Sandokan
Y con la sombra de Hans Peter Richter todavía bajo los pies, subí al barco fantasma:
¿Quién estaba esperando tres neveras? En algún punto de la frontera entre Bolivia y Brasil, alguien esperaba que llegaran tres neveras. O una. O dos. Nadie dijo que fueran para la misma persona. El caso es que aquellos tres gigantes níveos navegaban con nosotros, a la cabeza de la primera chalupa, resistiendo los envites de los mosquitos nocturnos y las escasas gotas con las que el río bautizaba nuestro lento avanzar.
Fuera quién fuese, la persona que esperaba las tres neveras sabía que iba a tener que esperar. Desde el momento de la compra hasta que llegaran a su nuevo propietario, las neveras tenían que sufrir un periplo de no menos de un mes. Formalizada la compra, comprobado el pago, o el anticipo, o la buena voluntad, eso dependía ya del vendedor, alguien transportaba las tres neveras hasta el puerto y luego los marineros las cargaban sobre alguna chalupa. Allí pasaban algunos días, objetos de la indiferencia colectiva, hasta que el capitán recibía la orden de su patrón y anunciaba que en breve zarparían. Y en breve, en apenas tres o cuatro días, el barquito, rodeado de chalupas encadenadas, se ponía en movimiento. Las tres neveras sentían la tierra corriendo bajo su planta cuadrada y de repente una suspensión. Y de repente la levitación que sienten las neveras cuando por vez primera salen a navegar a la cabeza de una chalupa de madera.
Luego pasaban los días. Poco a poco. Con la quietud y el aburrimiento de un trayecto repetido cientos de veces por los hombres y las chalupas. Sólo la carga era nueva en la puesta en escena. Tres familias acompañaban a las tres neveras. Dos muy numerosas, compuestas por un regimiento de tejas y por columnas de refrescos embotellados. Otra exigua, cubierta por un manto de nylon azul que asemejaba un mar de plástico. Un verdadero misterio para los ojos de las neveras, si es que tuvieran, al que todos tenían prohibido acercarse. Y así recorrían el río. Acercándose a un puerto sin historia al que alguien vendría a buscar las tres neveras para llevárselas al interior de la selva.
El destino de aquellas tres neveras superaba en mucho al mío. En aquel momento, encerrado entre dos murallas interminables de árboles y vegetación espesa, el porvenir de las tres neveras me parecía enteramente completo, perfecto, sin ninguna fisura. Un porvenir que había nacido en alguna factoría oriental y que había madurado en otros barcos, un alma de marinero que se había pegado a la piel de las neveras en las costas de Japón, de Sumatra, de la insondable China, en las inmensas soledades del océano, en las noches sin estrellas y sin música y sin mujeres y sin palabras.
El destino de las neveras, que habían cruzado el mundo con el único objeto de cruzar ahora aquel río y llegar al hombre que desde hacía semanas estaba esperándolas. Una perfección que en mí sería imposible reconocer. Una seguridad hermética que compartían las tejas y las sodas recalentadas. Y también los misterios que abrigaba el mar de nylon gastado. Y los marineros de aquel barco llamado Sandokán que desde hacía ocho días surcaba la espalda del río Mamoré en busca del puerto de Guayaramerín.