Martes, 06 de Enero de 2009, 04:44h

Una ciudad sin palabras

HiroshimaHiroshima de John Hersey

Turner, Madrid, 2002
184 páginas
Traducción de Juan Gabriel Vásquez
Título original: Hiroshima, The New Yorker, Nueva York, 1946.

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por Pablo Mediavilla Costa
capitalinas@correoextranjero.com

Qué escribir cuando todo está escrito ya sobre este clásico del periodismo llamado hiroshima-de-john-hersey, que se pronuncia de carrerilla en los círculos de entendidos como todas las cosas sublimes e inmortales. Aunque pensándolo bien, más difícil debió ser para el autor la tarea encomendada por el New Yorker: ¿qué escribir cuando el hombre es capaz de arrojar un artilugio sobre población civil que convierte a las personas en sombras y borra del mapa una ciudad entera? Así que, por honor al autor, escribiré algo.

Hersey fue de los primeros en llegar a Hiroshima tras el lanzamiento de la bomba. Va a contar lo ocurrido a través de los testimonios de algunos supervivientes, de lo más variopinto, por cierto. Cuarenta años después, regresa para saber de ellos. Hasta ahí lo comprensible, más allá, la obra maestra,construida sobre dos pilares -esenciales en el buen periodismo, por otro lado-: la contención y el sudor.

Hiroshima es la catedral de un periodista fuera de serie que se reprime y se da golpes en la mano cada vez que va a escribir “apocalíptico” o “dantesco”, que vive entre montañas de libretas de apuntes y grabadoras en las que están registrados hasta los más absurdos detalles. De lo contrario, estaríamos ante un fraude y sería momento de apagar las luces y largarse. Hasta donde sabemos, no es ningún fraude.

Hersey hace suya una práctica que se revela infalible para describir lo que no puede ser descrito, mostrar lo que no puede ser mostrado y nombrar lo innombrable: no hacerlo y atreverse a hacerlo, al mismo tiempo. Es decir, sugerirlo, con una elegancia de frac en restaurante de París a medianoche y decirlo con frialdad de bata de cirujano en un campo de refugiados de Afganistán. Ejemplo de frac: “la señora Nakamura se dio cuenta de que no veía ni escuchaba a sus otros niños”. Ejemplo de bata: “se dio cuenta de que había unos veinte hombres, todos en el mismo estado de pesadilla: sus caras completamente quemadas, las cuencas de sus ojos huecas, y el fluido de los ojos derretidos resbalando por sus mejillas”.

Es este horror intermitente el que mantiene al lector en un estado hipnótico, de aturdimiento -no puede ser verdad lo que estoy leyendo-, de incredulidad permanente ante las escenas relatadas, los moribundos que ni siquiera se quejan, los atrapados en escombros que piden ayuda “si no es molestia”.

En el epílogo “Las secuelas del desastre”, escrito en 1985, unas pequeñas acotaciones van aclarando cómo, a pesar de lo que se está leyendo, algunos países están lanzados en una carrera para conseguir el artefacto y convertirnos a todos, en el mejor de los casos, en hibakushas -en pulcro y diplomático japonés: personas afectadas por una explosión-.

El caso es que cuando uno acaba de leer este libro siente la necesidad de contárselo a alguien, como pasa con las muy buenas y las muy malas noticias, de soltar lastre, sin saber dónde ni porqué. Algo nuevo ha ocurrido, sí, el resplandor nuclear de la ciudad sin palabras se te ha colado por los ojos.

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