Hans Peter Richter

Antes de embarcarme en el Sandokán pasé dos semanas en La Paz. Durante aquellos días me dediqué a ser el amigo de un amigo, a pasear entre indios y a fumar marihuana. No fue especialmente duro y aunque en los primeros días me sentí turbado a causa de la altitud, recuerdo que aquellas dos semanas en el barrio de Sopocachi fueron bastante felices.

Me hospedé en el amplio departamento del amigo de un amigo. Mi amigo era un antiguo compañero de estudios y sin saberlo los dos nos escondíamos del otro, jurando no vernos más las caras si no era siempre en una ciudad distinta. En esta ocasión regresábamos de Buenos Aires. Su amigo, el amigo de mi amigo, era un francés llamado David, cooperante en la empobrecida y saladamente famosa región de Uyuni. El departamento pertenecía al organismo internacional que financiaba sus proyectos. Y nosotros, mi amigo y yo, vivíamos a costa de la solidaridad internacional.

Un día, no recuerdo si en la primera o en la segunda semana, nos quedamos sin cigarrillos. No habíamos previsto salir a la calle y mucho menos abandonar el mullido ambiente de la habitación. Teníamos los ojos rojos. Así que el contacto con el viento helado de los Andes me dolió en las mejillas y enfrió de súbito el ardor generalizado de mi cuerpo. Tomamos un taxi y nos dirigimos al centro de la ciudad, pues habiendo abandonado ya el submarino de los ingenios no había motivo para quedarse en el aburrimiento del barrio residencial de Sopocachi.

Cerca de El Prado, la gran avenida que discurre por el centro de La Paz, encontramos una terraza agradable y nos sentamos a tomar unas cervezas.

En esa terraza, frente al Ministerio de Salud, empezó el problema de identidad.

Dos chicas recién salidas de su adolescencia jugaban con un libro en la mesa contigua. Gritaban y se reían con grandes carcajadas, animando el ambiente del bar y despertando a nuestro grupo de la inevitable somnolencia que nos persiguió a lo largo de dos semanas. Además de mi amigo y de mí mismo, felices aquellos días por haber cumplido las condiciones de nuestro acuerdo y haber merecido por tanto un encuentro saludable, además de nosotros, digo, se encontraban en la mesa dos franceses que, de paso en la ciudad, también vivían a costa de la solidaridad internacional. Conformábamos pues un grupo divertido, de jóvenes ingeniosos, propensos a la broma y amantes de la solidaridad internacional.

Uno de los dos franceses se levantó en un momento dado y se acercó a la mesa de las dos chicas. Nos hizo luego un gesto y el resto del grupo divertido nos sentamos a la mesa ajena. El libro que presidía la mesa tenía un dibujo infantil en la portada y el nombre del autor en grandes letras: Hans Peter Richter.

Será porque aborrezco cualquier tipo de aproximación o será porque la inercia de los días anteriores me llevaba a bromear con todo el mundo. Pero cuando una de las dos adolescentes bolivianas me preguntó mi nombre no pude reprimir una rápida contestación. Hans, me llamo Hans, le dije. Mi amigo, al que sólo he visto en contadas ocasiones desde entonces debido a nuestro descabellado trato, me miró de soslayo y acercó su silla a la mía. El espectáculo estaba a punto de comenzar.

Tomó el libro entre sus manos y se golpeó la frente. Caramba, casualidad entre casualidades, estas chicas están leyendo tu libro Hans. Fingí cierta sorpresa e imité un gesto de fastidio, pareciendo acostumbrado al reconocimiento de mi obra entre el público boliviano.

Las chicas dudaron un segundo pero viendo la naturalidad con la que ambos actuábamos decidieron darnos una oportunidad. Mi amigo ya estaba hablando de la apretada agenda que padecíamos en aquellos días, saltando de entrevista en entrevista, convertido para mi agrado en sagaz editor. Y yo mientras tanto escribiendo líneas sin sentido sobre una servilleta, con la mirada ausente. Le pregunté a una de las dos chicas su opinión sobre mi libro. En verdad quería conocerla, pero una opinión justa, no las habituales alabanzas insustanciales. Necesitaba la crítica de una lectora honesta. Por una vez.
La chica no supo que decir, supongo que se sintió ligeramente abrumada pues en el fondo no se trataba más que de un libro de lectura obligatoria en el instituto, un libro que quizás no había leído. Aunque resultó que sí lo había leído, y que además tenía unas cuantos reproches que hacerme.

