Dos palabras para Rainer Astrada

El fin de semana visité Valeria del Mar, en la costa atlántica central de Argentina. En corto, la playa más cercana a la que se puede acceder desde Buenos Aires. Para mí, que me crié a menos de dos horas del mar, planificar un viaje a la playa es cosa de locos. Pero así no más es, porque son cinco horas y un caro pasaje la inversión que uno debe hacer para ver el Océano cuando se vine en esta ciudad. Varios días lo planeamos. Que la comida, que el frío, que la humedad. Al final, comida había en todas partes, pero frío y humedad también, así que estuvo un poco duro.

Pero eso no importa. Como tampoco importa mi asumida decepción respecto del Océano Atlántico, que con ese color marrón parece un charco sucio si se tiene en mente el azul brillante de las costas del Pacífico. No importa porque justo un día antes de salir fue la primera vez que escuché hablar de Carlos y Rainer Astrada.

En una de las frecuentes y a veces molestas digresiones a las que nos tiene acostumbrados Esteban Vernik en su seminario de Sociología de la Cultura, estuvo casi 30 minutos hablando de Carlos (nació en Córdoba en 1894 y murió en Buenos Aires en 1970. Estudiante brillante en el secundario y la facultad, mientras cursaba derecho escribió el ensayo “El problema epistemológico en la filosofía actual”, ganando una beca para perfeccionar sus estudios filosóficos en Alemania. Para su buena o mala suerte le tocó estar justo en medio -literalmente- de las discusiones entre tipos como Husserl, Scheler y Heidegger, quien lo tomó como uno de sus protegidos y con quien, como la mayoría, rompería luego de la obsecuencia del maestro con el régimen de Hitler. De regreso a la Argentina llevó a cabo un muy fructífero trabajo académico en pos de una “filosofía argentina”).

Pero a mi, por la cercanía de mi viaje al día siguiente, lo que me despertó fue la única mención a Rainer. Vernik dijo algo como “…de hecho, su hijo Rainer murió hace poco en Valeria del Mar, donde continuaba trabajando en la obra de su padre”. Sólo eso. Rainer era una nota al pie en la obra y la vida de su padre.

En los tres días que estuve en Valeria, junto a la opulenta Pinamar, veía a Rainer en todos lados. (Carlos Astrada escribió una veintena de libros y tuvo a su cargo varias cátedras universitarias. Además, organizó el Primer Congreso Nacional de Filosofía en 1949 con invitados de talla mundial y como intelectual de izquierda viajaba indistintamente a la Unión Soviética o a China. En cambio Rainer se dedicó no a trabajar a partir de la obra de los grandes maestros sino de la obra de su padre, y sus mayores contribuciones se encuentran en prólogos de sus libros.) En Valeria veía a un viejo Rainer, sin rostro y casi sin biografía, cargando sobre sus hombros no sólo el regalo germanófilo de Carlos sobre su nombre sino también el peso de su padre. Un peso y una sombra tan fuertes que lo obligaron a retirarse a un pueblo solitario y frío en la costa atlántica para alejarse de las burlas de la Academia, que te palmea pero te apuñala a la primera señal de debilidad, como los tiburones. Se fue tal vez con la esperanza de que el viento constante que en Valeria borra todas las huellas de la arena borrara también su pasado y su carga. Y poder vivir en paz.

Así, solo, a Rainer le llegó la muerte mientras trabajaba en la obra de quien se dice redactaba los discursos de Perón de las décadas del ‘50 y ‘60. Sin más compañía rendía su tributo y en solitario murió. Al final fue probablemente un epígrafe de diario o un recuadro en la página de los obituarios, como lo fue el pasado jueves en la clase: una nota al pie en medio de la digresión de un profesor universitario que quedó en mi memoria sólo por haber expirado en el mismo pueblo donde pasaría el fin de semana.

Tan poco para ser feliz

Cuando salí de la sala iba con la cara llena de risa. Por fin después de varios intentos frustrados le había vuelto a atinar a una buena obra de teatro. No sólo buena, sino además divertida, así que mejor que mejor.

La tarde-noche estaba fresca, pero lo suficiente como para disfrutarla sin pasar frío, cuando no es necesario apurarse para llegar a casa. Me veo saliendo de la sala y caminando por Uriarte unas cuadras hacia Santa Fe. El barrio tranquilo y las luces anaranjadas del alumbrado público hacen que las hojas de los plátanos orientales se vean más amarillas aún. Yo camino despacio mientras escucho algún tema de la “Nu Jazz anthology”, una joyita de cuatro discos que encontré en mi sitio favorito del mundo: thepiratebay.org. La música es tranquila y el viento fresco me acaricia el rostro. Me veo sonriendo mientras admiro en vivo las postales que la gente ama de Buenos Aires: restoranes llenos de gente feliz que brinda y ríe como si no hubiera mañana, donde no importa la inflación ni el paro agrario (hoy no hablaré de los que no tienen para entrar a esos restoranes. Hoy no).

Camino un poco más y cruzando Soler paso por donde la Beba a buscar la ropa limpia que lavamos en su casa. Me llevo el bolso y sigo mi camino. En un bar en la esquina con El Salvador un grupo celebra que River acaba de salir campeón y los cartoneros hacen lo propio desde fuera mientras recogen sus mercancías. Doblo por Paraguay y veo a los turistas que caminan alejándose de Plaza Serrano y las tiendas de ropa. Me cruzo con un grupo que habla en inglés y al rato con otro que lo hace en japonés. Una pareja joven con una nena toma helado en la esquina donde hay un letrero cuerpo entero de Gardel que se sonríe con un barquillo en la mano. Mientras Fontella Bass suena en mis audífonos, entro y pido uno de chocolate suizo. Para el frío.

