva York

Los días se pasan volando en el norte. Han caído las primeras tormentas que embarran los caminos y dificultan la vida un punto más, a cambio de cosechas y menos polvo cuando pasan a cien por hora los todoterrenos de las agencias internacionales.

Cada vez que me cruzo con un niño me fijo en si tiene calzado. En los adultos es la ropa y en los todoterrenos, el logo de la puerta. Son pequeñas trampas de la mirada para calibrar el desastre y entender lo que, a todas luces, es incomprensible.

Justin Moro, periodista del New Vision y ángel de la guarda particular, viene a encontrarme a Kitgum para visitar juntos el campo de refugiados de Amworo.

Ando preocupado por la falta de fotografías para mi reportaje y me pongo a disparar como un francotirador, sin preguntar y a sangre fría. Es una sensación que odio, pero me convenzo de que es lo necesario. Justin y yo nos hemos acercado a una choza donde el niño más pequeño llora aterrorizado ante mi presencia. La familia se parte de risa y trata de explicarle que mi piel blanca no es una amenaza -me pregunto porqué el niño pensará eso-. Al final, se acerca y me da la mano.

Luego llegan otros niños. Uno de ellos tiene una herida horrible en la pierna y no consigo saber cómo se la ha hecho o porqué ninguno de los todoterrenos que pasan se detiene a ayudarle. Es un niño desahuciado.

Me muevo por Amworo como un autómata. Si no fuera porque Justin me arrastra, no hablaría con nadie, me quedaría sentado en un rincón. La ficción humanitaria de Gulu no vale nada aquí. La gente está mal y la ayuda ya no llega. Una pegajosa resignación empieza a velarme la mirada. Ya no sirvo para nada aquí, sólo devuelvo sonrisas tontas y agito la mano en forma de saludo.

Ha llegado el momento de volver a Kampala. Ya en la ciudad y al abrir el correo me entero de que voy a vivir dos años en Nueva York. La otra noche, en Kitgum, soñé por primera vez con la capital del mundo, con una tienda de productos italianos en los bajos de un bosque de rascacielos.

Me gustaría decir que controlo este desfase brutal, este viaje a los dos lados del espejo, pero sé que no es cierto. Sólo me dejo arrastrar.

Koroabili desde el cielo

Cuando estuve en Koroabili pensé en cómo se vería el campo desde el cielo. Esta noche me he acordado y lo he encontrado en Google Earth.

Cada puntito es una cabaña de adobe y paja en la que vive una familia entera. Ahora entiendo cómo podían entrar 30.000 personas en el descampado que visité. Debido al desfase en la toma de imágenes, todas las chozas están pie.

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Kitgum no es el fin del mundo

Todos los lugares pobres y alejados me parecen, a primera vista, el fin del mundo. Con Kitgum me ha pasado lo mismo, he pensado: Esto es el fin del mundo. Luego, cuando dejas la mochila en la habitación de un hotel medio derruido y observas que la toalla está doblada de una manera especial para gustar al visitante, te das cuenta de que Kitgum no es el fin del mundo, sólo un lugar desconocido y maltratado.

La luz se fue hace dos días y, en el restaurante más cercano, la cerveza caliente me parece mejor que nada, después de tres horas de autobús desde Gulu por una pista de tierra roja. Recuerdo haber leído que esta carretera era peligrosa hace apenas dos años y me alegra observar que ya no es así. Si al volver a España alguien me invita a comer pollo o arroz, juro que no seré amable.

Después de una breve siesta, he ido a ver al padre Tarcisio a su misión. Llegó hace 45 años a Uganda y me ha contado cosas interesantes como que en la cultura acholi no existe la palabra “beso”. Quería convencerme de que aquí las parejas van muy rápido, sin emotivittá. No le voy a llevar la contraria a un hombre con el pelo blanco que llegó mucho antes que los todoterreno que inundan Gulu y alrededores. Save The Children. UNHCR. Malaria Project. World Vision. UNICEF…

He salido de la misión de Tarcisio con una sensación de derrota, con la certeza de que este reportaje sobre el norte de Uganda es como una gacela que nunca voy a atrapar. Quizás sean los 35 grados a la sombra o las pocas fotografías que estoy haciendo –algo que me preocupa-. Soy un fotógrafo ciclotímico. Publicaré algo, no hay duda, pero la gacela seguirá alejándose, cada día más.

Escribo desde un ciber con el ruido del generador y el olor a diésel. ¡Ah, las batallitas del periodismo internacional! ¡Que romántico quedaría este momento si omitiera que suena reggaetón y que la luz acaba de volver!