Si quería continuar con la farsa necesitaba saber ya sobre qué demonios versaba mi libro. El título no lo recuerdo pero sé que contaba la historia de un niño superviviente del holocausto nazi. No sé en que estaba pensando cuando escribí este relato y coincidía con la opinión de mi interlocutora: era una obra innecesaria.

Leí la información de la solapa y argumenté en mi defensa que el conflicto racial de mediados de siglo todavía palpitaba entre los europeos y que tanto en mi Alemania natal como en cualquier otro punto del continente el discurso de mi obra seguía siendo válido. Y aún más debería serlo en su país, azotado por un verdadero racismo, mucho más cruel que el europeo, en el que la población indígena mayoritaria vivía todavía bajo el yugo de una minoría blanca. Animé a mi lectora a reinterpretar todos los signos de mi novela y a experimentar la tragedia del protagonista como un punto de vista ingenuo e inocente sobre el conflicto. El enlace emotivo y estructural con el lector joven, público al que iba dirigido mi trabajo.
Aquella explicación convenció definitivamente a la joven boliviana sobre mi identidad. Me pidió que le dedicara el libro y lo hice con el más sincero cariño, convertido por completo en el único Hans Peter.

Al otro lado de la mesa los dos franceses imitaban nuestro juego y se jactaban de ser miembros de una orquesta tropical que aquella noche actuaba en un lujoso hotel de la ciudad. El grupo divertido que antes éramos se había convertido en un interesante colectivo, dos músicos, un escritor centroeuropeo y su editor, cuatro habitantes de habitaciones colectivas en el mismo hotel.

Un rato después el espectáculo dejó de parecernos divertido y nos despedimos, recibiendo el teléfono de aquellas admiradas señoritas a las que prometimos invitar al concierto de la falsa orquesta tropical.

El problema de identidad se fraguó en este inocente episodio. Unos días después mi amigo tomó un avión y volvió a Barcelona. Los dos franceses desaparecieron tan livianos como llegaron. Y yo me dirigí a la selva en busca de un barco fantasma, recordando el placer experimentado al convertirme en Hans Peter Richter. Quién sería en realidad Hans Peter y qué importaba eso. En todo caso era un extraño y yo me había apropiado de su nombre, regalándole una nueva personalidad, una segunda juventud y una extensión inesperada en el universo. Quién sabe, quizás también hasta un par de lectoras.

                                                                                           Hans Peter con su editor

Julián Conrado

Durante una semana hemos sufrido un ensayo de conflicto en los Andes. Un ensayo absurdo y con algo de patético, características inherentes a gran parte de las tensiones latinoamericanas. Uno de los militares que participó en la Operación Fénix portaba una cámara con la que registró los acontecimientos de aquella madrugada de sábado. En el vídeo, su voz resume perfectamente lo absurdo del escenario: “¡El barbuchas que queríamos ya lo tenemos, hermano! ¡Entréguense, no se hagan matar chimbamente!”

Hacerse matar chimbamente… en eso consiste todo.

El barbuchas era Raúl Reyes, número dos de las FARC. A estas alturas eso lo sabemos todos, tamaña indigestión informativa nos ha provocado la última semana, con movimiento de tropas anunciado en “Aló, Presidente”, expulsión de diplomáticos, amenazas de denuncia ante la CPI… Pero Raúl Reyes no murió sólo, al barbuchas le acompañaron 22 cadáveres que se hicieron matar chimbamente. Entre ellos estaba el de Julián Conrado. 

El verdadero nombre de Julián era Guillermo Enrique Torres Cueter. Era un tipo peculiar. Además de terrorista (bueno, si Chávez me escucha igual me envía sus nuevos aviones rusos) o rebelde o asesino o justiciero o como cada cual prefiera llamarle, pues además de todo eso nuestro amigo Conrado era músico y compositor, un poeta de la canción fariana, que es un género musical propio de la guerrilla y derivado del estilo vallenato.

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Conrado era un tipo muy querido entre las FARC. Cada día los guerrilleros tienen que participar en la Hora Cultural y los que estaban cerca de Conrado tenían la diversión asegurada. Tocaba la guitarra e interpretaba alguno de sus más sonados éxitos, como “Hasta la victoria siempre” o “El baile del guerrillero”. La verdad es que la canción se le daba bien al tal Conrado y el Secretariado lo utilizaba para difundir sus mensajes entre los combatientes y los civiles.