Me acerco a casa y veo a un policía que hace chistes con el señor del kiosko y al pasar por afuera del club de video que está en la esquina de Gurruchaga y Güemes saludo con la mano al chico que atiende y que es amigo de Bob Esponja. Me regala una de sus sonrisas amplias y me pregunta como ando. Bien, le digo. Ando bien.

Llego al edificio, subo el ascensor, entro y cuando termino de colgar la ropa comienza a llover. Me niego a la mala actitud del clima. La ignoro. Y es tal mi poder que le gano a la lluvia. La pobre se retira despechada por mi trato indiferente y la ropa comienza a secarse.

Veo los goles de la fecha, termino de leer el diario, me preparo una copa de ajenjo, absenta o absinth (llámelo como quiera). Y me siento a escribir estas líneas. Tenía pensado otros temas, pero el efecto narcótico del trago no me deja. Hoy fue un buen día y estoy feliz por eso, porque no me costó nada y es tan fácil. Pruébelo, inténtelo en casa.

Yo me voy a leer Georg Simmel a ver qué pasa.

Amigo JC

En casi dos meses no he tocado esta columna. No fue por olvido, no fue por desidia, simplemente no podía escribir si no era para hablar de mi amigo. Y no me había atrevido.

Sé que voy a quedar corto, como quedé en su misa cuando leí un par de tristes párrafos que reescribo mentalmente a diario con la vana esperanza de mejorarlos. Pero no puedo estar esperando eternamente. Le escribí un réquiem al perro de mi padre, otro al gato de Anna, y aunque esto no sea un réquiem es algo, al menos dos líneas sin destinatario y con poco sentido pensando en que son justo para quién ya no puede leer más.

Hace 33 días que murió Juan Carlos y esta noche, más que ninguna otra noche, caigo una vez más en la cuenta de que es imposible olvidar. No digo de olvidar todo lo que vivimos juntos, idea que rayaría en la ridiculez. Hablo de olvidar su ausencia, que para el caso sería olvidar mi propia conciencia de esa ausencia, que en último término es la que lo mantiene presente. Esa presencia que me acompaña a todas partes y surge de los lugares más insólitos, de las palabras más casuales, de los olores más normales. Esa presencia que cala hondo cada vez que aparece y que ahora, como varias noches, no me deja dormir.

Porque la ausencia de Juan Carlos me hace sentir la ausencia de los demás, que finalmente es mi propia ausencia, mi elección, mi autoexilio. Su partida me hace patente la distancia, me hace presente la imposibilidad de salir, tomar un taxi y darle un abrazo a muchos que quiero pero que están lejos.

He revuelto fotos viejísimas, visitado mentalmente lugares lejanos y recordado historias de hace añares. Pienso una y otra vez en el frío del sur de Chile, en el sol tibio de Coliumo, en la lluvia persistente de Chiloé, en el cobijo que nos proporcionábamos con amistad y pisco barato en el piso húmedo de una casucha de madera. Y en la música. Siempre en la música. Lo repaso y me obligo a no olvidar porque sé que esta vez cada recuerdo perdido es un recuerdo que no volverá. Ya no está él para contarme lo que pasó y, para lo que resta por vivir, no será su voz la que me hable sobre lo que pasará.

Me molesta no poder contarle de mi vida o del último disco de Erykah Badu, me molesta no poder saber de la suya ni poder, nunca más, recibir de sus manos un disco de regalo. Es una rabia indecible, un vacío, un sentimiento de irrealidad tan real que da vértigo.

Ya no soy el mismo. No se puede ser el mismo después de cargar el ataúd de un amigo.

Porque Juan Carlos era mi amigo. Y lo extraño.

 

De clínicas veterinarias y villas junto al tren

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La semana pasada perdí y recuperé la perspectiva en un par de días. El sábado enterramos al Gato, que diez días antes había saltado desde un décimo piso. No se quebró un hueso solo, pero con la baja de defensas le floreció un virus que terminó en una gastroenteritis fatal.

Cada visita al veterinario era como entrar a un cuadro de Dalí. Frente a Parque Las Heras, en una zona donde se concentran algunos de los metros cuadrados más caros de Buenos Aires, vi un interminable desfile de personas y sus mascotas. Principalmente eran señoras bien con gatos lustrosos o perritos de peluche con ladridos insoportables, y adultos-jóvenes-buenos-para-el-gimnasio con labradores y ovejeros alemanes. En la semana más tensa del paro del agro, aunque las escuché referirse a Cristina Fernández como “la loca”, en esa sala sólo se hablaba de animales. Cada uno le contaba al el lado la razón por la que estaba allí y qué le había pasado a su mascota. Era la gente que había salido a protestar con ollas de teflón porque el camembert había subido mucho de precio. Y yo era parte de ellos.

Cuando el Gato cayó yo estaba en casa y me avisó la portera. Al tomarlo respiraba con dificultad, tenía la boca muy abierta y los ojos desorbitados. Lo llevé corriendo a la veterinaria más cercana. Se cagó en el camino y me miraba como despidiéndose. Trató de cerrar los ojos pero no le permití que se durmiera. El veterinario de guardia le inyectó corticoides y calmantes, y una vez estabilizado me indicó dónde tenía que llevarlo para hacerle unas radiografías y probablemente internarlo. Yo de partida no sabía que a los animales se les hicieran radiografías y pensé en que era un gasto innecesario para un gato, pero lo llevé. Allí se me unió Anna. El Gato estaba hecho mierda y no nos daban muchas esperanzas. Había que internarlo y tenerlo en observación.

