Martes, 06 de Enero de 2009, 06:25h

Se regatea en China

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por Álvaro Murillo
laperiferica@correoextranjero.com

La vendedora, tan fresca, se me sentó en los regazos y me dijo: “Tú no vas; tú complas”. No supe qué hacer. Yo, que minutos antes alcancé a sentirme el emperador del regateo, quedé sin recursos cuando la chinita me impidió levantarme del banquito y tirar los zapatos a un lado. Me estaba jugando sucio.Ella, otro chino, otro y otro me rodeaban con calculadora en mano y miradas de kung fu esperando el “ko” a un negocio de media hora que comenzó en 1.800 yuanes y ya iba por 400. Y yo que no, y ella que sí, y al cabo me desconcentré reflexionando en que esto ¡es China socialista! Y no entendía… Perdí presión y ya no era igual mi lucha contra la vendedora y sus compañeros. Sentía que me ganaban, que ya no podía bajar más el precio. Quise ser catalán, árabe, fenicio o colombiano o polaco en este “mercado de la seda” de mucho mercado y poca seda.

Ya no tenía más salida que meterme la mano en la bolsa y sacar los 400 yuanes, pero eso era señal de sí los quiero y hubiera sido enterrar la posibilidad de seguir regateando en el país del comunismo cool, donde la cara de Mao sirve igual para inspirar nacionalismo y para imprimir en un bolso. Ya no recuerdo si al final pagué los 400 o logré bajar un toque, pero sé que huí del mercado confundido y que tengo zapatos nuevos.

Este “Silk Market” es tan obligatorio para un turista en Pekín como lo es la visita a Tiananmen, pero somos pocos los que sacamos ventaja y logramos sobrevivir entre tanto clon de marcas y llamados de las vendedoras jóvenes. A un gringo le pidieron 1.400 yuanes y él los pagó de inmediato, pero como la riqueza no está en la billetera, a los latinos nos entran diferente, saludando en un español ad hoc, cuyo glosario no pasa de expresiones como “para ti”, “guapo”, “bonita”, “malo”, “tacaño” y “loco”. Dicen “finito” creyendo que es “último”, cuando, según ellos, ya no están dispuestos a rebajar más el precio.

Evitan poner un primer precio y más bien dan la calculadora a su víctima para que tome la iniciativa. Y empiezan a mezclar los “only for you” y “best price” con un histrionismo aplaudible. Los primeros cinco minutos son simpáticas, después negocian y con una velocidad tremenda se enfadan, tiran la calculadora y sepan los dragones cuántos insultos profieren en altisonantes palabras mandarinas. Es ahí donde toca concentrarse (mercado, mercado, mercado…) y comenzar uno a actuar también.

Empieza uno a mentir, ellos también. Uno hace que se va, ellos hacen que no les interesa vender. Uno dice “qué son diez yuanes menos” y ellos “qué son diez yuanes más”. Te agarran de la mano y te acarician al paso, te piropean y a un panzón tico le frotan la barriga diciendo “baby, baby”, mientras señalan ropa infantil en una tienda. Toda la reverencia y la prudencia confuciana que le reconocía a los chinos colapsó en estos pasillos.

En el mercado de Wang Fu Jing, más lleno de baratijas y menos parecido a Paso Canoas, la cosa no cambió demasiado. Cuánto, cuánto si compro tres, imposible, deme un mejor precio, entonces no, qué pasó, qué me está diciendo, no tengo… y así en un corredor repleto que me hace sentir lemming. Aquí si venden comidas y pienso que es como unas fiestas de Zapote, pero limpio, seguro, divertido y barato. O sea, sorry por la comparación. Además, sus pinchos son más ricos y cualquier alacrancito, serpiente o caballito de mar pasaría sin regates ni sobornos los exámenes del Ministerio de Salud. Las pruebas del paladar las hice, pero no voy a jugar de interesante. Para eso están los enviados de televisión.

En fin, que tuve el impulso de regatear el precio de mi pincho, pero con la comida no se juega, y menos cuando esa comida fue peligrosa en vida. Comí lo que comí, pero poquito, porque ya había almorzado en un KFC una carne extraña que sabía a pollo, como decimos siempre que probamos cosas raras.

