Casas Viejas

11 de enero de 1933. Los campesinos se mueren de hambre y no pueden trabajar. Llevan semanas reuniéndose en las noches y buscan una solución. Ha de ser algo grande. A grandes males, grandes remedios. Son un puñado de hombres en un pueblo anónimo de Andalucía. Alguien ha hablado de anarquismo, revolución libertaria. Y los hombres, apartados del campo, levantan el puño y se echan al monte.
11 de enero de 1933. Los hombres de Casas Viejas toman el cuartel y el ayuntamiento al asalto, hacen ondear la bandera anarquista en el plaza del pueblo, queman los registros de la propiedad, cantan e intentan convencer a los Guardias Civiles para que se unan a su causa. Las mujeres tienen miedo y se esconden en casa. Se oyen tiros en el pueblo, las escopetas van y vienen.
11 de enero de 1933. Los campesinos de Casas Viejas contaban con una huelga general promovida por la FAI en toda España, pero la huelga fracasa. Desde Jerez llega la Guardia de Asalto para sofocar el único brote sublevado en el país. Las órdenes son claras: que no quede ninguno vivo. Los campesinos se dispersan, caen los primero hombres. Y entre los que todavía viven uno al que llaman Seisdedos, que aglutina la resistencia, “p’alante”, y se encierra en su casa con toda su familia.
La Guardia de Asalto no pierde el tiempo. Van casa por casa, sacan a los hombres y los fusilan en los patios. Va trayendo los muertos a la puerta de Seisdedos, que dispara sus perdigones por los huecos de la ventana. Un batallón forma ante su choza: atrona una metralleta, llueven granadas. Y finalmente, hartos de aquel asedio desigual, los garantes de la República prenden fuego a la casa de Seisdedos. Toda la familia muere calcinada.
Estos hechos brutales ocurrieron de verdad, nadie los ha inventado. Se creó una Comisión de Investigación en el Congreso y el Gobierno de Manuel Azaña perdió toda su legitimidad. Pero no hay ninguna imagen del crimen de Casas Viejas, ni una sola fotografía, ni una sola toma. ¿Cómo hace el documentalista para enfrentarse a este problema?
La solución, genial solución, la tiene Basilio Martín Patino: Inventa. En su documental aparece un periodista británico, ya anciano, que comenta en primera persona sus experiencias en Casas Viejas. Él se encontraba en el pueblo y pudo filmar parte de aquel desastre desde su habitación en la posada. El mismo día, tres documentalistas rusos enviados por Stalin se encuentran en Casas Viejas y filman con maestría expresionista la represión militar. Por retratar la utopía trágica, los tres acabarán sus días en un gulag siberiano.
Pues bien, ni el periodista británico ni los documentalistas rusos existen, jamás existieron. Martín Patino les da vida para servirse de sus hipotéticas imágenes, una recreación verosímil, en blanco y negro, sin sonido, de un poder sugestivo y justiciero que derriba en el espectador cualquier reparo formal, cualquier duda mojigata. Sólo la confrontación de ambos documentos incita a la sospecha.
“Casas Viejas” es un documento necesario, imprescindible, y también inexistente. Y ahí está el debate: ¿es legítimo ficcionar un suceso histórico y presentarlo bajo la etiqueta de real? En ningún momento se advierte de la trampa y el espectador desprevenido llega al final del metraje sin conocer la verdadera naturaleza de las imágenes. ¿Cuántas historias, cuántas escenas trágicas se han perdido por la ausencia de un testigo?
La barbarie de Casas Viejas estuvo en ese limbo y desde 1996 ha vuelto al imaginario colectivo. ¿Cuál es su verdadero destino?
P.D: Podéis ver el documental en la siguiente dirección: http://video.google.es/videoplay?docid=-8784581758559906763