Panamá bajo protesta
En las conversaciones con mis compañeros de máster en Madrid solía hablarles de Centroamérica así: es un accidente geográfico y genético.
Les hablaba de la angosta tira de tierra que osó algún salir a superficie para meter dentro de un continente lo que miles de años después parece ser una contradicción, en referencia a América del Norte y del Sur.Contaba que los genes centroamericanos son más o menos los mismos en cada país, salvo por algunos porcentajes de sangre indígena que se concentró en las cercanías de las civilizaciones precoloniales. Todos los países tienen criollos, negros y los pequeños grupos de blancos que en su mayoría repugnan por dos graves actitudes: se creen europeos y creen que un europeo es un ser superior. En Costa Rica hubo menos indígenas porque siempre fue la lejana frontera donde los incas vieron como se acababa su maravillosa influencia y donde comenzaba el olor maya que tan al norte tenía su epicentro. Entonces no hubo muchos indígenas ni tampoco llegaron durante la colonias, porque Costa Rica tuvo la dicha de ser pobre en recursos atractivos para los conquistadores. Por eso es que somos menos morenos que los nicas y que el resto, y menos negros que los panameños y entonces no sabemos bien qué carajos somos.
Es ahí donde la piel se vuelve, como en la hepatitis, muestra de lo que llevamos muy adentro.Pero tampoco me gustaba dejar demasiado mal a mi país. Entonces ponía un caso peor: Panamá. Les contaba que si Costa Rica era un país sin identidad, Panamá no tiene caso. Aún ahora se habla de “Centroamérica y Panamá” como si se estuviera mordiendo un pedazo a la comunidad andina. Panamá, más que nacer por cesárea, fue fruto de la fecundación in vitro que gente de lejos practicó para unir por ahí el océano Atlántico con las aguas que Vasco Núñez de Balboa descubrió cuando escaló algún cerrito inhóspito. Ese día, en realidad, empezó a nacer Panamá, que es decir “canal”. Años después los franceses metieron mano para que Colombia perdiera su norte, pero Estados Unidos pudo más y se adueño durante un siglo del territorio estratégico. Siendo un adolescente de 15 años, fue lo que más me atrajo del canal: filas de soldados con cara de guerreros apostados en algo que llamaban con cinismo la “zona americana”, como si toda Ciudad de Panamá no fuera ya una Miami hecha con los pies.Para entonces no estaba Manuel Antonio Noriega, el dictadorcito que Estados Unidos primera apoyó y después lo atacó con todo el peso posible. Nada nuevo en la historia moderna. Noriega había sido derrumbado como un jenga una mañana de época seca en que yo estaba de vacaciones y solo entendía que Noriega era malo y que en Panamá buscaban la cabeza de un Hugo Espadafora asesinado por alguien también malo.Noriega ahora está preso en Estados Unidos. Refugiado, diría yo, porque como salga de ahí lo agarra Francia con el filo más afilado de su la justicia puesta al servicio del mundo. Otra vez el asunto entre gringos y gabachos, mientras en Panamá compran, compran y compran en medio de los bancos y edificios donde Trump ya compró lo suyo. Y oyen reggaeton, como el taxista que en el 2006 me buscó en el hotel más setentero del mundo y, al bajar, me habló en reggaeton, con rimas consonantes en cada letra y palabras a medio decir pa que calcen.
Ahora los empleados de la construcción protestan en las calles. No entiendo muy bien el fondo de sus reclamos, pero sospecho que tienen razón. Un amigo francés me preguntó si el Canal va a dejar de operar por las protestas. Entiendo que no, porque como se cierre el canal se cierra Panamá y chinos, europeos ni gringos quieren eso. ¡Vaya tres mercados! Ni el asesinato de un manifestante por culpa de las autoridades alteró demasiado el ambiente. Quizá más grave se asumió la muerte de “Danger man” (Alonso David Blackwood fue su nombre de ir a la escuela), un cantante de reggae que en 1991 logró subir en fama su primera canción: “El sonido del gun”. Gun fue la que espetó cuatro balazos que lo acostaron sin aliento en la noche de un barrio de la capital. El”badboy del raggae”, como dicen que le decían, dejó para el recuerdo monumentos musicales llamados “Gansters”, “Producto del guetto” y así parecidos.