Anteayer comí con Walter Astrada en el centro de Nairobi. Acaba de llegar de Madagascar y está mucho más flaco que en las fotos que había visto de él. La vida cotidiana desplegada ante la terraza del italiano donde estamos sentados, convierte nuestra conversación en algo irreal y obsceno: Kony y el LRA, los manifestantes asesinados a sangre fría en Antananarivo, Nkunda, el coltán, las violaciones de mujeres en el Congo.
Le pregunto por el ambiente que había en Kenia cuando tomaba las fotos que ahora le han valido un World Press Photo. La policía daba palizas ante su objetivo con absoluta ingenuidad. La policía disparaba a la gente de Kibera desde los helicópteros.
Un kikuyu corre con un arco y una flecha entre los dientes. No consigo conciliar que este hombre que me habla sea el mismo que estuvo ahí.
Hemos hecho algunos planes para los próximos meses.
El caso es que dejo Nairobi y me voy a Kampala. Quiero estar más cerca de todo lo que es real y obsceno.
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Con todos ustedes, mi némesis africana, Vadim Alperin, dueño del Faina y traficante de armas; con Mykola Malomuzh, del Servicio de Inteligencia Exterior de Ucrania, de florero.










