Martes, 06 de Enero de 2009, 06:48h

Arendt, cirugía de precisión

EichmannEichmann en Jerusalén de Hannah Arendt

DeBOLS!LLO, Barcelona, 2006
440 páginas
Traducción de Carlos Ribalta
Título original: Eichmann in Jerusalem. A report on the banality of evil, Viking Penguin, Nueva York, 1963.

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por Pablo Mediavilla Costa
capitalinas@correoextranjero.com

He aquí a Hannah Arendt, uno de los faros que evitó el naufragio de la Razón en el siglo XX, enfrentándose a la tarea de desmenuzar el juicio contra Adolf Eichmann, jerarca nazi responsable de las deportaciones a los campos de concentración, que se celebró en Jerusalén en 1961, tras haber sido secuestrado en su anónima rutina bonaerense por los servicios secretos de Israel. Un caso tan absolutamente crucial y poliédrico sólo podía ser manoseado -sin perder los dedos en el intento- por alguien como Arendt, con su destreza y su claridad de pensamiento.

Los editores del New Yorker debieron pensar lo mismo y encargaron a la alemana la cobertura del juicio en una serie de reportajes, cuya versión extendida es este Eichmann en Jerusalén, que bien podría recomendarse a alumnos de cirugía, por lo preciso y firme con que disecciona todos y cada uno de los aspectos del acontecimiento.

La tesis principal de la obra se halla en el subtítulo del original -suprimido incomprensiblemente en esta edición de bolsillo-, “Un informe sobre la banalidad del mal”, que da la medida de la ambición esencial de Arendt por demostrar que el mal, en este caso, ejercido por el perfecto burócrata kafkiano, pulcro cumplidor de las órdenes de arriba, aún cuando éstas tuvieron como objetivo llevar al mayor número posible de seres humanos a las cámaras de gas, no tiene nada de sofisticado, ni esconde ningún misticismo. La torpe sintaxis de Eichmann, los autoengaños a los que se somete, el patetismo que rezuma su persona, distan mucho de la imagen férrea y obscenamente mesiánica que muchos han dado de los nazis a modo de homenaje póstumo, da igual si involuntario o poco pensado.

La reflexión de Arendt despoja al mal de toda la propaganda inyectada por sus autores, pero justamente por eso, lo convierte en algo más aterrador si cabe. Es el mal presentado en público en toda su desnudez animal, incontrolada, carente de explicación racional y, desgraciadamente y por todo ello, reeditable. Tratar de encajar al Holocausto, al genocidio de Ruanda o a un atentado terrorista en el terreno de la lógica puede servir, y de hecho sirve, para apaciguar la agitación sincera de los que sólo fueron espectadores, pero no deja de ser una pirueta vergonzosa que dota al acontecimiento de una coartada de la que nunca debió disponer.

En los márgenes de este luminoso tótem discurren las minuciosas descripciones de Arendt acerca del juicio y de la infraestructura de la Solución Final. En este punto, se pueden observar los éxitos y fracasos de la empresa nazi de destrucción país por país -no es cierto que fuera imposible resistirse al colaboracionismo- y la ayuda que los consejos judíos prestaron a los asesinos, hecho incontrovertible expuesto por Arendt una y otra vez a costa de toda la polémica que se puedan imaginar.

La otra joya que guarda Eichmann en Jerusalén es la disquisición acerca de la justicia y de sus límites. Las circunstancias del caso -el detenido y la tierra que pisaba- hicieron que el juicio viera ampliadas ad infinitum sus atribuciones. Ya no se juzgaba a un hombre y los hechos criminales que había cometido, sino que se juzgó a un régimen entero en una especie de trance catártico que sólo acabaría con el castigo de lo sufrido por los judíos europeos. Eichmann decía ser un “chivo expiatorio” y, en este sentido abstracto obviamente ajeno a su intención, tenía razón. Sólo él murió en la horca, pero en la mente de muchos, la soga rodeó el cuello de todos los verdugos que habitaron aquellos tenebrosos días.

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