A los dos días lo dieron de alta. No se había quebrado un solo hueso, sólo tenía una contusión en los pulmones y se había roto un colmillo. Estaba medio ciego, pero al día siguiente recuperó la vista. Fue un fin de semana de pura felicidad. No podíamos creer lo bien que estaba y lo mimamos constantemente, pero el lunes comenzaron los vómitos y las visitas tres veces al día a la clínica. Le dimos antibióticos, antieméticos, antiácidos. Aprendí a colocar inyecciones subcutáneas. Le hicimos más radiografías, análisis de sangre y hasta una ecografía (todo era como en miniatura: los mesones, las camillas, las máquinas. Me daba cuenta de lo ridículo de todo pero a esa altura ya había perdido la perspectiva de las cosas y nada me importaba). Estaba muy mal y la noche del jueves la pasamos en vela dándole suero endovenoso. Tenían que ser 25 gotas por minuto. A la cinco de la mañana tuvo un edema pulmonar. A la clínica. A las diez de la mañana tuvo otra crisis. A la clínica. Ya estaban los resultados de los exámenes y el futuro se veía tan negro como su pelaje. Aparte de todo ahora había desarrollado un neumotórax. El pobre bicho maullaba con pena, cojeaba y hacía un sonido que desgarraba el alma mientras se retorcía en la camilla. Eran las secuelas neurológicas de la caída, si se salvaba capaz que quedara tonto. La veterinaria nos dijo que podíamos hacerle una punción pulmonar para el neumotórax, pero que lo veía mal. Tan mal que había que pensar en “dormirlo”.

En “Vértigo”, James Stuart le cuenta a Kim Novak que en Oriente quien salva la vida de una persona se transforma en responsable de ella. En ese momento yo me sentía tan responsable por el Gato que quería hacerle la punción, seguir hasta el final. Cuando le comenté a la veterinaria que la última noche antes de la caída le había pegado por revolverme la tierra de unas macetas con romero, se me cerró la garganta y no pude contener la pena que se me caía de los ojos. Ahora, después de todo lo que habíamos pasado los últimos nueve días, no podía dejarlo morir sin estar seguro de que había hecho todo lo posible por él.

Finalmente primó la cordura. Aunque querían que me fuera, estuve acariciándolo hasta su último aliento. Al salir fui directo al bar de la esquina, pedí una copa de ginebra y me la acabé de un trago. Estaba cansado y sucio. Después dormimos toda la tarde y a la noche salimos a comer fuera. El departamento estaba tan vacío y al mismo tiempo tan lleno del Gato que era insoportable.

Al la mañana siguiente lo enterramos en Zárate, en la parcela de Anna a 90 kilómetros de la ciudad. Después le pedimos a Marta que nos alcanzara a Capilla del Señor, un pequeño pueblito colonial cerca de ahí. Caminamos un rato y nos tomamos el tren de regreso a Buenos Aires. El tren salía sólo dos veces al día, era muy pobre y estaba lleno de gente pobre. Primero, como siempre me hipnotizó la vista del interminable horizonte del campo argentino, pero a medida que nos acercábamos a la ciudad y aparecían las villas comencé a sentir algo distinto. Paramos en un pueblo a mitad de camino donde teníamos que cambiar de tren. Allí caminamos otro rato y almorzamos en un hueco peruano junto a la estación. Afuera había varios borrachos y un niño sucio que daba vueltas afuera del restorán, probablemente esperando que pasaran unos años para unirse a los borrachos.

El segundo tren era distinto. Pasa por Olivos, Vicente López, Núñez, Belgrano y Palermo antes de llegar a Retiro. Los asientos estaban tapizados, no se movía tanto ni hacía tanto ruido como el anterior. Tampoco había nadie vendiendo los dulces malos que había comprado en el primero y que causaban sensación entre los niños.

Mientras escribo esto, muy cómodo escuchando a Miles Davis junto a una copa de coñac, no puedo dejar de pensar en las villas junto a las vías del tren, en los niños sin zapatos jugando con pelotas de trapo. En el zinc, el cartón y las latas que nosotros tiramos y que resultan sus principales materiales de construcción. Me cayó encima todo el peso de sentir la levedad de mi ser. De mi propia inconsistencia y de la relatividad de todo. ¿Cuánto vale la vida de una persona en comparación con la de un animal? ¿Pude haber ayudado a alguien dejando morir al Gato el día de la caída y no haber gastado toda la plata que gastamos -que fue bastante y que no me importaba en lo absoluto- tratando de salvarlo? De ser así, ¿en qué pude haber ayudado a ese alguien, en qué podría ayudar ahora?

No creo en la caridad, ese perverso mecanismo de analgesia para el alma turbada por la avaricia, así que no saco nada con ir a hacer donaciones. Pero ahora, pensando en los diez días que pasé yendo y viniendo a la clínica gatuna, me siento asquerosamente burgués.

Y el problema no es eso, el problema es que probablemente lo volvería a hacer. He extrañado al Gato tratando de subirse al teclado en cada una de las letras de este texto.

El mal uso de mi firma (o sobre la ética editorial)

Espero que ese humilde espacio sirva para mi descargo.

Ayer era un muy buen día. Sol, asado en el campo, aprobación general a mi primer tiramisú casero y hasta un pequeño galope montado a pelo en Malena, la yegua de la parcela. De todos modos lo mejor es que ampliaba mi espectro editorial al publicar por primera vez en el diario dominical “El Espectador”, de Bogotá. Todo iba bien hasta que por la noche leí lo que publicaron. No me parafrasearon, no me recortaron: cambiaron completamente lo que yo escribí. Si nos les gustaba, perfecto, no se publica y ya está. Pero cuando lo conversamos me dijeron que estaba bien y ahora salió un engendro amarillista firmado por mí. Además, no sólo cambiaron el contenido sino que cercenaron mi pluma. El estilo de nota analítica con mirada propia que he cultivado durante el último año cuando escribo para El Siglo (Madrid) fue transformado en una sosa nota periodística del tipo Redacción I.

