Andalucía y la fascinación

11 de la mañana. Sigo en calzoncillos porque el calor es insoportable en este altillo. Granada. Afuera la ciudad permanece callada. Las fachadas blancas del Albaicín se doran al sol mientras un ejército de gorriones salta por los cipreses. Ayer por la noche puse fin a nuestro viaje sin sentido por Andalucía. Adiós a esta tierra. Las exequias tuvieron lugar en Antequera. Y el día anterior en Ronda. 11 de la mañana. Sigo en calzoncillos y trato de imaginar cómo fue aquel 7 de mayo de 1987.

Carlos Funcia lo contó así para El País:

“En la intimidad de una veintena de fotógrafos y tres cámaras de televisión fueron inhumadas ayer, en la finca Recreo de San Cayetano, propiedad del ex matador de toros Antonio Ordóñez, en Ronda, las cenizas del director de cine Orson Welles Ése era su deseo, según anunció recientemente su hija Beatrice, que hoy contrae matrimonio con el canadiense Christopher Schmidt, porque no quiere dar un contenido “triste” a este viaje a España

Tres guardias civiles, apeados de otras tantas motocicletas todo terreno, hacían de centinelas junto al arcén de la poco transitada carretera de Ronda a Campillos (Málaga), en cuyo kilómetro 6 se halla la finca Recreo de San Cayetano. Se trata de una típica casa andaluza comprada en los años 20 por el padre de Antonio Ordóñez. Allí nació este torero que, gracias a su amistad personal con Orson Welles y al cariño que dijo profesar el autor de Sed de mal por España y por Andalucía, será el guardián póstumo de sus restos. La ceremonia íntima de la inhumación tuvo como notarios a una veintena de fotógrafos y tres cámaras de televisión.

Con anterioridad, y mientras no dejaban de llegar vehículos Mercedes, un reportero gráfico de una conocida revista del corazón salía y entraba de la hacienda de los Ordóñez para dar instrucciones sobre cómo se iba a desarrollar la ceremonia: “Ellos se pondrán aquí un ratito; luego el cura rezará unas oraciones y luego meterán la arqueta en el pozo. No os mováis mucho”.

El mausoleo definitivo es un pozo ciego situado en un jardín que hace las veces de vestíbulo al aire libre, que fue regalado por el Ayuntamiento de Ronda al anfitrión, y en el que una inscripción reza: “Ronda, al maestro de maestros”, sin que se pueda establecer con precisión si el maestro en cuestión es Ordóñez o Welles.

Ellos eran Beatrice Welles, que, vestida de riguroso luto, portaba un saco azul marino, Christopher Schmidt, su novio canadiense, y el torero Ordóñez. Poco después, se sumó a ellos el alcalde de Ronda, Julián de Zulueta.

En segunda fila se hallaba Carmina Ordóñez y otros familiares y amigos que asistían a la ceremonia con gesto adusto. Beatrice, con ademán compungido, se limpiaba la nariz y las mejillas —justo donde terminaban sus gafas de sol— con pañuelos de tisú que le pasaban desde atrás.

Por fin, el sacerdote Gonzalo Huesa, amigo de Antonio Ordóñez, recitó un responso y unos salmos y declamó una pequeña plática en la que destacó la fidelidad como virtud esencial en este director de cine.

“Fue fiel a sí mismo y a sus criterios estéticos; quiso ser él mismo a través de sus personajes; fue fiel a su amistad con Antonio [Ordóñez] y sus amigos”. Y, por último, “si juntamos su amor a su profesión y a sus amigos, hay que decir que en este hombre está Dios”. A las 10.40, tras las exequias, el torero y la hija de Orson Welles y de la actriz Paola Mori liberaron del saco azul una pequeña arqueta de madera, la besaron y la depositaron en el fondo del pozo.”

11 y 5 de la mañana. Hace un par de días paseaba por el pasaje Orson Welles en el centro de Ronda y miraba a las profundidades del barranco que cruza la ciudad. La sierra plagada de bandoleros muertos. Apoyado en la barandilla del fabuloso puente de Ronda fantaseaba con las imágenes del pasado y creía ver en el horizonte la silueta amenazante de Pasos Largos, el príncipe de los bandoleros. Un hombre de rostro grave mira junto a mí. Viste una gabardina negra y su piel es pálida como una vela vacía. Es extranjero. Se llama Rainer María Rilke(1) y se aloja en el hotel Reina Victoria. Mañana será el último día de este desastroso 1912. Rilke tiene en sus manos un medallón con una fotografía en blanco y negro. Es la cara de una mujer que sonríe. Ella se llama Lou Andreas Salomé y es una rompecorazones del mundillo intelectual. Rilke suspira con la vista perdida en la serranía. La quiere tanto… La salud de Rilke es bastante endeble y su fortaleza emocional no es mucho mayor. En este frío diciembre de 1912 la gente se apura por las calles de Ronda, la ciudad soñada, huyendo de un viento que bate las esquinas. Por las calles más estrechas se agolpan los hombres que vuelven del campo y en el puente sólo estamos nosotros dos. Yo miro los campos pelados y pienso en el poeta del pasado que miraba un medallón. Hace frío. Rilke se guarda las manos en los bolsillos y echa a andar hacia la plaza de toros, el cuadrilátero más antiguo de España y fuente de inspiración de la tauromaquia de Goya. Le veo alejarse con la cabeza gacha. Sigo mirando al caballo de Pasos Largos, que relincha y se encabrita sobre el crepúsculo.

De vuelta al presente pienso en la fascinación que Andalucía es capaz de provocar. Son las 11 y 13 minutos. Sigo en calzoncillos pero ahora he doblado las piernas para no pisar el suelo. Rilke pasó varios meses en Ronda, atrapado por el halo romántico que cubría las tierras andaluzas a principios de siglo. Por entonces todos los espíritus románticos soñaban con estas tierras. Washington Irving la gozaba en cada esquina y tenía la Alhambra por residencia. Prospero Merimée paseaba por el barrio de Santa Cruz de Sevilla pensando en una mujer llamada Carmen, en una mujer que sería todas las mujeres y toda las pasiones de esta tierra andaluza tan salvaje. Y así uno tras otro. Viajeros de rostro grave, con la piel pálida y un medallón roto.

Pero no sólo fueron ellos, hubo otros escritores fascinados por Andalucía. Muchos más. Yo sólo voy a dar cuenta de los que me he ido encontrando en este viaje. Vi a Rilke sobre el puente de Ronda, vi a Gerald Brenan cerca de Yegen. También vi a Rafael Alberti, erguido en bronce, en una glorieta del Puerto de Santa María. Y estuve en el aula de Baeza donde Antonio Machado daba clases de francés. Campos de Úbeda y Baeza… Estuve con Irving hasta altas horas de la madrugada, hablando de las leyendas moras de la Alhambra. Sí, estuve con todos ellos. Estuvimos juntos durante un mes recorriendo las fascinantes tierras de Andalucía. Ha sido un viaje extraño y fascinante. Son las 11 y 33 minutos. Me siento un poco triste al despedirme de esta tierra. Ahora más que nunca necesito un medallón.    

(1): Rilke sobre Ronda: “No hay cosa más inesperada en el mundo que esta ciudad española, salvaje y montañera (…). Un conjunto escarpado y tenaz soportando una ciudad muy blanca coronada de algunas iglesias rojizas de robusta fábrica. Todo parece apiñado, elevado en el aire transparente y expuesto ante el juicio perpetuo de un vasto círculo de montañas”

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