Hans Peter Richter
Antes de embarcarme en el Sandokán pasé dos semanas en La Paz. Durante aquellos días me dediqué a ser el amigo de un amigo, a pasear entre indios y a fumar marihuana. No fue especialmente duro y aunque en los primeros días me sentí turbado a causa de la altitud, recuerdo que aquellas dos semanas en el barrio de Sopocachi fueron bastante felices.
Me hospedé en el amplio departamento del amigo de un amigo. Mi amigo era un antiguo compañero de estudios y sin saberlo los dos nos escondíamos del otro, jurando no vernos más las caras si no era siempre en una ciudad distinta. En esta ocasión regresábamos de Buenos Aires. Su amigo, el amigo de mi amigo, era un francés llamado David, cooperante en la empobrecida y saladamente famosa región de Uyuni. El departamento pertenecía al organismo internacional que financiaba sus proyectos. Y nosotros, mi amigo y yo, vivíamos a costa de la solidaridad internacional.
Un día, no recuerdo si en la primera o en la segunda semana, nos quedamos sin cigarrillos. No habíamos previsto salir a la calle y mucho menos abandonar el mullido ambiente de la habitación. Teníamos los ojos rojos. Así que el contacto con el viento helado de los Andes me dolió en las mejillas y enfrió de súbito el ardor generalizado de mi cuerpo. Tomamos un taxi y nos dirigimos al centro de la ciudad, pues habiendo abandonado ya el submarino de los ingenios no había motivo para quedarse en el aburrimiento del barrio residencial de Sopocachi.
Cerca de El Prado, la gran avenida que discurre por el centro de La Paz, encontramos una terraza agradable y nos sentamos a tomar unas cervezas.
En esa terraza, frente al Ministerio de Salud, empezó el problema de identidad.
Dos chicas recién salidas de su adolescencia jugaban con un libro en la mesa contigua. Gritaban y se reían con grandes carcajadas, animando el ambiente del bar y despertando a nuestro grupo de la inevitable somnolencia que nos persiguió a lo largo de dos semanas. Además de mi amigo y de mí mismo, felices aquellos días por haber cumplido las condiciones de nuestro acuerdo y haber merecido por tanto un encuentro saludable, además de nosotros, digo, se encontraban en la mesa dos franceses que, de paso en la ciudad, también vivían a costa de la solidaridad internacional. Conformábamos pues un grupo divertido, de jóvenes ingeniosos, propensos a la broma y amantes de la solidaridad internacional.
Uno de los dos franceses se levantó en un momento dado y se acercó a la mesa de las dos chicas. Nos hizo luego un gesto y el resto del grupo divertido nos sentamos a la mesa ajena. El libro que presidía la mesa tenía un dibujo infantil en la portada y el nombre del autor en grandes letras: Hans Peter Richter.
Será porque aborrezco cualquier tipo de aproximación o será porque la inercia de los días anteriores me llevaba a bromear con todo el mundo. Pero cuando una de las dos adolescentes bolivianas me preguntó mi nombre no pude reprimir una rápida contestación. Hans, me llamo Hans, le dije. Mi amigo, al que sólo he visto en contadas ocasiones desde entonces debido a nuestro descabellado trato, me miró de soslayo y acercó su silla a la mía. El espectáculo estaba a punto de comenzar.
Tomó el libro entre sus manos y se golpeó la frente. Caramba, casualidad entre casualidades, estas chicas están leyendo tu libro Hans. Fingí cierta sorpresa e imité un gesto de fastidio, pareciendo acostumbrado al reconocimiento de mi obra entre el público boliviano.
Las chicas dudaron un segundo pero viendo la naturalidad con la que ambos actuábamos decidieron darnos una oportunidad. Mi amigo ya estaba hablando de la apretada agenda que padecíamos en aquellos días, saltando de entrevista en entrevista, convertido para mi agrado en sagaz editor. Y yo mientras tanto escribiendo líneas sin sentido sobre una servilleta, con la mirada ausente. Le pregunté a una de las dos chicas su opinión sobre mi libro. En verdad quería conocerla, pero una opinión justa, no las habituales alabanzas insustanciales. Necesitaba la crítica de una lectora honesta. Por una vez.
La chica no supo que decir, supongo que se sintió ligeramente abrumada pues en el fondo no se trataba más que de un libro de lectura obligatoria en el instituto, un libro que quizás no había leído. Aunque resultó que sí lo había leído, y que además tenía unas cuantos reproches que hacerme.
Si quería continuar con la farsa necesitaba saber ya sobre qué demonios versaba mi libro. El título no lo recuerdo pero sé que contaba la historia de un niño superviviente del holocausto nazi. No sé en que estaba pensando cuando escribí este relato y coincidía con la opinión de mi interlocutora: era una obra innecesaria.
Leí la información de la solapa y argumenté en mi defensa que el conflicto racial de mediados de siglo todavía palpitaba entre los europeos y que tanto en mi Alemania natal como en cualquier otro punto del continente el discurso de mi obra seguía siendo válido. Y aún más debería serlo en su país, azotado por un verdadero racismo, mucho más cruel que el europeo, en el que la población indígena mayoritaria vivía todavía bajo el yugo de una minoría blanca. Animé a mi lectora a reinterpretar todos los signos de mi novela y a experimentar la tragedia del protagonista como un punto de vista ingenuo e inocente sobre el conflicto. El enlace emotivo y estructural con el lector joven, público al que iba dirigido mi trabajo.
Aquella explicación convenció definitivamente a la joven boliviana sobre mi identidad. Me pidió que le dedicara el libro y lo hice con el más sincero cariño, convertido por completo en el único Hans Peter.
Al otro lado de la mesa los dos franceses imitaban nuestro juego y se jactaban de ser miembros de una orquesta tropical que aquella noche actuaba en un lujoso hotel de la ciudad. El grupo divertido que antes éramos se había convertido en un interesante colectivo, dos músicos, un escritor centroeuropeo y su editor, cuatro habitantes de habitaciones colectivas en el mismo hotel.
Un rato después el espectáculo dejó de parecernos divertido y nos despedimos, recibiendo el teléfono de aquellas admiradas señoritas a las que prometimos invitar al concierto de la falsa orquesta tropical.
El problema de identidad se fraguó en este inocente episodio. Unos días después mi amigo tomó un avión y volvió a Barcelona. Los dos franceses desaparecieron tan livianos como llegaron. Y yo me dirigí a la selva en busca de un barco fantasma, recordando el placer experimentado al convertirme en Hans Peter Richter. Quién sería en realidad Hans Peter y qué importaba eso. En todo caso era un extraño y yo me había apropiado de su nombre, regalándole una nueva personalidad, una segunda juventud y una extensión inesperada en el universo. Quién sabe, quizás también hasta un par de lectoras.
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