Si tienen algo de tiempo, lean, comparen y saquen sus propias conclusiones. En el diario me pidieron una nota informativa con lo que pasaba, pero que llevara algo sobre el estilo autoritario de Cristina Fernández (que llevara algo como “Estilo K” en el título). Por teléfono les expliqué lo que sucedía y que era muy importante tener en cuenta que las protestas no eran de gente decepcionada con el gobierno, sino que de personas que no habían votado por Cristina y que ella estaba haciendo justamente las cosas para las cuáles fue elegida. La editora se sorprendió porque no manejaba esa información, pero le gustó mi enfoque y me pidió que mandara la nota. Esto es lo que yo escribí:

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La primera gran movilización contra Cristina Fernández de Kirchner
Protesta agraria jaquea al “estilo K” en Argentina

El aumento de los impuestos a las exportaciones agrícolas desató movilizaciones de los productores del campo argentino. Los cortes de ruta provocaron el inicio de un desabastecimiento en Buenos Aires y éste devino en la protesta urbana de las clases medias. La respuesta de la Presidenta, carente de sutilezas, sólo echó más leña al fuego y el sonido de las cacerolas trajo a la memoria de los porteños los aciagos días de fines de 2001. Su invitación al diálogo el jueves pasado apunta a desentrañar un conflicto que ya cumple 18 días.

Después de que en diciembre de 2001el ex Presidente Fernando de la Rúa abandonara la Casa Rosada en helicóptero para ya no volver, los sucesos se precipitaron en Argentina. Cinco Presidentes en una semana, una devaluación del 300% durante el gobierno de transición de Eduardo Duhalde y una sorprendente recuperación económica y social bajo el mandato de Néstor Kirchner entre 2003 y 2007 que devolvió la sonrisa a millones de argentinos que vivieron el derrumbe. Justamente esa recuperación fue la que allanó el camino para que Cristina Fernández se convirtiera en la primera presidenta electa de este país y ahora, a poco más de tres meses de asumir, es la causante de una protesta que su esposo nunca conoció.

Esta semana se repitió la postal de una Plaza de Mayo con cacerolas y Cristina, que si bien acostumbra usar el helicóptero para ir desde la casa de gobierno a la residencia presidencial de Olivos, el martes salió en auto. El contexto era completamente distinto, pero el sonido era el mismo y no había que repetir la imagen de 2001.

Con una popularidad superior al 50% y una oposición dispersa que aseguraba la reelección, inesperadamente Néstor Kirchner dijo adiós para promover a su esposa, senadora por la Provincia de Buenos Aires, como continuadora del proyecto de centro izquierda en que ambos vienen trabajando desde hace más de veinte años. Y Cristina tomó fuerte las riendas. A comienzos de marzo el ministro de Economía Martín Lousteau anunció el aumento de las retenciones a las exportaciones de soya y desde poco el 36% a un 45%. Las retenciones funcionan como impuestos tan altos que en la práctica obligan a los productores a dejar parte importante de las cosechas dentro del país a precios inferiores a los internacionales. No dejan de ganar pero podrían ganar mucho más, y el anuncio detonó que el pasado 12 de marzo decretaran un lock out que tiene frenada la producción.

Lo prometido es deuda

Pero la Presidenta sólo está cumpliendo con las promesas de una campaña que le dio el 44,9% de los votos en octubre pasado, a más de 20 puntos de distancia de su más cercana rival. La continuación del crecimiento económico que se registró en los primeros cuatro “años K” (nunca inferior al 8,5% anual) y fomentar la redistribución de esta riqueza con gran cuidado por el superávit fiscal son sus pilares fundamentales, y en este esquema las retenciones juegan un papel clave. Al ser un impuesto móvil que depende de la cotización de la soya en el mercado internacional, los ingresos por esta vía son subestimados en la elaboración del presupuesto nacional, lo que en la práctica transforma su recaudación en la caja chica del gobierno. Con esto se financian con holgura subvenciones a la energía, la producción láctea y el transporte público, cuyos precios estarían por las nubes si los consumidores tuvieran que pagar precios de mercado (por ejemplo, el precio del gas casero es alrededor de un quinto de lo que se paga en el vecino Chile).

Los cortes de caminos llevados a cabo por los productores han provocado que durante esta semana en Buenos Aires comience el desabastecimiento. Las góndolas de muchos supermercados se vaciaron de carnes y lácteos, provocando la reacción de las clases medias y medias altas que desde el martes salen a la calle a golpear su teflón. Porque la protesta en contra el gobierno es de la gente que no lo votó. Ya en junio del año pasado el presidente de Boca Juniors, el millonario Mauricio Macri, había derrotado al ministro de Educación y candidato de los Kirchner en las elecciones de Capital Federal con más del 60% de los votos, tendencia que fue refrendada en las presidenciales de octubre: la mayor oposición al gobierno nacional está acá, en el cuartel general. Quienes salieron a las calles y fueron vistos por el mundo en televisión no es gente decepcionada con Cristina Fernández, es gente que no quería a Cristina Fernández desde un principio. Por eso la necesidad de la Presidenta de contramanifestarse el jueves con un discurso un poco más conciliador que el del martes, cuando en un principio llamó a las protestas “piquetes de la abundancia”.