Auspiciado por Tirofijo y los otros, Conrado llegó a grabar 7 discos de amplia repercusión nacional. El primero se titulaba “Mensaje Fariano” y fue todo un éxito. El resto siguieron la inercia hasta consolidarle en el mercado de ventas subterráneas. Los discos se grababan en los campamentos que las FARC tenía en la selva (departamento de Caquetá) y para conseguir un resultado óptimo se utilizaban a los mejores músicos de la zona. Muchos colaboraban voluntariamente. A otros los secuestraban, los recluían durante días y luego los soltaban. Eso sí, los productores de las FARC estaban por el intercambio cultural y en las solapas de los discos animaban a que la gente los copiase y los divulgase por todo el país.

El billboard fariano incluye a otros artistas, pero ninguno tan querido como Julián, quien además llegó a convertirse en uno de los ideólogos de la organización. Tenía arte, gracejo, una habilidad especial para rimar y cantar, quizás también para emocionar. Su vida osciló entre la guitarra y el fusil, entre las ideas y la acción. Tenía un don. Y se hizo matar chimbamente.

P.D: Días después también murió Iván Ríos, otro dirigente de las FARC. Lo mataron sus propios compañeros para cobrar la recompensa de 5 millones de dólares. Supongo que murió por la causa.  

Mi laberinto asiático

El 8 de agosto me voy de viaje. Un autobús me tiene que llevar desde Barcelona a Bucarest y desde la capital rumana se abre un año entero para vagar sin objeto por el continente asiático. Qué bien. Desde hace meses preparo el viaje con cierta cautela y ya he salvado algunos escollos. Sin embargo… Sin embargo se alza un muro que parece imposible de sortear, una barrera imaginaria sobre la que alguien ha pintado la palabra VISADOS.

Resulta que para entrar en Rusia hace falta contratar un seguro médico y recibir una carta de invitación de algún hotel u organización. Aún no sé si basta una reserva de un día o la invitación tiene que ser más personal. Por otra parte, que ruindad llamarle invitación al documento que sólo se expide después de pagar.

En Uzbekistán ocurre tres cuartos de lo mismo, con el agravante de que no hay embajada en España y todos los trámites se han de llevar con París. Además resulta que la validez del visado es sólo de 90 días y para cuadrar su cobertura con nuestra estancia en el país tendremos que solicitarlo en nuestra última semana en Barcelona.

En esas fechas también tendremos que pedir el visado indio, por el mismo motivo. Y quién sabe si el de Nepal. Creo haber leído que se puede gestionar en la frontera del país, pero nuestra amiga en la agencia de viajes dice que no. Si tiene razón los últimos días de julio prometen emociones fuertes.

Dos visados más para tramitar desde España: el de Irán y el de Vietnam. Del primero, desmentir la leyenda urbana sobre las fotografías femeninas: si una chica pide la visa no es necesario que en las fotos aparezca tocada con un pañuelo. Cuando se lo sugerí al tipo de la embajada incluso se enfadó y me lo negó rotundamente. Eso sí, me dijo, si la chica es norteamericana o canadiense hay que seguir un papeleo especial. Y si en mi pasaporte aparece el sello israelí no puedo entrar en el país.

Del de Vietnam, sólo falta confirmar si necesito reserva de vuelos de ida y vuelta. Queremos entrar por tierra, así que habrá que asegurar. Ayer me enviaron el formulario de solicitud a un fax en Barcelona. Es el fax de la empresa de mi padre, quien olvidó avisar a sus compañeros de la inminente llegada. Hoy el formulario yace descuartizado en cualquier papelera de oficina.

Desde Vietnam entraremos en China. Queríamos hacerlo por tierra, pero dado que llegaremos al país de Mao nueve meses después de nuestra partida, no podemos hacernos el visado en España. La única opción la ofrece el aeropuerto internacional de Hong Kong. Vuelo a la vista (250 euros desde Hanoi)

Menos problemas ofrecen otros países. El visado tailandés se puede sacar en la India, mientras que Camboya y Laos permiten hacerlo en la frontera. Eso sí, siempre que no entres desde Vietnam porque se ve que ese país tiene muy mala fama en la zona y nadie quiere hacerse cargo de los turistas que entren por el país de Ho Chi Minh. Encaje de bolillos.

