Nativos con sierra

por Pablo Ibáñez
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Son cuatro hombres aislados en la selva, abandonados, que se refugian de la lluvia bajo un techo de palma. Su casa no tiene paredes y se sostiene sobre unos troncos apenas desvastados, es una plataforma de madera tan antigua como la selva. Una construcción simple, ideada para evitar las inundaciones en época de lluvias y abierta a los vientos que bajan por las noches desde la cordillera. Cada hombre tiene su mosquitero tendido y un pequeño baúl para guardar sus objetos personales. Debajo de su lecho, revolcándose entre el barro, viven los cerdos, las gallinas y los perros. Fuera del refugio, frente al rÃo, tienen una pequeña cocina improvisada con varias piedras y una mesa, también cubierta con palmas, para las comidas. No tienen nada más. Y en este deprimente campamento viven los cuatro hombres durante temporadas de más de seis meses, abandonados y únicamente recordados por el locutor de la radio que escuchan por las noches. Pasan los dÃas cortando árboles cerca de Pucallpa (Perú).
La gente cree que el maderero furtivo es un tipo malo, sin escrúpulos, violento depredador que destruye la naturaleza armado con una sierra mecánica. Y es posible que existan madereros de vocación que disfruten viendo caer troncos de más de treinta metros, pero Alberto y sus tres compañeros no tienen nada que ver con ellos. Llevan toda la vida en las inmediaciones de la selva y la quieren de forma innata, de la misma forma que cualquier persona tiene cariño por el lugar en el que ha nacido. Reconocen los árboles apenas ven un palmo de su corteza, procuran no cazar si no es imprescindible y queman sus basuras para no ensuciar el rÃo. El único estÃmulo que tienen para cortar árboles es el de conseguir un sustento, tres comidas al dÃa y un sueldo de miseria que permita mantener a la añorada familia, niños y mujeres a los que sólo ven unas pocas semanas al año. No son asesinos, son personas corrientes que echan de menos el contacto humano y que por lo general se sienten tristes, a veces estúpidamente alegres.
Su único pecado es la tala ilegal, delito con el que contribuyen a la deforestación de la selva amazónica, un peligro que desde hace años ha traspasado la frontera de la amenaza para convertirse en un terrible cáncer que devora las esquinas del gran pulmón planetario. En todos los rincones del Amazonas que he visitado, desde San FermÃn en Bolivia hasta Porto Velho en Brasil, he visto talar árboles, camiones cargados de madera en la carretera, claros en el monte. En muchas ocasiones la tala es legal, controlada por el gobierno, y orientada al desarrollo del comercio de madera preciosa u otras actividades, como la deforestación forzada para la construcción de carreteras o la ampliación de zonas de cultivo. En mayor medida, la tala es ilegal.
El terreno en el que trabajan los cuatro madereros pertenece desde hace años al padre de Alberto, pero carecen de licencia para cortar árboles. Se trata de una prohibición establecida por el Instituto Nacional de Recursos Naturales del Perú (INRENA), institución que permite el negocio maderero pero sólo bajo unas determinadas condiciones. Si una persona desea comercializar con madera de cedro o caoba, por poner un ejemplo, tiene que presentar un importante aval ante el INRENA y animarse a trabajar en una gran extensión de terreno, pues las concesiones se otorgan mediante lotes de grandes hectáreas. Una vez tenga el permiso del INRENA puede introducir tractores y maquinaria pesada en sus tierras para agilizar el proceso de tala. Teóricamente también debe replantar un cierto número de árboles y cumplir una normativa ambiental, pero los inspectores del INRENA son pocos y las parcelas a controlar son demasiadas: el negocio maderero es la principal actividad económica de Pucallpa y alrededores.
La otra cara de la moneda la habitan los pequeños madereros como Alberto, excluidos del negocio. El planteamiento parece bienintencionado en su base, pero Alberto opina lo contrario, pues la deforestación provocada por estas explotaciones a gran escala supera en mucho el daño infligido por las prácticas tradicionales y afectan de forma directa a la vida de animales y comunidades humanas. Y aun asà no satisfacen el apetito del mercado internacional, lo que lleva a los grandes empresarios a comprar la madera talada clandestinamente por tipos como Alberto y a hacerla pasar como madera legal procedente de las zonas concedidas por el INRENA. De este modo se crea una cadena en la que perviven los dos sistemas de explotación con el beneplácito de las autoridades, pues los sobornos son práctica cotidiana en el ramo maderero. Si los pequeños madereros todavÃa existen en la selva es porque encuentran un comprador para su cargamento de madera.
Estando asà las cosas, la destrucción forestal en los alrededores de Pucallpa es considerable; sirva este ejemplo como muestra de lo que sucede en el conjunto de la selva amazónica. Una destrucción incitada por el mercado occidental, que se nutre de madera extraÃda en muchas ocasiones de manera clandestina, aunque ésta muestre un dudoso sello oficial. Un negocio en el que los grandes perdedores son los pequeños madereros como Alberto, gente que apenas gana lo suficiente para el mantenimiento de su sierra mecánica y de su campamento, donde acumulan la madera cortada antes de arrojarla al rÃo para que la corriente la lleve hasta el punto de recogida, con el riesgo siempre presente de encontrar un control policial y ver cómo su cargamento es confiscado. Si hay suerte y la madera llega al destino, queda todavÃa la posibilidad de que el empresario pague a la baja obligado por la coyuntura del mercado. A efectos legales Alberto es un criminal, pero él sólo repite lo que su padre le ha enseñado desde que era un niño. Todo el mundo condena la explotación furtiva de madera, pero quién va a detener a Alberto y a sus hombres si la demanda nunca cesa y las autoridades del INRENA hacen la vista gorda. ¿Y qué va a hacer Alberto para ganarse la vida? Él no sabe hacer otra cosa, sólo sabe cortar árboles y comer bajo de un techo de palmas mirando al rÃo.