Autoridad K

Y es que este es tal vez el punto más flaco de la actual Presidenta. Los modos de su esposo siempre fueron muy autoritarios y durante su gobierno jamás invitó a nadie al diálogo. Eso se esperaba que cambiara con ella. El día del triunfo electoral se llamó a sí misma “Presidenta de todos los argentinos” -algo que Néstor nunca dijo- y pidió a todos los sectores trabajar unidos en una agenda social nacional. Pero el martes, cuando por primera vez se vio realmente apretada, reaccionó con la sutileza de una retroexcavadora. Acusó de hipocresía a las entidades del campo por desabastecer a la ciudad cuando ellos no han dejado de sacar del país su cosecha: “entre el 13 y el 23 de marzo han salido exportaciones por 402 millones de dólares”, denunció. Y terminó de cerrar la puerta a anunciar que utilizaría todos los instrumentos que la ley le otorga para despejar los caminos. Su afirmación de autoridad no gustó en las clases medias y medias altas urbanas, ya reticentes a su gobierno, que se volcaron en los barrios pudientes de la ciudad en “apoyo al campo”.

Sin embargo la protesta tuvo algo de efecto, al menos en el tono. Aunque en su discurso del jueves la Presidenta no varió un ápice sus fundamentos y enfoque de la situación resaltando que en campaña “lo que siempre dije es que venía a continuar el modelo de transformación” iniciado por Néstor Kirchner, de todos modos se mostró dispuesta al diálogo. “Las puertas de la Casa Rosada están abiertas, pero humildemente les pido que para dialogar en serio levanten el paro. Hablemos con transparencia y nos vamos a entender”, dijo.

Aunque “humilde” o soberbia, su posición se mantiene intacta.

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Ahora, esto es lo que publicaron:

http://www.elespectador.com/impreso/cuadernilloa/internacional/articuloimpreso-el-estilo-k

Yo suelo despotricar contra el periodismo y generalmente me desentiendo de los discursos mesiánicos o éticos del oficio. No me siento muy “parte del gremio”, pero lo que publicaron no es sólo algo que no está pasando en realidad sino que algo que yo ni siquiera escribí, y aparecí firmando. Los diarios y revistas ganan en prestigio cuando tienen al redactor escribiendo “desde el lugar de los hechos”, porque denota (y connota) una preocupación especial por el hecho a relatar. Pero situaciones como éstas son las que afectan la credibilidad de quienes nos dedicamos a esto. No creo que tenga la verdad de lo que sucede en este caso en particular porque estoy conciente de que el género periodístico es justamente el relato de una persona sobre lo que sucede. Claro que tengo mi punto de vista y en este caso si tuviera que elegir, porque sobre todo en este tema nada es blanco o negro, sino gris, estaría de acuerdo con el gobierno. Pero doblar tanto una historia para “denunciar” un estilo cuando ese no es el eje central, lo veo un poco retorcido.  

Nada. Estoy molesto y quería compartirlo. Eso es todo.

Arquitectura culpable: borrón y cuenta nueva en la puerta de Morandé 80

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La última edición de Ñ, la revista cultural de Clarín, vino con un especial llamado “La marca del exilio”. Fuerte presencia en la cultura argentina de los últimos 30 años, hablaba sobre el exilio obligado de quienes vivieron la dictadura de Videla & Co., el de los que escaparon, el de quienes se quedaron en el país -condenados al ostracismo, otra forma de exilio-, y el de quienes también partieron después de la crisis de 2001. Argentina, el más europeo de los países sudamericanos, siempre ha vivido con la mirada en estrabismo (es cosa de ver a Néstor Kirchner), con un ojo acá y el otro apuntando a Europa, y el exilio refuerza esas contradicciones identitarias.

Leyendo el especial yo mismo pensaba en mi nueva condición de exiliado. A mí no me echó ningún gobierno, pero al mismo tiempo tengo la sensación de que Chile ya no me quería allí, lo que en cierta forma me hace sentir como un relegado. Así, pensando en si lo mío es autoexilio, huída o una emigración convencional en busca de mejores horizontes, di con el artículo “Estos muros son culpables”, escrito por el periodista español Carles Guerra.

El autor presenta un problema arquitectónico-ético muy interesante que trataré de resumir sin extenderme demasiado: en la Alemania nazi se construyó mucho y de todo. Uno de estos edificios es la Haus der Kunst, un museo de corte neoclásico diseñado para presentar lo mejor del arte del Tercer Reich, diametralmente opuesto al “arte degenerado” que encarnaron las vanguardias de principios del siglo XX. Después de terminado el régimen, el museo continuó funcionando como tal, y para tratar de olvidar su procedencia, muchos de sus muros fueron, por ejemplo, pintados de blanco con la intención de ocultar el mármol que tanto gustaba a Hitler y Albert Speer.

El actual director del museo, Chris Dercon, emprendió el camino contrario y se dedicó minuciosamente a limpiar los muros que trataban de ocultar el pasado. Su doctrina dice que “estos muros cargan con una culpa”, y pare él poner en evidencia los materiales escogidos por Hitler y su arquitecto es poner en evidencia el horror del régimen nazi. El problema es que el edificio ya tiene más de 70 años y es el momento de una restauración en serio, por que si no se cae. Esto ha generado un debate en torno a la conservación o no del museo o, más bien, qué tipo de conservación se puede llevar a cabo con una herencia de este tipo.

Hay básicamente dos opciones, ninguna de ellas muy felices: restauración y preservación. La restauración implica trabajar de acuerdo con el régimen nazi al modernizar un edificio doblemente anacrónico (representa a un régimen para nada querido de los años ‘30 que ya en esos años levantaba templos neoclásicos que buscaban construir una nueva Acrópolis). Por ejemplo, restaurar implica poner rampas para discapacitados. Es hacer ingresar a inválidos a un edificio que en su sustento ideológico propugnaba la superioridad del más fuerte. Una especie de arquitectura nazi-integradora, si cabe el oxímoron.