Así que el viaje del 8-8-08 arranca con problemas. Y para colmo la amiga de la agencia de viajes, que vende paquetes turísticos como podría vender chuletas y que además no sabe donde está Tashkent, me dice que es necesario comprar el pasaje del Transiberiano antes de solicitar el visado ruso. Por supuesto, no la creo. Pero he sondeado los precios por internet y parece que en el último mes han subido los precios. ¿Por qué? Eso sí que no lo sé, forma parte del laberinto asiático.

Un laberinto ficticio, claro. Porque luego pasará lo de siempre, en el terreno todo resultará más fácil y alcance de la mano. Cosas de la distancia. Espero.

P.D: Desde aquí, si alguien se ve con ánimos de asesorarme en la tramitación de visados, que no dude en escribirme. Prometo enviar postal.

Quinteto de Buenos Aires

Entre otras cosas, el gobierno de Néstor Kirchner (2003-2007) será recordado por la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Ambas medidas habían sido adoptadas en 1987 por el entonces presidente Raúl Alfonsín con la intención de cerrar una etapa en Argentina sin mayores sobresaltos. Los crímenes ocurridos durante la dictadura no podían ser juzgados. No hubo sobresaltos, pero Argentina entró en la democracia con un debe imperdonable.

Cuando llegó a la presidencia Kirchner derogó las leyes y abrió un nuevo camino. Se sucedieron entonces las acusaciones, los juicios multitudinarios y también, lamentablemente, el asesinato de testigos. Hoy leo en El País que han encontrado muerto a Paúl Navone. Era un militar retirado a las sierras cordobesas. Era un viejo diabético. Pero también fue cómplice de una de las mayores tragedias ocurrida durante la dictadura militar (1976-1983): el robo de recién nacidos.

Recuerdo ahora la película “La Historia Oficial”, protagonizada por Héctor Alterio y Norma Aleandro. Dirigía Luis Puenzo. Era 1986. La sociedad argentina aún se palpaba las heridas y en aquella película ya se abordaba el dolor de los padres cuyos hijos fueron robados y el dolor de los padres que habían robado hijos ajenos. Niños de entonces y hombres de ahora que aún descubren que sus padres, los que siempre creyeron que eran sus padres, sólo eran unos criminales.

El poeta Juan Gelman sufrió en su familia este robo planeado de niños. El 26 de agosto de 1976 su hijo y su nuera fueron secuestrados por miembros del ejército. Él tenía 20 años, ella 19 y un embarazo de 7 meses.  Hasta 1990 Gelman no volvió a saber de su hijo: le esperaba muerto desde hacía años en el fondo de un río. Su nieta había sido trasladada a Uruguay, en el marco del Plan Cóndor, y entregada a otra familia. En el año 2000, abuela y nieta pudieron conocerse.

Las consecuencias de las barbaries pasadas llegan hasta hoy. Hay muchos culpables en libertad y muchos intereses en juego. Hay muchos chicos con apellidos manchados de sangre. Y mucho miedo a la cárcel. Por eso ha muerto Paúl Navone, que estaba a punto de delatar a sus compañeros. Su cuerpo ha aparecido con un tiro en la sien y una 9 milímetros al lado. La policía estudia si se trata de un suicido o de un homicidio. Los precedentes hablan por sí solos.

El 10 de diciembre de 2007 apareció muerto el torturador Héctor Febres en el interior de su celda. También al principio se especuló con el suicidio, pero luego encontraron cianuro en su cuerpo. Casualmente, Febres había dicho a sus familiares que pensaba declarar y tirar de la manta. La jueza Sandra Arroyó concluyó que Febres fue asesinado para que no hablara sobre la represión ilegal.

Y aún más. En septiembre de 2006 desapareció sin dejar rastro Jorge Julio López. Antiguo militante peronista, López había pasado tres años secuestrado (1976-79) y era uno de los principales testigos en las causas contra varios torturadores y militares. Su testimonio fue decisivo para el encarcelamiento de Miguel Etchecolatz, quien fue condenado a cadena perpetua por genocidio. Justo después de que la condena se hiciera pública, Jorge desapareció.

P.D: El título pertenece a una novela de Manuel Vázquez Montalbán. En ella el inspector Carvalho cae sin redes en la nueva Argentina, la que aún se palpa las heridas.