Y seguí serpenteando entre la muchedumbre. Chinos de ropa austera, chinos de pies pequeños, chinos más altos, chinas de rostro hermoso, chinos de espíritu descansado y, sobre todo, chinos nacionalistas. Por un yuan irregateable, la bandera china se consigue fácil en tiempos de Partido Comunista congregado en el mayúsculo Gran Palacio del Pueblo que el pueblo minúsculo no conoce. A los más entusiastas les toca ponerse un brazalete rojo que los identifica como voluntarios del tránsito, lo que los inviste de algo de autoridad y los convierte en irregateables para cualquier ciclista, peatón o pasajero del metro pequinés, tan lleno de calor humano.

Dentro del tren al que ingresé ayudado por el empujón de una voluntaria de gafete rojo, me percato de que no he visto ni un solo anuncio de Durex en dos semanas en China. Perdonen ustedes, pero no se me ocurrió entrar a farmacias para preguntar por el precio de los condones, quizá con el argumento inconsciente de que iba a empezar a regatear por default para después decirle “no, gracias” y provocar un enojo gratuito a la vendedora. Entre repello y repello, no necesito agarrarme de la barra, que de todas formas está llena de manos rechonchas y dedos cortos, especiales para contar dinero.

Ahí iba de “Tian’anmen East” a “Fuxidi” sobre la línea roja un domingo a las 6 p. m., hora pico en una capital donde ya no tiene sentido hablar de horas pico, pero donde todos caben apretados en cuerpo y relajados en humor. Es como si fuesen humanos por fuera y osos panda por dentro, concluí mientras imaginaba a millones de esos tiernos animales (los osos panda) comiendo como termitas, conduciendo Audis negros e inventando formas de reproducir a una pareja de humanos que prefieren comer bambú.

Pero no. La realidad es que ninguna osa panda se me ha sentado jamás en el regazo y que el problema entre la población es cómo frenarla, y no cómo expandirla. Esperaremos a los periódicos del 2020 para saber si surtió efecto la reciente orden del Gobierno: prohibidos los anuncios publicitarios de juguetes sexuales y hasta de sostenes. Es en serio. Los efectos, sin embargo, pueden ser dos: que deje de ser divertido el sexo o que en la cama se hagan los negocios con el recetario innegociable del FMI.

Salimos del metro mis bolsas y yo. Digo así porque ellas iban adelante y, entre tanto pequinés, pudimos habernos perdido. No sabía qué salida tomar, pero tampoco tenía mucho margen más que seguir el izquier-dos-tres de la muchedumbre hacia la superficie. Me sedujo la idea de ir a contracorriente, solo por repugnar, pero no hubiera sobrevivido para recordar ahora esa maravillosa sensación de soledad que solo dan las aglomeraciones de gente desconocida y apaciguada.

Afuera planeaba mi compra del día siguiente. “A ver cómo me van a hacer comprar en 1.300 yuanes una valija por la que no pagaré más de 200″, decía en voz baja sin poder olvidar aquellos tenderetes del “Silk Market” donde tantas preguntas llenaron mi cráneo occidental de dualidad simple. Caro-barato, comunismo-mercado, nuevo-viejo, este-oeste, Mao-Credomatic y otros juegos de ping-pong se me salieron del mapa.

Tanta pregunta se apelotó en mi córtex y me provocó la tentación de entrar a un local donde, por lo visto, sacudir es la especialidad. Tres mujeres de apariencia infantil tejían con las piernas abiertas al otro lado de una ventana saturada de luces de neón con caracteres chinos, evidencia incontestable de que la clientela es, en su mayoría, local. Yo, pensando en que SoHo también puede hacer servicio social, averigüé el precio y aquí lo traigo: el equivalente a 100 yuanes (¡media maleta!) alcanzaba para el “massage” y otras cosas que una de ellas me explicó en mandarín impecable. Creo que la maleta completa costaba el doble. Le dije gracias, me incliné como si estuviera ante un ministro y me largué con una cómoda ignorancia y la duda de cómo regatear con una de esas costureras monolingües.

Nada de esto estaba en el presupuesto la madrugada en que, tocando apenas suelo chino, un gran rótulo de HSBC en color rojo comunista apareció por la ventanilla escarchada del boeing 747 plagado de gente que ya entendía este negocio, que había visto al comunismo sentarse en cualquier regazo, entregar la calculadora, piropear, cobrar y seguir candoroso con el siguiente ingenuo que se crea emperador del regateo. No sabe lo que es.

Publicado en la revista SoHo Costa Rica.

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