Martes, 06 de Enero de 2009, 08:25h

Migrar, volver, votar

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por Pablo Mediavilla Costa
capitalinas@correoextranjero.com

Al final de esta historia se encuentra Managua y un puñado de nicaragüenses con el dedo pulgar manchado de tinta. El principio es bien diferente. La Carpio a las 6.30 a. m., San José de Costa Rica, viernes 3 de noviembre de 2006, una especie de sucursal de Managua amanece atestada de gente rumbo al trabajo que guarda la fila del autobús, iglesias evangélicas en silencio y niños con sueño que se dejan llevar a la escuela de la mano de sus padres. Las miradas a los recién llegados son persistentes y discretas.

Al fondo de la calle, un bus espera aparcado un viaje de 11 horas. En la parte delantera luce una bandera de la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN), de Eduardo Montealegre, el principal competidor de Daniel Ortega en las pasadas elecciones presidenciales de Nicaragua. A su lado, un grupo de personas espera con sus maletas sobre el suelo de tierra, ataviados algunos con gorras rojiblancas del partido, otros con banderas y la mayoría, con la emoción de regresar a su país -aunque sea por unos días- pintada en la cara.

La casa de campaña del ALN en La Carpio es pequeña y humilde, en la puerta un cartel anuncia: “Transporte gratis. Eduardo. Casilla 9″. Dentro, algunos organizadores se mueven de un lado a otro, en la semioscuridad del cuarto. Revisando nombres, repartiendo más gorras o contestando un móvil que no deja de sonar. La lista de viajeros es leída en plena calle y, uno a uno, van subiendo al autobús, que partirá con la mitad de los asientos vacíos. Dos bebés duermen plácidamente, ajenos a todo.

El viaje y las muchas paradas para recoger a nuevos “votantes liberales” se alivian por el paisaje exuberante al otro lado de la ventana. Adentro, se multiplican las Biblias y los escritos evangélicos acerca del arrepentimiento y la redención. “Confiamos en Dios para que nos ayude y nos ilumine y votemos por un hombre que no lo pongamos nosotros, sino Él. Hemos sufrido demasiado con los gobiernos pasados y queremos un cambio en Nicaragua”, afirma Julio César Matos, convencido de que ese “elegido” es Montealegre.

La frontera se acerca y Eugenia Mayorga, la organizadora del ALN, se pasea preguntando por pasaportes, cédulas y permisos de residencia. Dice estar cansada de “la dinastía sandinista” y no pierde ocasión de inventar nuevas consignas para el candidato liberal, “en la casilla 9, Nicaragua se mueve”.

En la frontera de Peñas Blancas, los cambiantes de divisas asedian a los viajeros, zarandeando fajos de billetes tan voluminosos que parecen de Monopoly. Se siente el ambiente nervioso que gobierna en todos los pasos fronterizos. Un niño pasea con un apacible y flaco caballo. Dos mujeres, sentadas en la barrera que separa los dos países, esperan transporte para llegar a Managua. Se acercan al vehículo y piden ayuda.
-¿Es usted liberal?- pregunta el organizador de la compañía de bus a una de ellas.
-Sí -responde, a la vez rápida y sorprendida.
-Okey, entonces no hay problema.

El obstáculo viene después cuando confiesan no tener pasaporte. El ingreso al lado nicaragüense será por su cuenta y riesgo. En el trámite se irán dos horas y terminará con el pago de 40 córdobas al oficial de migración que se despide con la recomendación de retirar toda parafernalia partidista del autobús para cumplir con el “silencio electoral” que regía en el país desde el día anterior.

Superada la línea continua del mapa, el lago Nicaragua saluda grande como un mar a sus compatriotas que se agolpan en las ventanas y sacan las cabezas para respirar “su” aire y llaman a los familiares y parecen felices. A los ojos extranjeros, el paisaje vegetal mantiene su belleza, pero el humano se revela más pobre.

Banderas rojas y negras del Frente ondean en los tejados, algunos vendedores de arroz con leche se apiñan en las paradas. La tarde empieza a caer. En el fondo del autobús, cuatro mujeres ríen ante las ocurrencias de Elmon León González que, entre cerveza y cerveza, grita “Ortega murió”. Ahora vive en San José pero exhibe con orgullo su visa para entrar a Estados Unidos, “vivo en La Carpio porque quiero. En todas las partes del mundo estamos en contra del enemigo, que es Ortega, porque él no necesita que le pongamos el dedo, él tiene que desaparecer de Nicaragua. No queremos que sea más dictador, hay que votar en la casilla 9″.

Mayorga interrumpe las conversaciones desde la cabina del chofer para explicar cuál es la casilla 9 y qué precauciones deben tomarse en el momento del voto, tales como no arrugar la papeleta o no mancharla para evitar su nulidad. A solo tres horas de Managua, el pulso de los viajeros se acelera. Hay banderas en el suelo del autobús y algunos han decidido enfundarse la gorra del ALN de nuevo. Las miradas a los carteles de color rosa del Frente Sandinista no producen ninguna reacción; de vez en cuando, un camión en dirección contraria hace sonar su bocina para saludar a “los votantes del cambio”.

Ana Carolina, una granadina de 26 años, afirma estar “harta de aguantar todo tipo de groserías en un país que no es el nuestro. Esperamos una mejoría en Nicaragua para que todos podamos volver a trabajar aquí”.

Cada uno posee sus motivos para subir a este autobús, también para votar contra Ortega. Arcadia Montenegro tiene 61 años y nació en Managua. Guácimo de Limón es su hogar en Costa Rica. “Ya está bien de tantos sinvergüenzas que han llegado al poder. De todos, Daniel Ortega fue el que nos hizo más daño a los nicaragüenses. Tantos jóvenes quedaron mutilados de guerra, la gente tenía que hacer fila para comprar la comida. No queremos llegar de nuevo a esa situación”, sentencia con una enigmática media sonrisa.

Uno fantasea con la posibilidad de un sandinista infiltrado, de entre los pasajeros más introvertidos o por qué no, de los más ruidosos; asustado y feliz por viajar gratis. Todo es posible en las elecciones que, se dice, han estado siempre regidas por el “factor güegüense”, heredado de la época colonial en la que algunos indígenas enmascaraban su identidad e intenciones a los españoles. En sus primeras tres candidaturas electorales, Daniel Ortega era primero en las encuestas y todas las perdió.

En la entrada a la capital, ya de noche, el autobús llega casi vacío, muchos pasajeros se han bajado en Granada, sin olvidarse antes de intercambiar números de móvil con los que se quedan, de animarse pensando en un Montealegre presidente, en centenares de casillas número 9 marcadas con una cruz para festejar a la vuelta. Es lo que no ocurrió pero se deseó en un autobús repleto de nicaragüenses camino a las urnas.

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