Villa El Salvador

Como todas las buenas historias, ésta llega por casualidad. Sin pensarla, sin incitarla. Llega mientras escucho una canción de la banda francesa Indochine, una canción que lleva por título “Bienvenue chez les nus” y que me intriga por la mezcla del francés y el español en su letra. Me intriga también que en algunos fragmentos de la canción se hable del Perú y que la introducción presente alocuciones y proclamas de acento subversivo. Me intriga tanto que acudo a la red para resolver las dudas.

En un foro sobre la banda un peruano llamado Hugo aclara a otras mentes dubitativas, en este casos francesas, que la letra de la canción es un homenaje a Villa El Salvador, una población peruana. Hugo se ofrece a ampliar sus explicaciones si alguen se lo pide, pero no tengo tanto tiempo. Busco algo sobre Villa El Salvador en Google y de repente ahí está, la historia dibujada y lista para servir, la respuesta que resuelve el misterio de la canción de Indochine.

En febrero de 1970 un porrón de familias invade terrenos del Estado en las afueras de Lima. No tienen un lugar donde vivir y son pobres, muy pobres. La necesidad les ha llevado a la ocupación y tienen previsto establecerse en ese lugar. Pero el Ministerio de Vivienda tiene otros planes para ellos, pretende desalojarlos con guante de seda, lo que consigue mediante un acuerdo que se convierte en papel mojado tran pronto se levantan los campamentos.

Hartas de esperar que se cumpla el convencio, las 80 familias que lo han firmado vuelven a ocupar los terrenos en mayo de 1971. Para evitar otro desalojo esta vez organizan perfectamente sus pasos y los mantienen en secreto, avisando del día D y la hora H a sus familiares con pocas horas de antelación. La ocupación es un éxito y pronto muchos otros pobres del extrarradio limeño se suman a ellos. El número de familias acampadas en las chabolas crece rápidamente y las fuerzas de seguridad se ven desbordadas. Como no saben qué hacer acaban repartiendo estopa y un joven muere en las refriegas. Es el primer mártir de Villa El Salvador, pero su ejemplo da valor al resto de jóvenes y los “invasores”, como les llama el gobierno, se mantienen en pie. Toman las decisiones en asambleas y consiguen el apoyo de la iglesia. Con la opinión pública internacional pendiente del tema, al presidente Velasco Alvarado no le queda más remedio que aceptar la derrota. Propone a las familias una reubicación en unos terrenos cercanos y el 11 de mayo, diez después de ocupar las tierras, las familias aceptan la oferta oficial. Nace Villa El Salvador, que sólo un mes después ya contará con 100.000 habitantes.

Comienza entonces un duro trabajo en el que todos los hombres y mujeres colaboran para levantar de la nada una ciudad nueva. En nada se parece esta experienca a la construcción de Brasilia, la capital de Brasil que en los años 60 fue diseñada sobre plano y erigida desde cero. En Villa El Salvador se crean comités, se vota hasta el último punto y todos los pobladores participan activamente. Sin saberlo se han convertido en un ejemplo para el mundo y en pioneros de la democracia participativa. La ciudad comienza a crecer y pronto se dota de las infraestructuras necesarias, pasa el tiempo, mejora la calidad de vida y no se pierde el control popular del poder. En 1985 el Papa Juan Pablo II visita Villa El Salvador y también lo hará más tarde Luiz Ignacio Lula da Silva en su época de dirigente sindical. En 1987 se le concede a la ciudad el premio Príncipe de Asturias a la Concordia y en el siglo XXI, tras superar el azote del terrorismo de Sendero Luminoso, se presenta la Universidad Tecnológica del Cono Sur con sede en Villa El Salvador.

Poco se puede añadir. Es un ejemplo necesario: cuando los hombres trabajan juntos, cuando las comunidades aprietan desde abajo y no cesan en el empeño, cuando esto ocurre, entonces sí que parece cierto que otro mundo sea posible. Luchando por lo tangible, por la casa y la comida, luchando en el día a día y en el campo que se extiende ante los ojos de cada uno. En La Habana había una sentencia pintada en la pared: “Sólo un cristal se raja, los hombres mueren de pie”. De pie murió aquel joven en 1971, pero también gracias a él hoy nos queda algo de optimismo.

El corazón de Yegor Letov

El corazón de Yegor Letov se paró la madrugada del pasado 19 de febrero. También de madrugada, al otro lado del mundo, su admirado Fidel Castro salía de escena refugiado en un artículo del Granma. Hay quien quiere ver mensajes ocultos en esta coincidencia. No seré yo quien le quite misticismo a la madrugada del 19 de febrero.