Por otro lado, la preservación consiste en tratar de cuidar lo más posible los antiguos materiales, que no se note el paso del tiempo. Esto también implica trabajar con el Tercer Reich. No cambiar las añosas baldosas donde pisaba el mismísimo Fürher por baldosas nuevas, sino que tratar de dejar las mismas o, en el peor de los casos, reemplazarlas por baldosas exactamente iguales. La preservación es una bofetada al tiempo porque trata de cuidar las cosas en un contexto ficticio, como los brazos y cabezas que se conservan en frascos en los museos médicos.

Así, con el debate en torno al Haus der Kunst dándome vueltas y después de haber leído bastante sobre exilio, con una copa de vino de sábado por la tarde en la mano fue inevitable ponerme a pensar en Chile. Hice que Anna, que es arquitecta, leyera el artículo y me diera su opinión. En dos segundos se me vino a la cabeza la puerta de Morandé 80 (una pequeña puerta lateral ubicada en La Moneda, el palacio presidencial de Chile, y por donde fue sacado el cadáver del Presidente Salvador Allende en 1973). Durante el golpe de Estado La Moneda fue bombardeada y cuando la junta militar de Pinochet entró en funciones hubo que restaurar lo destruido. No sé de quién fue la decisión, pero cuando llegó el turno de arreglar la puerta de Morandé optaron por tapiarla, dejando un largo muro sin entradas. No fue una clausura, fue un borrón: acá nunca hubo puerta alguna. ¿Usted se acuerda de alguna puerta acá? Durante la dictadura, mejor que no.

En 2003, para el trigésimo aniversario del golpe, el grandilocuente Ricardo Lagos decidió que la parte central de su acto sería reabrir la puerta de Morandé. El problema es que no había puerta que abrir. Hubo que hacer un nuevo hueco y poner una nueva puerta. Ese día un Lagos casi flotando de orgullo caminó en medio de un inquieto silencio desde la puerta principal de la Plaza de la Constitución, dobló la esquina y fue el primer presidente que abrió la puerta de Morandé 80 desde Allende. La gente que lo observaba, muchos con lágrimas en los ojos por la emoción, rompió en un aplauso atronador.

Pero esta era otra puerta.

La nueva puerta de Morandé 80 no es un homenaje a Allende o a la tradición democrática de Chile como se dijo en su momento. Desde mí punto de vista es un “aquí no ha pasado nada”. Al tapar la puerta, Pinochet dejó su marca: todos sabíamos que allí donde no había nada, antes había una puerta. La nueva puerta es borrar incluso lo que Pinochet había tratado de borrar al tapar la puerta vieja. Lagos dejó las cosas como siempre fueron y al restablecer la puerta previa al golpe dio un salto en la Historia, creando una especie de amnesia selectiva en los muros del palacio presidencial.

Una simple placa explicando en tres palabras la historia de la puerta cambiaría las cosas, porque cambiaría el contexto. Como está, la nueva puerta de Morandé 80 no significa nada, es sólo una puerta despojada de carga simbólica y deja al Palacio de La Moneda preservándose dentro del gran frasco de la amnesia chilena.

PD: La semana pasada una corte chilena rechazó el pedido de parlamentarios de derecha para que a los militares se les junten las causas en su contra una sola por persona, y así evitar varias condenas para cada uno y acortar el desfile de represores por los tribunales. “Miremos hacia el futuro que ese pasado nos divide”, era una vez más el moral e intelectualmente vergonzoso argumento de quienes buscan poner cerrojos a las puertas de un pasado siempre presente.

Un réquiem para Toly, el perro volador

Este es un réquiem para Toly, fallecido por causas naturales el pasado enero a la longeva edad de diecisiete años. Y digo uno porque a Toly se le podrían hacer varios.

Toly tenía malas pulgas. Me mordió tres o cuatro veces y nunca tuve a nadie de mi parte para defenderme de sus ataques. “Algo le habrás hecho”, me decía siempre mi viejo cuando acusaba al perro de que me había mordido. Y bueno, algo de razón tenía.

No sé cómo lo descubrí, pero tenía un don para hacerlo enojar. Lo miraba fijo, apuntando con mi mano derecha como una garra, y el perro comenzaba a gruñir. Cuando era joven terminaba lanzándose furioso sobre mí. Y tenía que salir arrancado porque no tenía compasión. Por suerte era pequeño y flaco, como el perro de Los Simpsons pero de la mitad del tamaño y mucho más ordinario. Ya más viejo sólo me gruñía. La última vez que lo vi, en septiembre del año pasado, cuando traté de hacerlo enojar sólo me respondió con una mirada de sus ojos casi ciegos, diciéndome que el juego ya se había terminado.

Claro que vivió mucho más allá de la expectativa de vida de cualquier perro. Mi teoría es que la muerte lo vino a buscar antes pero como zafó, tuvo muchos años de gracia. Hasta mi viejo, su propio amo, lo atropelló un par de veces entrando el auto a la casa.

La primera y más importante fue hace unos diez años o más. Íbamos con mi viejo al departamento de una tía, con Toly en el asiento de atrás del auto. A mi viejo no le gustaba dejarlo encerrado, pero mi tía tampoco lo quería en su departamento, así que se cortó por lo sano y el perro fue dejado en la terraza mientras nosotros estábamos en el living. A la hora o poco más después, cuando le fuimos a abrir para irnos, Toly no estaba. “¿Dónde se metió este perro?” Preguntaba mi viejo mirando para todos lados. No tenía por dónde salir, la terraza sólo daba hacia adentro y nunca nadie abrió la puerta. Y hacia la calle tenía que saltar un pequeño muro de casi un metro y medio de alto, imposible para él.

