El sueño de Luther King
El 22 de noviembre de 1963, a las 12:30, mientras realizaba una visita de estado en Dallas (Texas), el presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy fue tiroteado desde una ventana. La policía detuvo a Lee Harvey Oswald, quien negó desde el principio su implicación en el asesinato. Dos días después, antes de que pudiera ser juzgado, un mafioso de pacotilla le disparó a bocajarro y le hizo callar para siempre.
El 14 de febrero de 1965 la casa de Malcom X fue bombardeada, pero el incidente acabó sin víctimas ni detenidos. Una semana más tarde, el 21 de febrero, un hombre interrumpió el discurso de Malcom en la sala Audubon de Manhattan y otro aprovechó el desconcierto para disparar en el pecho del orador.
El 1 de junio de 1968, un supuesto activista palestino disparó a bocajarro a Robert Francis Kennedy, hermano de JFK, por su supuesto apoyo a Israel. Bobby se encontraba en plena campaña para convertirse en el candidato demócrata a la presidencia. Murió cinco días después del tiroteo en el Hotel Ambassador de Los Ángeles.
El 4 de abril de ese mismo año el reverendo Martin Luther King fue asesinado en el balcón del Lorraine Motel en Memphis. Como en todos los casos anteriores, se supo quien disparó el arma homicida. Pero también como en los casos anteriores, jamás logró dilucidarse quien ordenó los asesinatos.
Marlan, afroamericano residente en España, no consigue ilusionarse con Barack Obama. Cree que cuando llegue al poder, si es que llega, se encontrará con las manos atadas. Y si decide hacer tonterías, alguien acabará con él.
Han pasado 40 años desde la muerte de Luther King pero no han cambiado muchas cosas. El terror político del quinquenio 63-68, con la guerra de Vietnam y la conquista de derechos civiles como telón de fondo, ha dejado una huella indeleble en la mentalidad afroamericana. Las cosas cambian despacio, las cosas que de verdad importan nunca van a cambiar. Los negros, ese 13% de la población de Estados Unidos, siguen acaparando las estadísticas en número de presos, en número de pobres, en niños muertos al nacer, en fracaso escolar, en falta de vivienda, en rupturas de parejas, en hábitos insanos, en expectativas de vida y en confianza en el futuro. Un 22% de los negros vive por debajo del umbral de la pobreza, por un 11% de blancos. Las mujeres negras tienen cuatro veces más posibilidades de morir de parto que las mujeres blancas y 24 veces más de infectarse con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) El 40% de los condenados a muerte son afroamericanos.
Hoy todos los diarios, todas las televisiones, repiten que el sueño de Luther King puede cumplirse 40 años después de su muerte. Marlan menea la cabeza. No se siente orgulloso de su país, al que considera hipócrita y racista. Hace pocos días el pastor Jeremiah Wright, mentor de Obama, recordó que “este país se fundó y está dirigido según un principio racista” e ironizó que los negros estadounidenses deberían gritar “Dios maldiga a Estados Unidos”. Ante el temporal que se le venía encima, Obama optó por torear. Eludió la cuestión de la raza y filosofó sobre la ira.
Para que se cumpla el sueño de Luther King el país entero debiera enfrentarse al racismo que siempre le ha acompañado y que todavía le acompaña, encarar esta realidad y poner medios para subsanarla. Marlan me pregunta cuántos escritores afroamericanos conozco, cuántos científicos, cuántos premios Nobel, cuántas eminencias.
Tras la muerte de Luther King se sucedieron los disturbios en distintas ciudades del país. En la estela de sus discursos, bajo la sombra de su figura, el sueño aún se podía atisbar. En Boston (Massachusetts) James Brown dio un concierto que, simbólicamente, contribuyó a escribir la historia venidera (http://music.guardian.co.uk/urban/story/0,,2256202,00.html#article_continue) Para entonces ya era una de las mayores figuras afroamericanas y empujado por el alcalde de la ciudad, Brown utilizó aquel concierto para calmar las iras y propagar su funk-sensual-inofensivo como catalizador de las energías negras de América.
Desde entonces tienen la televisión y la NBA, el hip hop de la MTV, las comedias chorras y la comida rápida. El capitalismo negro, el analfabetismo, el modelo James Brown triunfó sobre el resto de modelos. Will Smith y su tío Phil, sí hermano, los negros tamién podéis ser ricos. Igualdad nominal de derechos, abismal diferencia de oportunidades.
Marlan lo tiene claro: Estados Unidos es un país racista. Barack Obama no podrá cambiar nada. Y el sueño de Luther King difícilmente se cumplirá. Descanse en paz.
Igualdad nominal de derechos, abismal diferencia de oportunidades.
Es una frase para recordar y utilizar; y ademas cuando uno que sea andaluz, californio, chino o surafricano, pueda superar y incluso ser ciego a los podos nacionalistas es capaz de ver un ser que quiera vivir con una sonrisa fiel, bendita sea la puta circunstancia.
No veo justificado ese pesimismo. Obviamente ni Obama ni ningún otro van a abolir el racismo (multidireccional, en un país multietnico) por decreto, ni tampoco tendría sentido. Las medidas del tipo discriminación positiva y similares han tenido unos resultados dudosos. Sin embargo EEUU, como Irán, Egipto, China o España es un país en costante cambio.
Durante los últimos 50 años la tendencia a la inclusión étnica ha avanzado lentamente y posiblemente siga así. La gente joven es mucho más receptiva a estos temas y la candidatura de Obama es, en cierto sentido, un epifenómeno de este proceso.
En buena medida los terribles indicadores sociales que sufre la población negra remiten a un problema posiblmente más inasumible por el sistema actual y a lo que Chomsky llamaba las cinco letras impronunciables: “clase”.
Todo referente al mundo afroamericano, en todo el continente americano.