Yegor Letov era el padre del punk ruso, líder de la banda Grazhdanskaya Oborona. Se pasó los años 80 criticando al sistema soviético y parodiando sus numerosas grietas. Cuando cayó el muro a Yegor Letov le entró una nostalgia grandísima y a veces se paraba en los caminos, apoyaba la cabeza en su puño (el izquierdo, claro) y recordaba los buenos tiempos del comunismo.

Evidentemente yo no conocía a Yegor Letov. Supe de él ayer por la noche en una de nuestras habituales reuniones del Consejo de Seguridad del Realejo en el bar La Hormiga. Un miércoles cualquiera salgo de casa y sin saber cómo acabo discutiendo con dos rusos y un cubano que, para colmo, no se conocen entre ellos. Es lo que tiene la noche en este barrio, donde se cruzan todas las nacionalidades y donde está mal visto hablar en inglés.

Elier es un habanero apocado que busca algún camino. Hablamos del trabajo, de su nueva casa, de ese diente de oro tan bonito que gasta y, claro, del retirado Fidel. La conversación es fluida y estamos de acuerdo en todo: no se me revolucionen en Miami, por lo menos todavía. Bebemos cerveza y Elier escenifica sin saberlo el tipo cubano que tanto me gusta: el hombre que está hasta el gorro del sistema pero que sabe cuanto le debe, el hombre que quiere cambio pero que adivina en el futuro una nostalgia similar a la de Yegor Letov.

Aún no conocemos a Letov, pero estamos a punto. Aparecen en la barra Iván y Alim, el primero es de los Urales y el segundo de Daguestán. El segundo es muy majo, pero el primero da un miedo paralizador. Es alto, fuerte y lleva una cazadora de cuero negro. Me pide un cigarro y me falta tiempo para darle un paquete entero. Comenzamos a hablar y el miedo se me olvida al mencionar la palabra Kosovo.

Enrique hacía burla en uno de sus posts sobre la sensación de odio que sienten los ortodoxos por parte de Europa y Estados Unidos. Yo me reía al leerle. Pero escuchando a Ivan se entienden muchas cosas: todo lo que pasa en Serbia, todo lo que pasa en Rusia, todo se debe al odio secular, al racismo, a la ojeriza que el mundo occidental le tiene a los ortodoxos. Me saca un par de palmos pero yo me crezco cuando defiende la guerra de Bosnia y explicita su odio a musulmanes, albaneses y rumanos. No es racista, me dice, ya estaba yo esperando esa coletilla.

Y aunque esgrimo mis mejores razones voy quedando ensombrecido, preveo un sopapo que nunca llega. Alim apoya las tesis de Ivan con certeros y documentados fogonazos. El otro me sigue pidiendo cigarros y casi llora al hablar del bombardeo de Belgrado. Si las cosas en la vida me van mal, cojo una escopeta y me voy a Serbia, a defender a la gran Serbia; eso es lo único que me toca los cojones en este mundo (palabras textuales)

Ya no quiero entrar en debates históricos ni nacionales, totalmente lleno de sombra me limito a sisear que para valorar la independencia de Kosovo hay que tener en cuenta la última guerra y la limpieza étnica, las víctimas joder. E Ivan lo niega todo, habla del pasado, habla de la manipulación informativa, habla de Tito, de la calidad de vida en Yugoslavia, de Yegor Letov y la nostalgia.

Y ahí está Yegor Letov, el punky muerto que me abre la puerta de salida. A mis espaldas, calladito y escuchando está el habanero apocado. Cierto: pago su bondad tropical con una vil traición. Les digo a los rusos que éste es cubano y cuando me aparto y ven al chico negro, sonriendo con su diente de oro, los dos abren unos ojos como platos. Se dan las manos y hablan de los Certificados B (la moneda que usaban en Cuba los técnicos extranjeros), hablan del barrio de Alhamar (donde vivían los mismos técnicos) y hablan también de la protojinetería a cambio de un kilo de detergente. Hablan de la nostalgia claro y cuando los tres se funden en un abrazo yo aprovecho y me escabullo.

Les miro desde la barra, fumando el último cigarro, el único que ha podido salvarse de Iván el Terrible. Cuando me acabe la cerveza me iré a casa, pienso. Estos tres se quedarán aquí hablando del corazón de Yegor Letov y de la nostalgia. Tienen para rato.

