A cinco kilómetros al sur de Gulu se encuentra el campo de refugiados de Koroabili. En su día llegó a albergar a 30.000 personas. Hoy acoge sólo a 800. La gente empieza a volver a sus aldeas de origen después de tres años sin ataques del LRA. La Cruz Roja Internacional ha dejado de entregar alimentos aquí, a instancias del gobierno, que quiere borrar del mapa lo antes posible, los campos que un día creó.
El presidente Museveni -M7, pronunciado emseven, en el argot de la calle- decidió confinar a la población civil del norte de Uganda en centenares de miserables campos como éste, totalmente dependientes de las agencias internacionales de ayuda y, en una teoría nunca llevada a la práctica, protegidos por el ejército. La idea era que si quitas el agua, los peces mueren, que sin núcleos de población a los que robar comida, niños o mujeres, el LRA pierde toda su fuerza.
Para Museveni, la vida en el norte de Uganda es un juego de mesa y falta por saber qué peces pretendía asfixiar. En su día, el presidente dio un plazo de 48 horas para que la gente se fuera a vivir a los campos o, de lo contrario, serían considerados rebeldes. Muchas aldeas fueron bombardeadas ante la negativa a marcharse de sus habitantes.
En el año 2004, el 90% de los acholi, es decir, 2 millones y medio de personas, alcanzaron el dudoso honor de ser la comunidad de refugiados más grande del mundo. Por aquel entonces, yo ni sabía que Kampala es la capital de Uganda.
Luis Moreno-Ocampo, fiscal general de la Corte Penal Internacional, no tuvo las agallas de emitir una orden de detención contra Museveni por desplazamiento forzado y otras atrocidades cometidas por su ejército cuando sí emitió otras cinco contra los mandos del LRA, en el 2005.
Museveni fue el que invitó a la CPI a intervenir en Uganda y duerme cada noche con la biblia del Fondo Monetario Internacional en la mesilla. M7 es el hombre -junto al presidente ruandés Paul Kagame- que permitió a Estados Unidos redibujar el mapa de poder del África Central en los 90 -quitándoselo a los franceses-. Un familiar del presidente tiene una empresa de construcción en las tierras que los acholi dejaron atrás a la fuerza. Todo esto lo vomito con la sensación de haberlo escuchado antes, con otros nombres y otra sangre. Es un estribillo más para la canción más triste del mundo.
Hoy me he reído con los niños de Koroabili, me han arrancado de golpe la tristeza que traía ya preparada. He jugado con ellos entre las chozas destruidas de los que han vuelto a casa. Esto es el norte de Uganda, un lugar donde los que no tienen nada, consuelan a los recién llegados.









