Sumgait

Ahora que se ha abierto la veda de la caza del inmigrante me acuerdo de Sumgait. En Sudáfrica queman vivos a los zimbabuenses del barrio de Alexandra, en Johannesburgo. Y en Nápoles se conforman con incendiar chabolas porque pertenecen a la Europa desarrollada. Son matices de la civilización.

En Sumgait preferían el linchamiento. El 27 de febrero de 1988 un centenar de armenios fueron asesinados en esta próspera ciudad de Azerbaiján. Hasta el día anterior todos eran tan amigos, compañeros y vecinos a 18 kilómetros de Bakú. Pero claro, la convivencia no podía durar ni un segundo más.

Armenia (parte de la Unión Soviética, como también lo era Azerbaiján) reclamaba la región fronteriza de Nagorno-Karabaj y aquello era intolerable. Medios de comunicación y políticos de ambos bandos se encargaron de echar gasolina al fuego y el pueblo, estúpido como siempre, se agarró una erección patriotera.

El padre de Alim, que por entonces vivía en Sumgait, se olía lo peor. Un día le pegaban una paliza a un joven armenio, el otro violaban a una chica y así en un crescendo tan vomitivo como el que hoy ocurre en el sur de Italia o en las megalópolis sudafricanas.

Y el 27 de febrero estalló. La turba azerí se desplegó por la ciudad en busca de las casas armenias. Los vecinos eran obligados a confesar dónde vivía un armenio, cuando no delataban por propia voluntad. Esta era la parte más difícil del Pogrom. Lo que venía a continuación era más sencillo. Se trataba de matar, eso que el hombre sabe hacer sin necesidad de entrenamiento. Lo tenemos en la sangre.

El padre de Alim era campeón nacional de judo y por ello respetado en su comunidad. Cuando la turba llegó a su bloque de viviendas tuvo el valor de salir a recibirles a la puerta. El padre de Alim no era armenio, ojo, era un buen ruso de Moscú. Y también era un buen hombre. Afirmó que todos los vecinos armenios habían huido e impidió que ningún descerebrado entrara en la vivienda. Mientras tanto, decenas de armenios, vecinos de otras casas, familias enteras temblaban en el salón del padre de Alim.

La turba tardó en creerle y de hecho creo que nunca se lo tragó. Lo que salvó a aquellos armenios fue un niño de 6 ó 7 años. Venía huyendo de otra turba azerí, monstruo de mil cabezas, y pasó entre el padre de Alim y los quemabrujas de Salem. El padre de Alim siempre se arrepintió de aquel momento, porque no reaccionó a tiempo para coger a aquel niño y meterlo en la casa. La turba fue más rápida. Y el niño murió apaleado ante los ojos del padre de Alim.

Los compañeros de trabajo del padre de Alim eran armenios. La mayoría sobrevivieron al linchamiento, pero enseguida se fueron de Sumgait. Pero hubo dos hermanos que no lo pudieron contar. Se encerraron en su casa con toda la familia. Eran fuertes y durante horas repelieron a los hombres que trataban de entrar por las puertas y las ventanas. Pero al final del día, varios locos consiguieron derribar la pared desde el piso de al lado e invadieron la vivienda. Murieron todos en cuestión de minutos.

Tuvo que entrar el ejército ruso el día después para que los azerís se calmaran, bueno, no es eso, no es que se calmaran, es que se rajaron y se escondieron como ratas. Como las ratas napolitanas controladas por la Camorra y como las ratas sudafricanas. Y como las ratas armenias que asesinaron a cientos de inmigrantes azerís por las mismas fechas en Armenia. Y como todas las ratas que poblamos este mundo asqueroso.

1 Comentario

  1. Marlan el 21 May, 2008

    yo pienso que esos actos de expresión de modo violento somos nosotros.