Se me acumulan las necrológicas

Vuelvo de una de esas situaciones que tanto gustan a los escritores. Una llamada teléfonica a primera hora de la mañana, una muerte en la familia, un largo viaje en tren, una ciudad donde pasé parte de mi infancia, la misma ciudad que no visito desde hace años. Los viejos parientes a los que nunca veo, con los que nunca hablo, un entierro bajo una lluvia fina, y de nuevo un tren de madrugada que cabalga por el Levante en busca de Andalucía.

Se me acumulan los obituarios. Antes de mi pérdida familiar, murió Volodia Teitelboim (1916-2008) Hace días que quería recordarle. Fue político y escritor, comunista antiguo, llegó a ser Secretario General del Partido Comunista chileno. Estuvo en el exilio con Pinochet, y antes en Santiago con Allende. Desde Moscú dirigía el programa radiofónico “Escucha Chile” y aparecía su testimonio, su huella y su acento, en casi todos los documentales de Patricio Guzmán.

Gracias a Volodia yo entendí un poco más de Chile. Mi amigo Felipe, justo antes de despedirnos, quién sabe si para siempre, me regaló un libro suyo: “La gran guerra de Chile y otra que nunca existió” (2000) Lo leí en la semana siguiente, mientras recorría en autobús las carreteras que llevan de Santiago a Puerto Montt, a Castro, a Ancud, a esa Nueva Galicia que fue la isla de Chiloé.

En el libro se disecciona el advenimiento del golpe de estado y se desmonta pieza a pieza la burda excusa oficial: el país no necesitaba a ningún militar que le salvase de las hordas comunistas, simplemente porque no había hordas comunistas, había personas, gentes, pero no soldados al asalto del estado. Esos fueron otros. Esa fue la gran guerra de Chile y la otra fue la que nunca existió.

En mi librería de Granada hay otro libro de Volodia, una biografía de Pablo Neruda. A Volodia le gustaba la poesía y posiblemente era uno de los mayores expertos en la prolífica creación poética chilena. Huidobro, de Rockha, Mistral, Bolaño. Y al otro lado de los Andes. “Los dos Borges” es una personal biografía del escritor ciego que nadie debiera perderse.

En fin, murió Volodia Teitelboim el 31 de enero. Y el 13 de febrero le siguió al cementero el cantante francés Henri Salvador.  Tenía 90 años y 70 de experiencia sobre el escenario. Tenía una voz de trapo y una voz de humo, y tiene para siempre una canción titulada “Un tour de manège”;  con ella mirar el mar, o mirar el cielo, o mirar sin ver, que más da, con ella me siento bien y todo parece estar bien.

Se me acumulan los obituarios. Canta el muerto Henri.

Spain is different

Se hunde Trinidad

Durante tres días me llamaron Zidane y yo me sentí un ídolo. Fue todo tan absurdo. Un taxista venía a recogerme a la puerta del hotel y subidos en su moto salíamos del centro de la ciudad en busca de un barrio lejano. El asfalto desaparecía y acabábamos por dar tumbos sobre una pista de tierra. Frente a un pequeño puente se encontraba la cancha de fútbol. Y ahí estaba yo, jugando con unos niños de 13 años y abusando de ellos (siempre dentro de la legalidad) en todas las jugadas. Los muchachos, sorprendidos de compartir partido con un gringo, se dejaban regatear. Y el taxista, que se llamaba Diego, me aplaudía desde la carretera. Todo eso ocurrió en Trinidad. Y hoy se hunde Trinidad.

Trinidad, capital del departamento de Beni (Bolivia) siempre ha tenido problemas con las inundaciones, de hecho en 1769 tuvo que arremangarse las enaguas y trasladarse 14 kilómetros por culpa de las lluvias. Con el paso del tiempo, y a la vista que el traslado poblacional resultaba poco útil, desarrollaron nuevas medidas para atajar las crecidas del río Mamoré. La última, un anillo de contención que rodea la ciudad. Todo eso ocurrió en Trinidad. Y a pesar de ello, hoy se hunde Trinidad.