¿Dije imposible? Perdón. Mi viejo no había mirado hacia abajo y cuando me asomé al balcón vi que el árbol de abajo se movía demasiado y, en el fondo (es decir, en el suelo) Toly caminaba desorientado porque lo que él pensaba era saltar la barda había sido lanzarse al vacío. “¡Ahí está, saltó!”, le dije a mi viejo, que desesperado bajó corriendo las escaleras para rescatar a su maltrecho can.

Cuando bajé no podía parar de reír. El perro hijo de puta había saltado pensando que lo habíamos abandonado en la terraza. Mi viejo lo tenía en brazos, lleno de polvo por haber caído en la tierra, y le hacía cariño en las patas diciendo “sus patitas, sus patitas”. Como mi viejo se enojaba porque yo me reía y me hacía callar, más risa me daba, y todos estos años ha sido material para molestarlo.

“El perro volador”, le dijeron para siempre en la casa de mi tía.

La estrella de la pista

588051.jpgEl domingo fui al cumpleaños número 80 de Beba, la abuela de Anna. En un salón de eventos se juntaron más de 60 personas entre hijos, nietos, sobrinos y parientes varios de la ciudad y los alrededores. La familia de Anna me cae bien y la Beba es un amor, así que ahí estaba, entre casi puros desconocidos, pero comiendo y dándole al tinto como el que más. Después del almuerzo, todo el mundo a bailar. Para mí las cosas iban de lo mejor hasta que el cantante encargado de animar la fiesta suelta una frase que me suena a amenaza: “sabemos que hay un chileno presente”. Algunos que sabían de mi procedencia se dieron vuelta hacia nuestra mesa e hicieron el amago de aplaudir, porque en la felicidad reinante todo el mundo aplaudía a todo el mundo, casi por que sí. Pero, acto seguido, el cantante saca un “¡vamos Felipe, que toco una cueca chilena, a bailar!”.Yo traté de negarme con un par de gestos pero el hombre comenzó a tocar la guitarra y todos con las palmas me animaban a salir a la pista, que se despejó mágicamente. Anna no ayudó mucho en mi postura de no-baile y me tomó la mano para llevarme a hacer uno de los peores ridículos de mi vida. Una vez en el centro ya no había vuelta atrás.

Lo manejé como pude. La última vez que había bailado cueca ante una audiencia había sido a los seis o siete años en una de esas presentaciones del colegio para las fiestas patrias. Trataba de acordarme de los pasos. “La vuelta”, “el ocho” y no sé qué más, pero yo sabía que la cosa no pintaba muy bien. Cuando terminó la patita y creía, dándome vuelta rumbo a mi mesa, que ya estaba cumplida la condena, el cantor suelta “¡sin primera no hay segunda!”. Y ahí vamos, de vuelta a la pista, mi alma.

Sesenta pares de manos aplaudían y sesenta pares de ojos seguían cada unos de mis movimientos. Ahí todo dejó de importarme y me puse a zapatear y taconear de lo lindo, imitando a un gallo de 1,74 de estatura. Estaba muerto de calor pero no me importaba, la adrenalina podía con todo y mucho más. Cuando terminó recibimos un atronador aplauso que para mí fue el más divertido de la Historia. Al rato, mientras paseaba entre la parentela de Anna, varios se me acercaron para felicitarme. Escuché: “¡qué lindo como bailaste. Estuvo bárbaro!”, “¡che, muy bien, eh!”, y otras exclamaciones de asombro por mis dotes danzarinas y acabado conocimiento del folclore chileno.

Mi hermano Francisco había posteado hace un par de días que es difícil definir izquierda sin derecha o riqueza sin pobreza. Sin puntos de comparación, se complican las taxonomías. Pero como ellos no conocían otra cueca aparte de la mía, fui el mejor.

PD: La cueca es el baile nacional de Chile, proveniente de la zona central campesina. En él, los danzantes personifican a un gallo que da vueltas alrededor de una gallina con intenciones sexuales. Pero la gallina arranca y nunca se consuma nada. Al menos en la pista.

La cárcel y el american way of life

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El otro día tuve que hacer un viaje de ocho horas en bus para ir de San Miguel de Tucumán a Córdoba Capital. Antes de salir de Bolivia decidí viajar siempre de día, haciendo tramos relativamente cortos para ir viendo los cambios de geografía rumbo a Buenos Aires, con el corolario de parar un par de días en cada ciudad importante que no conociera. Lo malo de viajar de día (o lo bueno, aunque en contadas ocasiones) es que te pasan un millón de películas en el bus.

Acostumbrado a las de acción después de algunas travesías por Bolivia y el Perú (con van Damme, Jackie Chan, Wesley Snipes y otros héroes del séptimo arte que quedarán por siempre grabados en mi memoria), cuando subí al bus en Tucumán iba por la mitad “Sueños de libertad” (The shawshank redemption), con Morgan Freeman y Tim Robbins. La película sucedía en la cárcel y según entendí, los presos (internos, según el lenguaje correcto donde ahora los ciegos son “no videntes” y los sordos “no oyentes”) eran acosados por el cruel alcaide de la prisión. Finalmente, Tim Robbins logra escapar, el alcaide se suicida y Morgan Freeman se encuentra con su amigo en una playa de México. Lindo. Precioso. Inspirador.