El agua está a punto de sobrepasar el dique (las crecidas rondan los 20 centímetros diarios) en tres cuartas partes de su perímetro. Ya hay 10.000 familias afectadas y una veintena de albergues improvisados en zona segura. El escenario está listo y ahora sólo falta que el agua dé el salto y se desparrame por las calles. Recuerdo que las principales calles de la ciudad estaban flanqueadas por una acequia. No serán suficientes. Los soldados construyen ahora una pared con cinco mil sacos de tierra: imponente obra de ingeniería humana, pero también insuficiente.

Si ocurre lo que tiene que ocurrir vendrán pérdidas millonarias y riesgo de epidemias. El año pasado, por culpa del fenómeno El Niño (subida de las temperaturas oceánicas), ya hubo grandes inundaciones en Trinidad. Este año es La Niña (bajada de las temperaturas oceánicas) la que amenaza con lluvias. Sólo queda por ver cual de los dos críos es más destructivo.

Y en Trinidad seguirán todavía los chavales que juegan al fútbol. Y el taxista Diego, que cada tarde después del partido me llevaba a su casa para que charlara con su hija (siempre sospeché de las oscuras pretensiones de aquel tipo) Era una chica gorda, digna heredera de su padre, que pasaba las tardes recostada en un camastro viendo la televisión. Vivía con Diego en una casa hecha con maderas y cartones, fuera de la ciudad. El resto de primos, hermanos, tíos y sobrinos vivía en chozas similares construidas alrededor. Si ocurre lo que tiene que ocurrir, esas casas desaparecerán. 

La caída de Licciardi

Justo en el día que echa el cierre en las pantallas españolas una de las mejores producciones de los últimos años. Justo en el día que la familia Soprano de New Jersey pasa a mejor vida, la policía italiana detiene a Vincenzo Licciardi. Y en esta coincidencia se condensa una peculiaridad eminentemente italiana: la fascinación por la mafia.

La opinión pública en Italia tiende a relativizar los delitos cometidos por el crimen organizado y a ensalzar las figuras de sus capos, personajes que ciertas ocasiones llegan a alcanzar categoría de mito. No es tanto el caso de Licciardi, pero sí lo es, por ejemplo, el de su hermana María, detenida en 2001 después de haberse convertido en la primera mujer en dirigir un clan de la mafia napolitana.

La prensa, que nunca desaprovecha un festín así, se lanzó sobre la noticia. María fue apodada como “La Padrina” y abundaron los reportajes especiales sobre su historia particular, panegíricos locales. En cualquier rincón del país uno podía sentirse atraído por aquella dama con aspecto de ama de casa que ordenaba asesinatos desde su cocina.

Y un caso más claro todavía: el de Salvatore Riine, más conocido como Totò Riina, jefe absoluto de la Cosa Nostra. Hace unos meses el Canale 5, el Tele 5 berlusconiano de toda la vida, estrenaba una miniserie de 6 capítulos sobre la vida de Totò. Recuerdo que vi el primero de ellos y también recuerdo que me sentí como un italiano más: yo quise ser el joven Riina!

En una hora de duración Salvatore crecía desde una infancia miserable, paupérrima, en los campos de Corleone hasta convertirse en un jefecillo local. El actor que lo interpretaba me sonaba mucho. Sí claro, salía en “La Mejor Juventud”, cómo olvidarla, tan entrañable todo. El mensaje del primer capítulo era claro: la pobreza convirtió a Totò en lo que más tarde fue, la pobreza y una inteligencia, fortaleza y lucidez extraordinarias.

La polémica resultó inevitable. El ministro de justicia italiano, Clemente Mastella, pidió la suspensión de la serie de televisión. Muchos le apoyaron y otros muchos se opusieron. Si quieren que les diga la verdad, no sé cómo acabó la historia. Ni vi más capítulos de la serie ni sé si millones de italianos la pudieron ver. Aunque supongo que si el gobierno no la prohibió sus audiencias serían millonarias.

Las series sobre mafiosos locales siempre triunfan en Italia. La próxima será “El último Padrino”, sobre la figura de Bernardo Provenzano. Y así hasta la eternidad. La pregunta que cabe hacerse es la siguiente: ¿se debe la supervivencia en la sociedad italiana de organizaciones tan obsoletas como la camorra, la cosa nostra o la ‘ndranghetta a la complacencia de la opinión pública? Y aún peor: ¿de dónde proviene esta complacencia? ¿de la tradición o de los medios de comunicación?

P.D: Hoy se emite el último capítulo de Los Soprano, una serie que en Italia pasó sin pena ni gloria. Qué cosas…

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