Luego vino “Contracara”. Esa todos la han visto. Un ultra malo pero muy buena onda Nicolas Cage entra en el cuerpo de un súper aburrido y falto de terapeuta John Travolta, atormentado por la muerte de su hijo. Travolta, que queda en el cuerpo del malo, se lleva los aplausos. A Cage, que va por la vida con cara de dolor de estómago, dan ganas de pasarle un camión por encima.

Una vez terminada, y cuando comenzaba “Condena brutal”, con Silvester Stallone, vi la conexión: eran todas películas de cárcel. En “Contracara”, aunque esa secuencia dura poco, a Nicolas Cage lo meten en cana y debe sufrir los abusos de gendarmes sin Dios ni ley que dicen textualmente: “la Convención de Ginebra no rige en este lugar. Cuando digo que tu trasero me pertenece, me refiero exactamente a eso”.

En “Condena brutal”, el pobre de Stallone es acosado por un alcaide ocioso interpretado por el siempre-cara-de-malo-o-psicópata-pero-muy-buen-actor Donald Sutherland. Nunca se entiende a pito de qué pero Sutherland, que parece no tener familia ni nada que pueda distraerlo de molestar a Stallone, lo odia con toda su alma y no ahorra recursos para cargárselo una y otra vez.

El DVD que estaba puesto era una colección de películas de cárcel donde los presos escapan, pero que está marcada por un sistema penitenciario plagado de abusos y falta de garantías para con los reclusos. Y eran todas estadounidenses (la mejor era la que vino, “Fuga de Alcatraz”, con Clint Eastwood. Un clásico. Y la última era una clase C de la que no me acuerdo porque mejor me puse a leer un libro antes que se me secara el cerebro).

Ahora pienso en el significado de estas películas dentro del american way of life, donde el respeto a las leyes es un pilar fundamental para la construcción de la pirámide social. Y digo pirámide porque en una sociedad capitalista como las nuestras unos TIENEN que estar arriba y otros abajo, sino no funciona. Con esta clase de películas, en una sociedad donde repetidamente se inculca el respeto a las leyes y los derechos de las personas (libertad de culto, de discurso, de reunión, pero sobre todo y primeramente el derecho de propiedad) se está pasando el mensaje soterrado de “ten cuidado, porque aunque tienes derechos, la verdad es que una vez que estés dentro nadie te podrá defender de los abusos que de una u otra forma se cometerán en tu contra”.

No creo en las teorías de la conspiración o en planes maestros para conquistar el mundo que impliquen a un funcionario de gobierno dando pautas en Hollywood. Pero el mensaje existe y es claro: si uno no tiene los músculos de Stallone para soportar la cárcel, es mejor hacer caso, trabajar y vivir cabeza gacha.

Turismo de ganado

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Hace un par de días que entré a la mina de la Cooperativa Kunti, en el célebre Cerro Rico de Potosí, al sur de Bolivia. Cerro Rico fue explotado por los españoles desde principios del siglo XVI, y aún considerando que ya le extrajeron todo el oro y casi toda la plata que tenía, continúa haciendo honor a su nombre y siendo rico en zinc y estaño, entre otros minerales.

Guiados por la premisa del periodismo gonzo, con mi gran mejor amigo Carlos Martínez y el fotógrafo Alejandro Olivares, nos habíamos autoencomendado la misión de entrar a una de las minas para ver su funcionamiento y con suerte encontrar a los tristemente famosos niños-mineros de Potosí. El mandato de informar sobre esa cruel realidad (y el morbo de verla) nos obligaba.

Pero esto no es sobre las minas, sino sobre los turistas. Estaba lleno de ellos, y a los mineros, al vernos extranjeros, costaba hacerles entender que nosotros no lo éramos. La fama de las minas potosinas ha creado un mercado turístico de visitas a las explotaciones donde se vende el paquete “siéntase minero por un día” o “vea la realidad de la mina” a 90 bolivianos por persona (unos 10 euros). Los ingenuos que lo toman, son equipados con botas, casco y overoles que pocos mineros usan. Parten temprano por la mañana y suben en buses contratados (no en los que toman los mineros por un boliviano) hasta Calvario, el pequeño poblado que está abajo del cerro, y se les dice que compren y picchen (masquen) hoja de coca, lo que supuestamente los ayudará a respirar dentro de la mina. Los mineros usan la coca para matar el hambre y darse energía, pero para eso se llenan la boca, algo nada que ver con las cuatro tristes hojas que los turistas mastican con problemas. Así, uno puede ver en el pequeño mercado de Calvario la extraña imagen de mineros de verdad que suben a la mina en jeans y zapatillas, pasando a través de un grupo de hombres y mujeres muy limpios y completamente equipados, muchos de ellos altos y rubios, con la cara arrugada por lo amargo de la coca.

Después de conversar con la gente de la Cooperativa y hacerles entender que no éramos turistas, sino periodistas, a nosotros nos dijeron que sólo debíamos procurarnos botas de hule y cascos para entrar, que ellos nos pasarían luces y que volviéramos a las dos de la tarde.

Dentro de las minas estuvimos varias horas y a la salida tuvimos la suerte, para completar el cuadro, de encontrarnos con un grupo de turistas que había entrado a la boca-mina. Estaban fascinados por lo que habían visto: prácticamente nada. Y hablaban de las rocas de plata en bruto que habían encontrado, pero que el minero que nos acompañó nos dijo eran inexistentes.

El guía que los acompañaba, que horas antes no nos había querido decir dónde podríamos alquilar equipos, nos reconoció y miró con, no diré odio, pero sí con resentimiento. Sabíamos su secreto, y él sabía que lo contaríamos.

Los turistas iban felices. Ellos no vieron a los niños-mineros.